Alfabeto triestino. Samuel Brussell. Prólogo de Juan Bonilla. Traducción de Gabriela Torregrosa. Fórcola

Alfabeto triestino no es un libro de viajes, pero es un viaje. No esperes encontrar, lector, como advierte Bonilla en el prólogo, una catálogo de restaurantes y lugares de visita. Pero al término del libro tendrás un rumor interior que te llevará a pasar por esta ciudad, que es un lugar de frontera, una ciudad refugio, un lugar de identidades complejas, superpuestas, que es italiana pero también austrohúngara, que es occidental pero a la vez oriental, un lugar de paso, una «ciudad desarraigada, suspendida en el aire». El libro de Brussell es un viaje, por poetas, por escritores, por librerías, a través de las huellas dejadas en cartas, a través de encuentros donde se evoca el pasado. Un libro elegante, sabio y sutil, que intenta atrapar, y lo consigue, el aire de esa alma fugaz que aún aletea en una de las ciudades más literarias del mundo.

Alfabeto triestino

Alfabeto triestino comienza en Milán, en un domingo luminoso. El autor lee en la prensa del domingo 5 de marzo de 2017 la noticia de la publicación de las cartas, pocas, cruzadas entre dos célebres triestinos. Se trata de la correspondencia entre Bobi Bazlen, uno de los fundadores de la editorial Adelphi y Anita Pittoni, fundadora a su vez de la editorial Zibaldone.

La palabra zibaldone en italiano significa miscelánea. Alfabeto triestino no es otra cosa sino una gavilla de hechos, personajes, ideas, impresiones, sobre Trieste. Una pesquisa, a veces, en busca de personajes, otras en la senda de huellas del poeta Umberto Saba, librero, propietario de una librería de viejo centenaria. Los que pueblan este texto de Brussell parecen estar en el mundo de las sombras. El autor pone sobre ellos una luz crepuscular, que ilumina esta puerta oriental de Italia.

Trieste es frontera. Pero no solo entre el oriente y el occidente, también entre lo real y lo imaginario, entre la vida y del deseo. Alfabeto triestino es un diario, la expresión de una obsesión estética y filosófica que recorre el teatro intelectual de la ciudad. No importa el tiempo. Todo es actual: Stendhal o Joyce, Saba o Rilke. Conversaciones, recuerdos, imágenes, cartas, versos, todo se encadena en un orden que el autor no desvela, pero que va colocando en la escena la compleja trama de identidades que se cruzan en esta ciudad en la que se mezclan las lenguas, mestiza.

Quizá no hay mejor antídoto para los populismos que esta mirada en la que los vivos conviven con los muertos. En un punto intermedio de su libro, Brussell cita a Anita Pittoni para hablar de la patria: «la patria es la tierra en la que se habla la propia lengua, luego es la región donde se está, luego la ciudad donde se nace, luego la casa donde se vive, luego la habitación en la que se trabaja, que es la más grande de nuestras patrias, que uno lleva consigo por todo el mundo, el lugar donde uno elige su patria; el cuarto más tranquilo donde mejor se trabaja». Trieste es la ciudad que ha encarnado el sueño de Europa, un continente en el que conviven, siempre pensaremos que es más que posible, el alma atlántica con el alma oriental.

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