El Congo, historia de un río tenebroso

El río Congo. Peter Forbath. Con una Adenda de José Luis Cortés López. Editorial Turner. Colección AZ

Congo. La palabra tiene tanto peso que le cambiaron el nombre. Ahora se llama Zaire. Ese era el nombre que escucharon los descubridores de la desembocadura del Congo. Eran portugueses. Los indígenas lo llamaban nzadi: “el río que se traga todos los ríos”. Los portugueses lo convirtieron en Zaire  y así se llamó hasta el siglo XVIII. Desde aquel primer contacto con Occidente, el Congo ha sido primero un río inescrutable, imposible de remontar, luego el río de la esclavitud, el de las grandes aventuras de Livingstone y Stanley, el de la codicia del rey belga Leopoldo y sus sicarios, que convirtieron sus orillas en un infierno de sangre y crueldad.

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Peter Forbath fue corresponsal de Time para África. Publicó El río Congo en 1977. Hoy sigue siendo un relato que mantiene todo su vigor, capaz de trasladar toda la pasión, la convulsión y la tragedia de la historia de uno de los grandes ríos del mundo, a la vez que un lugar denso y turbio, un escenario en el que se despliega la aventura de los descubridores y los horrores más profundos del alma humana. El Congo es el río de El corazón de las tinieblas de Conrad, un lugar legendario que alimentó durante siglos la imaginación de Occidente.

Un rio de cinco mil kilómetros, un río que serpentea entre una selva impenetrable, como dijo Conrad, “ un viaje a los tiempos primigenios del mundo”. Forbath es, además de un gran periodista, un formidable historiador. Por eso su relato comienza en los tiempos de las cruzadas. Porque en aquel tiempo se forjó la leyenda del Preste Juan, clérigo y rey de un reino cristiano que habría quedado aislado por el corte de la extensión del islam. Llegar hasta aquel reino, que unos situaban en Asia, otros en Etiopía, fue el anhelo que motivo muchas de las expediciones que buscaban ampliar el mundo conocido. Y entre otras, las empresas del portugués Enrique el Navegante.

Fue Diogo Cao el que descubrió la desembocadura del Congo. Diogo, hombre que surge de la nada, sin linaje conocido, y que volvió después a la nada, encontró el delta en 1482. En su nave llevaba unos pilares de piedra que el rey Juan le había dado para que marcara las tierras descubiertas por sus naves. El que dejó en el Congo se descubrió siglos después y decía así: “En el año 6681 del Mundo y en el 1482 del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, el serenísimo, excelentísimo y poderosísimo Príncipe, el rey Juan II de Portugal, ordenó que esta tierra fuese descubierta y que este padrón de piedra fuese levantado por Diogo Cao, escudero de su casa”.

Cao desaparece de la historia sin dejar rastro. Dicen que el rey Juan lo pudo ejecutar. Los marineros portugueses tenían la misión de circunnavegar África para llegar a las Indias. Y Cao no cumplió su misión. El encuentro con los indígenas del reino del Congo y su rey, el ManiKongo, se convirtió en una misión para convertir y evangelizar a aquellas tribus. Su sucesor, un rey bautizado que adoptó el nombre portugués de Alfonso, tuvo el sueño de occidentalizar el Congo. Pero aquel comienzo promisorio terminó cuando comenzó el comercio de esclavos. Aunque no fueron los portugueses los que introdujeron la esclavitud en África, Forbath apunta a que “como los prisioneros de guerra podían ser esclavizados, fomentaron las guerras. Como los delincuentes podían ser esclavizados, fomentaron el delito”.

Los capítulos en los que Forbath relata la degeneración de las relaciones entre los portugueses y los indígenas son magistrales. Todo occidental que llegaba a aquellas orillas del Congo se corrompía. Hasta los jesuitas “no pudieron resistir las tentaciones de aquella ciudad perversa y disoluta” Al poco de llegar la primera misión, los padres se dieron al negocio de comprar y vender esclavos y mantener concubinas.

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Los siglos de la esclavitud dieron paso al tiempo de los exploradores. Tuckey fue el primero. Su expedición fue un absoluto fracaso que sumió a los británicos en una profunda decepción. Luego fue Livingstone, que fue en busca de las fuentes del Nilo, para convertirse en el primer occidental que cruzó África hasta llegar al Atlántico. Y conectada con esa aventura colosal, el viaje de Satnley, joven reportero americano que fue en busca del doctor Livingstone, al que encontró en Ujiji casi por casualidad. Stanley, autor de la noticia exclusiva más importante del siglo, se emborracharía de afán descubridor. El rey belga Leopoldo II, que ansiaba un imperio de ultramar, le contrató para hacerse con el Congo después de que Stanley fuera el primero en recorrer el río desde sus fuentes hasta la desembocadura.

El Congo entró en la era de la explotación. El rey de los belgas convenció a las potencias de que su afán era filantrópico. Y consiguió que le reconocieran que aquel territorio era propiedad personal del rey. Al borde de la ruina por los gastos de la “conquista”, pronto convirtió las riberas del Congo en un infierno del que sacar todos los recursos posibles. Implantó para conseguirlo un régimen de terror, secuestros, torturas y castigos. Cuando la producción no llegaba a las expectativas, los esbirros del rey, gente sin escrúpulos, cortaban las manos de los indígenas como castigo.

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Henry Morton Stanley

La publicación de noticias sobre la verdadera empresa del rey en el Congo, y de la novela de  Conrad El corazón de las tinieblas, supuso un escándalo mundial. Leopoldo II renunció a la propiedad. El Congo pasó a ser una colonia administrada por el gobierno belga. Cambió el propietario, pero poco las condiciones de vida de los indígenas. El resto es historia más conocida, por ser más reciente. Una descolonización torpe abrió un periodo de violencia y mala administración, en un país que sigue sumido en tensiones internas, violencia entre tribus, y explotación occidental de sus inmensos recursos naturales.

En la Adenda, de modo sintético, José Luis Cortés López nos cuenta la historia de la República democrática del Congo desde 1965 hasta 2002. Una crónica, siempre tenebrosa, del corazón de África.

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Alfredo Urdaci
Alfredo Urdaci
Nacido en Pamplona en 1959. Estudié Ciencias de la Información en la Universidad de Navarra. Premio fin de Carrera 1983. Estudié Filosofía en la Complutense. He trabajado en Diario 16, Radio Nacional de España y TVE. He publicado algunos libros y me gusta escribir sobre los libros que he leído, la música que he escuchado, las cosas que veo, y los restaurantes que he descubierto. Sin más pretensión que compartir la vida buena.

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