El contador de gotas. Francisco Javier Irazoki. Hiperión. 14 euros

Confieso algunos hábitos felices. La Puerta de Alcalá de Madrid para mi es sólo un apéndice de la calle de Salustiano Olózaga, donde tiene Francia su embajada, con sus guardias civiles en la puerta, subrayando con tricornios la frontera. Ahí estuvo, en la calle de Villalar, que hace esquina con Olózaga, mi primera residencia en Madrid. Era un piso tercero con más de veinte habitaciones, dos cocinas y cuatro baños. Estaba en proceso de venta y ahí me instalé, como un okupa, en un viejo convento urbano, a la espera de que mi beca en Diario16 se convirtiera en salario y pudiera pagar mejor cobijo.

contador de gotas
El contador de gotas

Desaparecida Diva, que era un comercio de ropa interior femenina de una delicadez sutil y refinada, el gran templo de ese pequeño barrio es Hiperión, la librería de Munárriz donde conviven judíos, cristianos viejos, y alemanes. Es una librería en la que te dejan revolver con libertad y te dan conversación sin dogma. Hay literatura japonesa, haikús y textos de los sufíes. Es también el primer lugar donde me encontré con Irazoki en forma de libro.

La piedad, la duda, la lírica

Cada vez que vuelvo por esas calles regreso a Hiperión con la esperanza de que Irazoki, desde París, haya  enviado un texto nuevo. Los últimos son como breviarios: Los hombres intermitentes, Orquesta de desaparecidos, Ciento noventa espejos, y ahora este El Contador de gotas. En la primera página dice que los textos de este libro, ordenado en capítulos breves, de materiales heterogéneos, se escribieron entre 2016 y 2019. Son textos muy diversos. Tienen, sin embargo, algunos hilos comunes: la piedad, la duda, la lírica, el perdón.

Y como breviarios, abrevo en ellos cada noche. Un pequeño sorbo, a veces dos. No es Irazoki un escritor de grandes borracheras, más bien de aspirinas. Tomas un texto, lo lees, lo miras buscando el secreto, te maravillas del hallazgo, rozas la felicidad, y dejas el libro, para  que el siguiente capítulo no te borre el gusto del leído. ¿Que no me creen? Prueben. Por ejemplo este de El Contador de gotas: Farmacia musical.

Farmacia musical

Dice así: ‘Para disminuir la angustia o moderar  la euforia, nos dirigimos a cuatro farmacias. La primera farmacia es un hombre negro. Recostado en un rincón del metro parisino, canta varios blues. Las medicinas descienden de su boca y de las cuerdas de su guitarra eléctrica.

Acurrucado al terminar el día, nos cura porque su música abre  un desfiladero entre montañas de discriminación. El segundo laboratorio, una mujer con guitarra  acústica, exhibe sus remedios en una calle central. Nos permite entrar  en su voz. Su delicadeza oculta un martillo de fragua. Somos una hilera de insectos que rondan los añicos de unas notas musicales.

El tercer edificio lo forma un coro venido del Este europeo. Nos servimos unos compases que combinan la prevención de las mujeres  y el ímpetu de los hombres. Sus fármacos huelen a cortaduras, traperos y tierra calcinada.

Algunos enfermos incurables pasan veloces sin detener su indiferencia. Las canciones arden de cara a una pared.

La última farmacia que frecuentamos es una pareja apátrida. Sentada en un pórtico, ella se curva con su oboe. Él se apoya en una columna y responde con los medicamentos de su saxo. En medio va circulando el alivio de unos caminantes’.

No ser un segador amargado

Hay días que uno lee  a Irazoki y recuerda lo que dijo Borges: ‘dije asombro donde los demás dijeron costumbre’. Hay además, lo reconozco, una proximidad no solo geográfica sino sentimental en esas historias de silencios familiares, de racismo, de intolerancia, que se condensa en los recuerdos del capítulo titulado Barrio Jaén. Aflora la culpa, en forma de oración.

De su itinerario podemos decir que nació en Lesaca, ahora llamada Lesaka. Los poetas tienen la mala costumbre de nacer en territorios duros para la lírica. Formó parte de CLOC, que era un grupo de escritores surrealistas. Escribió en la prensa  musical de la transición, también en el diario El Mundo, y vive  en París, donde se dedica a la musicología, a la armonía, la composición y la historia de la música. De sus mandamientos personales podemos extraer esta cita:  ‘No herir a los hombres diferentes, sino celebrarlos. No condimentar con resentimiento mi vida breve. No ir nunca a las playas de los rencorosos. No aplaudir los disfraces de la crueldad. No colaborar con mis habitantes cínicos.  No ser un segador amargado’.

Para que todo no sea un no, añadamos las dos últimas frases de este El Contador de gotas: ‘Nos encaminamos hacia la nada. La gratitud es nuestro escudo contra el dolor’.

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