corral cervantes

Bajo mi ventana hay dos terrazas de bar. Anoche estaban repletas, bulliciosas. La temperatura era suave, unos grados que invitan al abandono. Bebían, hablaban y gesticulaban como insensatos aspaventosos. Hay que insistir en quedarse en casa. Por uno mismo, y sobre todo por los otros. Gracias a la tecnología, nunca ha sido más fácil que ahora hacer una vida de ermitaño, anacoreta recluido. No se trata de hacer como aquellos tíos de Caballero Bonald que llegados a una edad se metían en la cama y pasaban años entre sábanas. Tampoco ser Juan Carlos Onetti, que escribía, despachaba y bebía recostado en la almohada de su cama. Hoy vivimos rodeados de libros y pantallas. Podríamos pasar un siglo sin pisar la calle. Llegados a estos casos, una buena biblioteca es el papel más higiénico.

Clásicos para la cuarentena
Clásicos para la cuarentena

La enfermedad y la cuarentena son dos condiciones muy literarias. Inauguró esta tradición El Decamerón de Bocaccio. Un grupo de nobles huye de Florencia en la peste que asoló la ciudad en el siglo XIV. Hicieron lo que no se recomienda, ni con peste ni con coronavirus: salir de casa. Se refugiaron en una villa de Fiesole y pasaron el tiempo contando historias. Fuera, la gente moría. En la villa se contaban cuentos eróticos, relatos sobre la astucia con la que se deben gestionar las relaciones humanas, y sobre la variable fortuna que a todos nos aborda en la vida. Cien cuentos. Cien historias que Pier Paolo Pasolini llevó al cine. Para muchos, fue nuestro primer libro erótico. La censura lo dejó pasar con el pretexto de ser un clásico. Mis tías monjas me decían que había que conocer su existencia, pero nunca leerlo. No hay nada más excitante para la lectura que prohibir leer.

La Comedia humana

Esta mañana, mientras escuchaba el último parte de guerra de la peste, he hecho un viaje corto, un viaje como Viaje alrededor de mi habitación que Xavier de Maistre escribió en 1794, cuando fue condenado a seis semanas de reclusión en Turín, en su propio domicilio. El alma de de Maistre vuela libre con cualquier pretexto, mientras el animal que es su cuerpo da vueltas entre las cuatro paredes de su estancia. Empezó como una broma literaria y ha atravesado los siglos como un admirado ejercicio de libertad y de buena literatura. En ocho metros cuadrados se pueden vivir muchas vidas, si uno tiene los recursos para evocarlas. Al viaje de de Maistre le pasa algo parecido al Quijote, salvando las distancias. Me refiero a que Cervantes la consideraba su peor obra. Ya ven cómo son las cosas.

El segundo libro que he abrazado esta mañana en que no se puede abrazar a nadie, es La Comedia humana, de Honoré de Balzac. Hay libros que en tiempo de cuarentena no nos dan pereza. Este tiene 900 páginas de literatura torrencial, esa literatura del siglo XIX que aspira a abarcar la vida en toda su complejidad. El tomo X de La Comedia lo acaba de poner en las librerías Hermida editores. Los grandes editores se miden en parte por la ambición de sus empeños. En este tomo hay sociedades secretas (que Balzac conocía muy bien porque fundó una), especuladores del mercado de valores, y una vida agitada, porque en aquellos tiempos la vida se aceleraba y el éxito y la ruina se alternaban con una celeridad angustiosa. Balzac es colosal, inmenso, como Dickens, al que dedicaremos otro capítulo de este viaje literario de los confinados.

Viajes desde tu habitación

Hoy nos queremos centrar en algunos viajes, en algunas aventuras, porque esto no ha hecho más que comenzar, y en los primeros días la nostalgia del exterior nos lleva a la ventana para contemplar el mundo de afuera. Pero antes de empezar a viajar con los grandes del género, me van a permitir que les recomiende una novela extraordinaria. Wilkie Collins escribió Marido y mujer en 1870 como una denuncia de la institución del matrimonio. Le salió una intriga genial. Comienza como una comedia de enredo hilarante y termina como una tragedia de malos tratos, locura y asesinato.

Por esos años, mientras Collins escribía sus grandes novelas de misterio, Robert Louis Stevenson, el de La isla del tesoro, se dedicaba a viajar. Páginas de Espuma reunió sus ensayos sobre viajes en un tomo delicioso que se titula Viajar, y que contiene textos en los que habla de Edimburgo, de sus paseos por el campo inglés y de sus viajes por Europa o por América, en busca de lugares donde aliviar su enfermedad pulmonar. Stevenson es un hombre con el que podríamos pasar la cuarentena sin salir de sus obras. En el viaje es divertido, ameno, culto, atrevido y locuaz. No da lecciones, y tiene siempre un punto de vista novedoso sobre las cosas.

Las noches árabes

Cuando uno trata con Stevenson se enreda, y al coger Viajar se me ha venido encima el tomo de Las nuevas noches árabes. El dinamitero que editó en español Valdemar, en unos años en los que se puso de moda, gracias a los dioses del papel higiénico, editar a los grandes clásicos. Ese contador de historias que fue Stevenson brilla aquí como un relator a la altura de Las mil y una noches: historias diversas que se entrelazan y que tienen en común las aventuras de supervivientes en un medio hostil. Al fin y al cabo es lo que ahora somos todos, por efecto del virus.

Si empezamos con La Comedia humana, terminamos este capítulo con dos grandes viajeros: Bruce Chatwin y Patrick Leigh Fermor. En cierta ocasión entrevisté a Colin Thurbon, otro de los grandes del género. Le pregunté porqué hay tantos autores de libros de viajes de origen británico y me contestó que la mejor forma de ser británico y soportar esa carga es pasar mucho tiempo fuera de las islas. De Chatwin les recomiendo En la Patagonia. Un libro espléndido, repleto de seres vagabundos, encallados en el tiempo. De Fermor, El tiempo de los regalos, un viaje a pie desde Londres a Constantinopla, que Fermor hizo cuando apenas tenía 18 años y poco antes de que Europa se precipitara en la segunda guerra mundial. Si lo leen ya no podrán dejar de leer todo lo que ha escrito Fermor, un aventurero incansable y un gran escritor.

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