Regresó a la Tierra para pedir a su creador una prórroga para su vida y la de los que le acompañaban. Había sido fabricado con una fecha de caducidad: 2019.

El destino juega con las coincidencias. En Blade Runner Rutger Hauer había sido ensamblado en la fábrica de replicantes con piezas que habían compuesto un resultado perfecto. Sin embargo el dios de los replicantes los había programado para que tuvieran una vida limitada: perfectos en sus funciones físicas e intelectuales, su vida era apenas un segmento del tiempo eterno. Y los replicantes abandonan sus tareas en los confines de la galaxia para exigir una vida prolongada. Han sido lanzados al espacio con apenas un puñado de fotos que les sirven para llenar el vacío de los recuerdos de una identidad confusa. Cuando Tyrell, el jefe de la fábrica, se niega a variar el tiempo de vida de la primera generación de máquinas, Roy aplastará su cabeza con las manos como si el cráneo fuera una nuez.

Después de una trepidante persecución, cuando Harrison Ford atrapa a Roy (Hauer) en la azotea de un rascacielos, antes de morir, nos deja uno de los monólogos más intensos de la historia del cine, un clásico de una insólita fuerza inspiradora. En la versión original del guión el texto de Roy decía lo siguiente: «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orion,. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos… se perderán».

Lágrimas en la lluvia

Pero a Hauer no le convencía ese final y el día antes de rodar esa escena se acostó con la inquietud de que esas palabras no estaban a la altura de un final épico para la vida de Roy, un personaje consciente de que le queda poco tiempo, de que su vida ha merecido la pena, y de que toda la fuerza e intensidad de una existencia se va a perder sin dejar rastro. Y fue el propio Hauer el que añadió la comparación final que ha hecho célebre ese monólogo: «…. se perderán como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir».

Este detalle nos revela la importancia de la implicación de los actores en el guion de una película. Sin la aportación de Hauer el monólogo se queda cojo, pierde fuerza. Claro que el actor holandés tenía en esa producción un director como Ridley Scott, capaz de escuchar las sugerencias de sus personajes e incorporarlas al producto final. Las lágrimas no estaban en el guión original, ni en el texto de la novela de Philip K. Dick que inspira la película. Fueron el resultado de vivir en el personaje.

Hauer nació en Holanda. No parecía destinado al cine. Le gustaba la poesía y probó suerte en el ejército. Hasta que un día conoció a Paul Verhoeven durante el rodaje de una serie de televisión. Su primer gran papel en el cine fue en Delicias turcas. Esa película le convirtió en una celebridad en Europa y le permitió dar el salto a Hollywood. Deja papeles en más de 150 películas, pero ninguno como el de Roy, ser perfecto pero mortal, que nos regaló un monólogo eterno, imborrable por mucho que lloremos en medio de la tempestad.

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