Sí, sí, de casi todos los que estamos metidos en la literatura es sabido que hay un gran prejuicio hacia la novela histórica. Porque el primer amor al oficio llega con los cuentos infantiles, la primera lección con los clásicos. Después, entre muchas otras inclinaciones, el autor adepto al elitismo literario toma el camino de la narrativa de culto, del Realismo Sucio norteamericano, de la premiada en la academia sueca… Pero con la novela histórica pasa lo mismo que con la de fantasía o la de ciencia ficción: «bah, espaditas y marcianitos». Prejuicios.

Máquinas del tiempo

Y uno va por ahí como un cachorrillo suelto solo en casa, deleitándose, por vanidosa inercia, con los más refinados platos del Larousse Gastronomique del doctor Lecter. Pero… quienes estamos en esto sabemos que escribir una novela, sea sobre un héroe de la Antigua Roma o sobre un genio de la música que vive en un cajero, es un trabajo muy duro. Y, como lector arremangado que es un escritor, de vez en cuando se deja atrapar por las maravillas de un periodo histórico convertido en cuento. Y de la foie y las mollejitas de diseño se pasa a lo que nunca defrauda y suele enganchar más. Y te ves como Carmen Machi con su mortadela envuelta en papel gris en la reciente, «Un efecto óptico».

Es Publio un tipo que roza la perfección como caballero de su época, con unas dotes intelectuales y una audacia para el combate extraordinarias. Además de fiel amante de su esposa, Emilia, discreta matrona romana que ni come carne de tan perfecta que es. Y es en esa artificial falta de mácula en los protagonistas donde Africanus flaquea

Lo primero que leí del Premio Planeta 2018 no me gustó. La saga de Trajano. Al prejuicio citado me espantó la abrumadora cantidad de información. Intentando dar con una ambientación lo más cercana posible al periodo escogido, escribir novela histórica conlleva ese esfuerzo adicional, el de la documentación extrema. Escribir novela histórica es ser constructor de máquinas del tiempo y Posteguillo lo es.

La leyenda de Africanus

Estamos en la República, era de gestación del Imperio que surgiría después. Segundo asalto de las Guerras Púnicas. Los cartagineses cuentan con uno de los estrategas más importantes de la historia, el célebre Aníbal, cuyo nombre provoca pavor, mientras que los disciplinados legionarios romanos sufren la ausencia de una estrella capacitada para detenerle. Y es ahí donde surge Publio Cornelio Escipión, apodado “El africano”. El buen hacer de Santiago nos revela su niñez, su juventud, su madurez como Imperator en Hispania, con esa esplendorosa victoria en la actual Cartagena, gracias al pitazo dado por un pescador local sobre la escasa profundidad de la laguna de Cartago Nova, que el valenciano relata con absorbente emoción. Y de ahí a convertirse en cónsul. En leyenda.

africanus
Portada de Africanus

El Escipión de Posteguillo es un romano leal a las tradiciones, a la religión de su amada Urbe, pero, al mismo tiempo, es un romano abierto, aficionado al teatro, sobre todo a la Comedia de Plauto, -importante secundario-, que incluso conoce y tolera las divinidades extranjeras. Un romano, como si dijéramos, “più greco che italiano”, reciclando el comentario de los guardaespaldas de Michael Corleone sobre la bella Apollonia. Es Publio un tipo que roza la perfección como caballero de su época, con unas dotes intelectuales y una audacia para el combate extraordinarias. Además de fiel amante de su esposa, Emilia, discreta matrona romana que ni come carne de tan perfecta que es. Y es en esa artificial falta de mácula en los protagonistas donde Africanus flaquea. Escipión y Aníbal son humanos, -el cartaginés y su mujer, la princesa íbera, Himilce, de Cástulo, sobre la actual Linares, y su famoso paso por los Alpes, queda ensombrecido ante la grandeza del Escipión-, dentro de un periodo histórico humano, pero su comportamiento y su desarrollo son propios de mitos. Mágica marquetería narrativa aplicada a dos seres de carne y hueso que una vez pisaron la tierra de lo que hoy es España

La trilogía de Africanus contiene los ingredientes típicos en una saga de este tipo: excelente conocimiento y amor por la época en la que se desarrolla, exhibiendo, con sus nombres, la disciplina de sus ejércitos, el armamento, las intrigas senatoriales que, a veces, particularmente en los diálogos, coquetean con el péplum. La exhaustiva descripción de los canales legales y administrativos. La arquitectura. Las comidas. Y todo con sangre, amores, amistad, sexo, traiciones…

No perdería si apostara por Africanus como la seleccionada en el futuro como la mejor trilogía de novela histórica en lengua hispana, sugiriéndole a Posteguillo, como lector y esporádico devorador de mortadela, que sitúe la próxima en Egipto. Primero para salir un poco de su amada Roma y segundo por Netikerty.

Agustín Serrano Serrano

Fuengirola, 5 de junio de 2021

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