Aguamala. Cuatro días de lluvia en la ciudad de Nápoles a la espera de un suceso extraordinario. Nicola Pugliese. Traducción de José Moreno. Editorial Acantilado.

Aguamala, traducida por primera vez al español, es un caso literario, al modo y manera de El Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, o de El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati o de El zafarrancho aquel de Via Merulana, de Carlo Emilio Gadda. Tiene algo de las tres obras, aunque los ingredientes que lo conectan con cada una de ellas son heterogéneos. Pugliese se emparenta con Tomasi di Lampedusa por ser escritores conocidos por una sola obra. De Gadda tiene algo de ese estilo torrencial, fluido, acuoso, en el que el relato se combina con la corriente de conciencia. En cuanto a Buzzati podríamos decir que la espera, la eterna espera de lo extraordinario, del milagro, les hace habitar a los dos en un mundo en el que los sucesos, por sorprendentes que sean, no llegan a alcanzar lo que el anhelo de sus personajes, que disuelven en la lluvia el amargo aroma de su desencanto.

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Aguamala (Malacqua) es la obra de un periodista, Nicola Pugliese, un redactor de sucesos y noticias variadas en la prensa de Nápoles. Pugliese nació en Milán pero vivió en Nápoles, que es la ciudad más extraordinaria de Italia, la más árabe de cuantas se asoman desde Europa al mediterráneo, la más disparatada y excesiva. A Pugliese no le gustaba el oficio del reportero, al menos confesaba, como se percibe en el video adjunto, que en vida de profesional tenía que escribir sobre muchos temas que no le importaban un comino. Pugliese escribió Aguamala en mes y medio y se la llevó a Italo Calvino, que era entonces un asesor literario de Einaudi. Y Calvino la publicó en 1977. Fue un éxito y se agotó a las pocas semanas.

El negocio no fue tan rápido como se puede entender en esa frase. Calvino debió de sugerir algunos cambios en el relato. Pugliese le contestó que la obra no se tocaba, y que eran lentejas: si quieres la publicas y si no, la dejas. Después de aquella primera edición Pugliese se negó a que se hicieran nuevas reimpresiones. No conocemos las razones del autor. El caso es que Aguamala pasó treinta años perdida, silente, hasta que un amigo de Pugliese, Tullio Pironti, la rescató después de la muerte de Pugliese (2012). La resurrección de Aguamala despertó el interés de los editores franceses, los alemanes, rumanos, británicos, y ahora de Acantilado.

Aguamala parte de un suceso: la lluvia impenitente que ahoga Nápoles durante cuatro días, una lluvia «unánime», que diría Borges. Una lluvia como las lluvias de García Márquez, persistente. En Nápoles, el agua comienza remover los fondos y basamentos de la ciudad y en la Via Tasso y en la Aniello Falcone los edificios comienzan a hundirse mientras en la calzada se abren fosas inmensas que se tragan coches y casas. Carlo Andreoli, periodista napolitano, es el personaje central de Aguamala. Pero en el caso de la obra de Pugliese esto solo quiere decir que aparece de forma intermitente, porque se trata de una novela coral en la que el relato gira con la rapidez de una corriente y alterna el narrador omnisciente con al corriente de conciencia de los personajes. Andreoli asiste a la disolución de Nápoles mientras se pregunta por el futuro de una ciudad maldita de que quiere escapar.

Una serie de relatos de lo extraordinario se va encadenando en la novela mientras asistimos al hundimiento de Nápoles. Pugliese construyó una novela sobre la pulsión más genuinamente napolitana: la espera del milagro salvador, que se manifiesta en Nápoles en las procesiones que pasean la sangre licuada de San Gennaro, o el temor de las catástrofes que llegarán cuando el coágulo se niegue a hacerse líquido. Ciudad en la falda de un volcán, ciudad en la que cada hecho extraordinario tiene un número adjudicado en la lotería primitiva.

En ese escrutar el futuro se les va una existencia que no cambia, falsa, miserable, fantasmagórica. Toda la vida napolitana emerge en la novela, como el pus y la inmundicia que vomitan las alcantarillas inundadas, mezclada con retórica ampulosa y un erotismo crudo. En la ciudad resuenan las voces, las muñecas se lamentan, las monedas cantan mientras la política escenifica sus teatros y los cortejos fúnebres llevan, negros, los ataúdes blancos de los niños al cementerio.

La prosa de Pugliese es torrencial, líquida como la lluvia, barroca en imágenes, enumeraciones, acumulaciones, y ese estilo se mantiene en una traducción magnífica. Aguamala es un misterio, un texto prodigioso, un caso literario, de un escritor enigmático al que los italianos terminaron por bautizar como el Salinger latino. ¿Por qué solo una novela? El éxito, como a Tomasi di Lampedusa, le llegó una vez muerto. Un detalle más: quizá hubiera sido adecuado mantener el título en italiano, Malacqua, dado que Aguamala tiene otros significados, otros campos semánticos, y se pierde la evocación de que la lluvia sea un mal metafórico, como en la novela.

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