Cartago. La historia de un mundo eliminado por Roma. J. Vilmont. Editorial Rialp

Cartago fue el único poder que desafió a la Roma imperial y estuvo a un paso de someterla. Nacido de la talasocracia fenicia en el oriente próximo, Cartago dominó el Mediterráneo con su comercio y sus naves de guerra hasta que se enfrentó con Roma por el control de Sicilia. La guerra duró algo más de cien años, y se libró en tres grandes episodios conocidos como las Guerras Púnicas. Las tres las perdió Cartago. La última derrota supuso su desaparición. El Norte de África pasó a ser una colonia imperial de Roma. Vilmont, historiador que ha trabajado en el Museo de Cartagena y en el Museo Nacional de Arqueología subacuática es todo un descubrimiento. Firma un libro que está a la altura de los grandes divulgadores. Sin renunciar al rigor, aborda la narración con una capacidad de atrapar al lector y llevarle a los escenarios de las grandes batallas que supera a los grandes de la historia. En el mercado anglosajón sería un best-seller.

cartago

La historia de Cartago la escribieron los vencedores. Y tenían motivos suficientes como para enterrar el poder de los púnicos en toneladas de propaganda: crueles, despiadados, practicantes de sacrificios en los que ofrecían la sangre de niños vivos a sus dioses. Vilmont desmonta la propaganda, escrita por los mismos que barrieron el mundo púnico de la faz de la tierra. Un texto de Diodoro de Sicilia afirma que existía un templo a los dioses Baal y Tanit, con una gran figura de bronce en cuyas manos se colocaban los cuerpos que iban a ser incinerados. Vilmont asegura que a pesar de los numerosos autores que afirman el sacrificio infantil, ninguna tiene rigor historiográfico. Las necrópolis infantiles demuestran más bien el aprecio y veneración que los cartagineses tenían por sus niños, a los que incineraban después de muertos para depositar sus restos en urnas señaladas con una estela funeraria.

Un poder, dos mentalidades

El poder de Cartago se construyó sobre el comercio. Abrieron rutas más allá de las columnas de Hércules, en el norte de África y en las costas de Iberia, en las que miran al Mediterráneo y las que se asoman al Atlántico, en aquella época un mar tenebroso. Los púnicos controlaban la salida por el estrecho de Gibraltar, celosos de que ninguna otra flota les robara sus mercados. Pero Cartago era también un poder agrícola, gobernado por los terratenientes que practicaban una agricultura extensiva muy desarrollada, con técnicas que serían copiadas por la cultura romana. Esa dualidad será el origen de disputas que son el talón de Aquiles de los cartagineses.

Vilmont es claro a la hora de establecer la causa y origen de las Guerras Púnicas. Las tres las inició Roma para cercenar el poder creciente de Cartago. La primera por Sicilia, terminó con una paz humillante y costosa que firmó en nombre de los cartagineses Amílcar Barca. Impuso unas condiciones tan onerosas para Cartago que la potencia africana buscó su expansión a través de los territorios del norte de África e Iberia, donde encontraron minas de plata para poder pagar a los romanos. La firma del tratado del Ebro con Roma establecía que Cartago era dueña de los territorios al sur del río. Pero el poder creciente de los Barca excitó las ansias bélicas del senado romano. Cuando Aníbal toma Sagunto (fabuloso el relato del asedio y asalto de la ciudad) Roma tiene claro que debe volver a la guerra.

Aníbal Barca

Aníbal es sin duda el centro del libro de Vilmont. Un personaje fascinante, un genio de la estrategia militar. También un hombre sobre el que recaen las sospechas (sin pruebas ni indicios) de haber guiado la mano del sirviente que mató a su cuñado Asdrúbal, de talante más pacífico que Aníbal. Un general que duda si debe o no asaltar Roma, una ciudad de seis millones de habitantes. Nunca estuvo Roma tan cerca de despeñarse con estrépito que en aquel momento, después de la batalla de Cannas, el 2 de agosto de 216 antes de Cristo. Pero Aníbal no quiso lanzarse a aquel ataque, quizá temeroso de repetir los errores de Sagunto. Después de una cadena de victorias (Trebia, Trasimeno, Cannas) los púnicos son derrotados en Metauro, donde muere Asdrúbal, hermano de Aníbal, última de sus esperanzas. Aníbal vuelve a Cartago donde será derrotado por Escipión el africano en la batalla de Zama.

Vilmont señala que Cartago nunca envió refuerzos a Aníbal. «La mezquindad de la ciudad de Cartago hacia Aníbal contrastaba con la unidad y el patriotismo de los romanos». La pasividad de los púnicos fue determinante en su destino. Roma no se conformó con la victoria en la segunda guerra púnica. En cuanto tuvo certeza de que su comercio se había restablecido, que sus arcas se volvían a llenar, lanzó la tercera guerra, animada por nacionalistas como Catón el Viejo. En 146 antes de Cristo la ciudad fue arrasada y se cerró la historia de Cartago. En el Mediterráneo no había lugar para dos potencias. Aníbal lo sabía bien. No solo había heredado de su padre el odio a Roma, sino la certeza de que se trataba de vencer o desaparecer.

El libro de Vilmont es un prodigio, un relato cercano y vivo de un mundo lejano de la historia antigua que revive con fuerza en las descripciones, en la narración de las batallas o en la gesta del paso de los Alpes de un ejército que nunca había pisado la nieve, formado por gentes de orígenes diversos, comandados por un hombre de un liderazgo carismático que ha inspirado a todos los grandes de la historia militar.

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