Con lo sencillo que es reconocer la verdad…

En contra de la creencia mayoritaria –otro tópico que destrozaremos en fanfan-, la verdad es sencillísima de reconocer. No necesitamos una formación privilegiada o encerrarnos a escribir tratados filosóficos para dar con la fórmula exacta. Si la verdad es ella misma, puede ser reconocible por cualquiera; y todos, de hecho, la reconocemos sin darnos cuenta cuando “llamamos a las cosas por su nombre” o llamamos “al pan, pan y al vino, vino”, sentenciando lo evidente.

El problema está en que el saetazo racionalista que recibimos de vacuna contra la realidad, nos impide reconocer la dinámica exacta de las cosas, su comprensión íntima, su metodología. Y en vez de cimentar, elucubramos; es decir, “abajamos”, deconstruímos casas desde el tejado, asegurando su ruina sobre el vacío. Por eso, en caso de ser preguntado, yo siempre he preferido el surrealismo y bucear por las cuevas y los cimientos. Pero esto es una opinión personal…

El saetazo racionalista que llevamos por vivir el tiempo presente, nos hace concebir la verdad como un discurso, una afirmación, una convicción, una retahíla aburrida de palabras incomprensibles, o una sentencia indiscutible que, sin duda, son necesarias, pero siempre posteriores. Vienen después; una vez que la misma verdad se ha dejado sorprender con la guardia baja y accesible a su conquista para todos los públicos e inteligencias. Porque la verdad, o es de todos o no es de nadie.

La cuestión –insisto machaconamente- es de método. Y éste, a menudo, nos coge distraídos o nos lo pasamos por el forro, o nos coge en rebeldía disidente con alguna guerrilla; que ahora también se ha puesto de moda ser antisistema de salón con chimenea.

Como hay un método, en todos hay una capacidad innata para reconocerlo, sea uno mozo de espadas o notario de provincias. Otra cosa es que veamos un nubarrón negro sobre nuestra casa y no queramos coger el paraguas porque ‘opinamos’-absurdamente- que no lloverá, a pesar de que las alarmas climatológicas, el telediario y su propio jefe le haya dicho que teletrabaje o que coja una lancha para ir a la oficina. No sé si me siguen…

El método, por tanto, se refiere a los signos indiscutibles que podemos reconocer, o no, a conveniencia porque somos humanos y yo, personalmente, conozco a pocos que se empeñen en interpretar bien los mil matices que encontrará a lo largo de la vida.

Para ser más claros, la verdad, ¿qué forma tiene? Tiene la forma de la hermosura; de lo hermoso que se revela en la existencia cotidiana, del hecho mismo de existir; la hermosura de la gente con la que nos cruzamos; la hermosura, incluso, de aquellos que nos odian, aunque nos pese.

El gran signo de la verdad es su belleza. La belleza que encontramos, que nos precede; la que hay en cada hombre por el hecho de serlo.  Además, es cercana, sencilla y accesible. Atractiva, atrayente y seductora como todo lo hermoso que cada uno imagine: sea un traje, un buen cocido, un pensamiento brillante, la solución de un acertijo. Entonces, nosotros decimos “es verdad…”; asentimos a su gusto, a su belleza, a su sabor, a su color, a su caricia musical, poética, lírica, siempre que contenga una pizca de amor. Porque no hay verdad, en definitiva, sin la resonancia  singular del amor.  Lo sabemos de sobra…

Por eso el método es esencial: primero el impacto, la admiración, el reconocimiento; y luego, inmediatamente después, casi al mismo tiempo,  el “¡es verdad!” rotundo: el asentimiento de la belleza de un vestido, la afirmación de que “algo huele a podrido en Dinamarca”, la reflexión, el rascarse la cabeza y todos los tratados de veritatis que usted quiera escribir para la Historia del pensamiento, o para dar la tabarra a libreros, editores y distribuidores varios de la burbuja editorial.

Por eso, y por ser metodológicos, para reaprender lo obvio, nunca hay verdad en la confrontación dialéctica, en la búsqueda de enemigos, en la inventiva de tensar la cuerda para atraer la razón, porque hay gente que siempre lleva razón… ; de ahí que la mentira se destape siempre como división, negación o lucha de contrarios. En fin, el pan nuestro de cada día.

No dudo que habrá quien niegue la hermosura evidente de un atardecer o la del latido del corazón de su hijo porque hay gente para todo. Estos suelen ser contertulios de sus propias conjeturas, monologuistas de lavabo, tramperos con sordera y ceguera que deben curarse cuanto antes para vivir en la sociedad de hoy. Porque, la verdad, para desgracia de quien está encantado consigo mismo, se busca y se encuentra siempre en compañía, en convivencia, en libertad.

Podría decirse de una vez, que la verdad, realmente, habita en los otros y que no hay verdad más grande que el conocimiento compartido del que nace la paz y la justicia en lugares donde se firma con un apretón de manos. Parece obvio pero, hoy en día, hay que repasar porque hay incivilizados que encienden la mecha de la bomba en nombre de desviaciones, difamaciones, ocultamientos de intenciones, esparciendo semillas de mentira en la hermosura floral de la verdad, que es tan grande, tan bella, tan hermosa que hay que sostenerla entre todos como al Cristo de los gitanos, camino del Sacromonte arriba.

Octavio Paz sabía bien que la verdad, como la vida, no le pertenecen al lobo solitario, al reconcomido consumidor de bulos que alimentan su obsesión, sino que:

“…bien mirado, no somos, nunca somos

a solas sino vértigo y vacío,

muecas en el espejo, horror y vómito,

nunca la vida es nuestra, es de los otros,

la vida no es de nadie, todos somos nosotros,

-pan de sol para los otros-(…)

Los actos míos son más míos si son también de todos,

para que pueda ser, he de ser otro,

salir de mí, buscarme en los otros,

los otros que no son si yo no existo,

los otros que me dan plena existencia…”

El poema continúa pidiendo, humilde, pues es la humildad la que reconoce su ignorancia:

“Eloísa, Perséfone, María

muestra tu rostro al fin para que vea

mi cara verdadera, la del otro,

mi cara de nosotros siempre todos,

cara de árbol, de panadero,

de chófer y de nube y de marino,

cara de sol y arroyo y Pedro y Pablo, cara de solitario colectivo,

despiértame, ya nazco.”

De ser así, miren su experiencia desde niños y miren si nacieron sabiendo algo que no fuera el abandono al pecho de una madre, el candor de quien lo ha educado bien,  la ternura –ternura incansable de ser perdonado mil veces-, y pregúntense con sinceridad, si han agotado todo su saber.  

Si ya han nacido con los títulos bajo el brazo, ¿cuántas veces en nombre de lo que creían verdad,  destrozó un trozo sagrado de ella misma? Y por último, de ser así de espléndidos, ¿cuántas veces se han dejado vencer hoy, o ayer, por la arrogancia –de arrogarse- el criterio único, la iluminada visión solitaria que tanto alientan los populismos, los mesianismos políticos, los iluminismos religiosos y los cobardes que engordan en la oscuridad, mientras piensan en la próxima mentira?

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