Parto desde el punto de que lo que mis conocimientos cinematográficos como aficionado consideran qué es cine, puede que no se corresponda con la realidad de lo que los verdaderos expertos: actores, cineastas, críticos, guionistas, productores…, aseguran que es. ¿Qué quieren que les diga? No soy Carlos Boyero. Tampoco soy un musicólogo erudito, lo que no impide que hiperventile afirmando que no, que no es música lo de: <<maletero, tubo escape, puerta, puerta, maletero, tubo escape…>>.

Que el invento, como casi toda obra humana, haya evolucionado, a veces degenerado, en miles de matices y formas de expresión es verdad. Que, desde sus orígenes, haya abordado problemas sociales, también. Pero que, en esencia, como objetivo natural, una película es una herramienta de espectáculo y entretenimiento para asombrar, es casi tan cierto como que hay dos actrices llamadas Penélope Cruz, una la de Peeeeedroooooo y otra la de Hollywood. Tan cierto como que Almodóvar no es Ken Loach. Ni Eloy de la Iglesia. Ni ha querido ni ha necesitado serlo. Tan cierto como que jamás ha filmado en Las Hurdes de la época que denunció Buñuel con su “Tierra sin pan”, prohibida por la II República. Y que el manchego, al que admiro como extraordinario director, que emite sus ideas con toda su licitud sin el activismo o la censura que sufrieron otros, hace, porque se lo ha ganado, lo que le sale de sus santos… cojines, también.

La madre del autor de este texto lleva media vida desconociendo el paradero de los restos de sus padres. No por ser víctimas de aquella maldita guerra, sino por desavenencias y disputas familiares.

“Madres paralelas”, -aviso de mínimos niveles de destripe-, nos introduce sin cuentagotas, con la excelencia musical de Alberto Iglesias en modo desmotivado, en una tragedia, (sin su cachondeo), almodovariana al uso, la de dos madres primerizas que se conocen en las horas previas al parto. Una es Penélope Cruz haciendo de la Penélope de Pedro, -grandiosa la capacidad de adaptación de la Pe-, y la otra es Milena Smint, que en “No matarás” mostró grandes cualidades, -¿a qué esperan en Hollywood para darle un papel de secuaz de villanos en una de Marvel?-, pero que aquí parece algo perdida. A ambas se unen Israel Elejalde, el abastecedor de la historia: semen, permisos para abrir fosas. Con su insipidez interpretativa, Elejalde, tal vez por los trabajos aceptados, está empeñado, sin éxito, en coger el testigo dejado por el gran Carmelo Gómez. Está Rossy de Palma, de las más leales vecinas de Pedro, que simplemente pasa por ahí y, menos mal, Aitana Sánchez-Gijón, en cada escena, un bolso, en cada escena, un ejemplo de magnificencia. Con ella, con Aitana, resbalando por falta de documentación o porque sí, con el asunto del Tribunal de la rota, Pedro expone y dispone algunos de sus mantras: “los actores son todos de izquierda, aunque yo soy apolítica, mi trabajo es gustarle a todo el mundo…”, dice Aitana con su arrebatadora mirada de actriz clásica, ante los ojos de Penélope que, adscrita al movimiento almodovariano que rige la película, parece contestar: ¡pero qué menchevique!

  • Hola, me llamo Pedro Almodóvar y estos son mis… cojines. – Ay, qué cosas tienes, Pedro.

La madre del autor de este texto lleva media vida desconociendo el paradero de los restos de sus padres. No por ser víctimas de aquella maldita guerra, sino por desavenencias y disputas familiares. Tanto unos, como otros, tienen derecho a saber dónde está el esqueleto o lo que quede, de su abuelo, más allá del grado de culpabilidad o de inocencia durante aquel conflicto. Si alguien teme que las heridas se reabran, es porque puede que él mismo no sepa o no quiera cerrarlas. La empatía puede ayudarnos a entrar en algunos jardines. Otro asunto es que las exhumaciones sean utilizadas con fines políticos. Revanchistas. Con prensa afín. Como un buscador de joyas y otros objetos entre los muertos de una batalla. En mi opinión, deberían ser actos totalmente privados. Muy respetuosos. Y, en mi opinión, la nueva película de Pedro Almodóvar se descalabra cinematográficamente, como entretenimiento y espectáculo, dejando que ese tema, tema importante, que ni siquiera trata con la sutileza de una denuncia social en forma de film de dos horas, la maltrate, la desplume, la deje sin la intriga con la que empieza y la etiquete como un claro ejemplo de soberbia con un sonajero en un puñado de huesos.

Es la historia de dos madres unidas por una terrible negligencia, perdida por un prepotente y absurdo relleno, por un arrebato de ideología política que, antaño, camuflado con su talento, le catapultó a tener la oportunidad y el músculo financiero para hacer hoy lo que le salga de los… cojines. Ay, aquel Pedro con sus buzos exploradores del infinito, sus dramas, sus comedias, su mejor y más fiel actor, el interiorismo en sus coloridos escenarios, su estética punk y sus variopintos personajes, admirados por muchos, vomitivos para unos pocos. Aquella maravillosa Elena Anaya encerrada cual animal de laboratorio en la increíble “La piel que habito”, aquellas subrepticias críticas detrás de la cámara a lo que él, como artista y como ser humano, consideraba negativo. Todo tan alejado de su nuevo trabajo y que resultaba tan, tan fino y tan genial, como los… cojines de toda su filmografía, en especial los de “Madres paralelas”.

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