Durero

Entre 1520 y 1521 el pintor y grabador alemán Alberto Durero viajó a los Países Bajos. Dos años fructíferos. Durero vista Amberes, Brujas, Bruselas, Aquisgrán. En esta ciudad asiste a la coronación de Carlos V como emperador. Durero tenía un interés especial en llegar hasta el heredero de Maximiliano, porque aspiraba a mantener al menos el estatus económico que le otorgaban las rentas pagadas por el emperador. El momento para Durero era crítico. Viajaba por la Europa convulsionada por la reforma de Lutero vendiendo grabados aquí y allá para mantener su vida. Sus notas del viaje nos trasladan una obsesión por el dinero. Ahora, una gran exposición en Londres y un libro de Philip Hoare nos traen a la actualidad aquel viaje que cambió la vida del gran pintor y grabador. Un artista total.

Los viajes de Durero

Comencemos por la exposición sobre Durero. La National Gallery de Londres, en colaboración con el museo Suermondt-Ludwig de Aquisgrán conmemora los quinientos años de aquel viaje con una gran exposición. El paso de Durero por los Países Bajos nos ofrece una oportunidad única para ampliar el panorama de la historia del arte. Hay muchos testimonios artísticos y literarios, que nos dejó el propio Durero en sus notas de viaje.

Los Países Bajos era en aquel momento una de las regiones más importantes de una Europa sacudida por el nacimiento de la Reforma protestante. La muestra de Londres se centra en el viaje, en el rastro que deja Durero, en las influencias que recibe, y sobre todo en las que deja. Un ejemplo: el San Jerónimo de Durero que se conserva en Lisboa. Hay innumerables copias holandesas de otros tantos artistas tocados por el genio del alemán.

Encuentro con el Renacimiento

Hay otro viaje anterior, el de Durero a Venecia, entre 1505 y 1507. Es un viaje que marca un antes y un después, porque se considera el punto de partida de la difusión del Renacimiento italiano. Se dice que la tradición tardomedieval alemana se encontró con la vuelta al mundo clásico que imperaba en Italia. Pero lo cierto es que el motivo del viaje fue el encargo que Durero recibió para pintar La Fiesta del Rosario para la iglesia de los comerciantes alemanes en Venecia. Los alemanes querían demostrar a los italianos que podían competir con ellos en el arte, ya que en poesía y en retórica iban muy retrasados.

En Aguisgrán, Durero asiste a la coronación de Carlos V como emperador. Es octubre de 1520. Lo que le lleva a la ciudad es el intento de revalidar la pensión imperial concedida por Maximiliano I. Y lo logra. Pero en lugar de regresar a casa con la tranquilidad de unos años de bienestar económico se queda en los Países Bajos siete meses más. Durante su viaje, Durero anota sus gatos e ingresos con una meticulosidad obsesiva. También registra los regalos que hace y los que recibe. Apunta el nombre de personas a las que conoce, las obras de arte que ve, los itinerarios y un sinnúmero de observaciones.

Durero viaja con un equipaje en el que probablemente lleva el retrato de Alberto de Brandeburgo, lo que le sirve para recibir encargos para una serie de retratos dibujados que es única en la historia del arte. Y otro artistas retratan a Durero, que el 5 de agosto de 1520 recibe un banquete de homenaje de los artistas holandeses que le honran con el tratamiento de «gran señor». En esos meses conoce a Erasmo de Rotterdam (su retrato no se conserva). Ese encuentro es un punto de inflexión en la vida de Durero, que siempre tuvo un gran afán por participar en la vida intelectual del momento.

durero
Melancolía. Durero

Durero y Philip Hoare

Ese ansia por viajar, por descubrir nuevos mundos, sigue hoy muy viva. Tanto que ha inspirado el nuevo libro de Philip Hoare, ese escritor británico, entusiasta y curioso, que ha hecho de las ballenas y el mar un océano de curiosidad en el que encuentra el motivo para escribir grandes libros. A caballo entre el ensayo y la biografía, Hoare mezcla la vida de Durero con la de Thomas Mann, complica en su aventura a Herman Melville, y mantiene viva la estela de aquel impulso pionero que llevó a Durero a descubrir nuevos mundos.

El libro comienza con una decepción. Cuando Durero, en su viaje, recibe la noticia de que una ballena está varada en una playa holandesa. No tenemos constancia de que la viera. Sí conoció algunos esqueletos y restos óseos de colosos del mar. En ese mar sigue nadando Hoare. Su prosa líquida viaja en un mar de referencias por las vidas de Marianne Moore, de David Bowie (Hoare asegura que es una criatura inventada por Bowie), del poeta Auden, de Shakespeare o San Alberto Magno.

Escribe Philip Hoare en Alberto y la ballena (Ático de los libros) sobre el viaje de Durero, sobre sus decepciones o sobre la malaria que contrajo en aquel periplo, que «lejos de señalar el declive de su talento, las experiencias que Durero vivió allí iban a dar pie a lo que Panofsky denomina nuevas manifestaciones de su genio. Como si hubiera firmado un contrato. Y, de hecho, llegó a dibujar un monstruo marino. Sobre el lugar donde lo vio o si llegó siquiera a verlo nada puedo contar, pese a los océanos que he surcado y las bibliotecas que he atravesado a nado»

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