corral cervantes

Calamares a la romana. Somos romanos, aunque no nos demos cuenta. Emilio del Río. Editorial Espasa

Emilio del Río llega a la entrevista vestido de patricio romano. Plantado en la plaza de Ópera, con sus cinco metros de túnica, parece una estatua de las que reclaman unos euros para abandonar su quietud. Pero no tiene platillo. «Lo bueno de Madrid, dice, es que sales de casa vestido de romano y nadie te mira» . Es cierto, en el tórrido verano de Madrid solo llamas la atención si vistes normal o llevas corbata. Es entonces cuando todos se apiadan de ti. Bajamos a la estación de metro y posa en el andén con gesto de tribuno, sin mascarilla, porque en la Roma clásica las pandemias se pasaban a pulmón. Luego nos sentamos en la plaza de Oriente a charlar mientras colocan las terrazas para un turismo que no viene. El mundo está quieto como las estatuas de los reyes godos. Emilio ha publicado Calamares a la romana, un repaso de todo lo que les debemos a los romanos y no les pensamos devolver.

Lo que nos dieron los romanos

Calamares a la romana es la demostración de que los romanos siguen entre nosotros, más que los griegos. Somos griegos pero vivimos como romanos. El libro de Emilio del Río comienza con aquella escena de La vida de Brian en la que un ingenuo activista pregunta ¿qué les debemos a los romanos? Y otro sincero incauto contesta y comienza a enumerar lo que les ha traído la civilización romana. Hasta que llegan a la «pax romana» y entonces la concordia se rompe. De los romanos tenemos la forma de vestir, la forma de las ciudades, el alcantarillado o las aceras, la higiene de las termas, el gusto por la vida, y algunas formas de la literatura. De los romanos tenemos los bares y el vino, y algunos espectáculos, y el Derecho. En fin, hay mucho de Roma en España, en Italia o en Francia, tres países que tienen un gusto especial por la vida, una vida con un cierto acento hedonista.

El libro de Emilio del Río es, además de una obra erudita, una obra divertida. Coloca las anécdotas sin saturar, despliega los detalles sin abrumar, y todo lo lleva, desde la antigüedad clásica hasta nuestros días. ¿Qué hay más romano que Jesús Gil metido en un jacuzzi mientras su caballo semental Imperioso le pasa la lengua al borde de la piscina? ¿Hay algo más conectado con Catulo y con Marcial que los exabruptos de Cela, sus homenajes al pedo, y los detalles sobre sus habilidades para ingerir platos de sopa por el ano? Las ciudades que pisamos son romanas, los adornos que se colocan las mujeres tienen sus inspiración en Roma. Y en material sexual no hemos hecho más que caminar en la dirección de Roma. Algunos lo llamarán progreso, pero a veces el regreso no está nada mal.

El autor

Emilio del Rio es riojano de Logroño. Es doctor en Filología Clásica por la Complutense. Los capítulos de su libro llevan, a menudo, títulos que remiten a las canciones de los tiempos de la movida madrileña. Eso es porque tuvo la suerte de venir a Madrid desde provincias en aquella época de apertura y de libertad, cuando nos quitamos la seriedad de la vieja política, la gravedad de la primera transición. Ha llevado al latín a la Radio a través de RNE, y a los libros de divulgación. El primero se llamó Latin Lovers, y fue la primera ofensiva para identificar a todos los amantes del latín, que son muchos más de los que piensa el ministerio de educación de cualquier gobierno.

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