Han pasado sólo unos pocos minutos de El Crack cero cuando se tiene una sensación fatal: “esto no es una buena idea”. ¿Qué puede llevar a un fan de los dos filmes dirigidos por José Luis Garci y protagonizados por Alfredo Landa en 1981 y 1983 a verse invadido por tan funesta percepción? Flota en el ambiente un quizá inevitable afán de imitación. Lo que entonces fluía natural aquí luce impostado. Puede que sea el blanco y negro. El recurso suele funcionar cuando se ambienta una película en los años 30 o 40. (A partir del invento del cine, la idea que almacenamos en el subconsciente sobre una época determinada tiene mucho más que ver con la apariencia de las películas de ese tiempo que con la realidad). 1975 no casa bien con el blanco y negro.

Estamos sólo a seis años del primer Crack. Como dicen en el propio filme, hasta la televisión es ya en color. Se ha recuperado la música de Jesús Gluck. Incapaz de recrear de forma verosímil el Madrid de ese tiempo[1], Garci ha optado por repescar planos de sus títulos anteriores. Así, las imágenes la capital de España han dejado de ser un personaje más para convertirse en un añadido que no termina de empastar con el conjunto. Adiós a una de las señas de identidad de El Crack. Todos los elementos enunciados hasta ahora convergen en un mismo punto: no estamos ante un proyecto que haya disfrutado de un presupuesto holgado. Así se percibe en el prólogo. Al margen de polémicas de género, resulta ciertamente desangelado si se compara con esas dos secuencias, llenas de nervio, con las que se abrían los títulos anteriores.

José Luis Garci
José Ignacio Wert

De menos a más

La lectura de este primer párrafo habrá llevado a la conclusión de que El Crack cero no le ha gustado a quien esto firma. Giro de guión. Es asombroso cómo la película va de menos a más. Se empieza a encontrar a sí misma cuando comienza a girar sobre las entrevistas que Areta y el Moro mantienen con las personas del entorno del muerto. Aquí se suceden los primeros momentos para el recuerdo. Para cuando llega la secuencia en la que conversan con el rockero, el filme vuela ya a otro nivel. Dos horas y diez minutos de duración no están al alcance de cualquiera. Estructurada en torno a pocas secuencias relativamente largas, con mucho diálogo y con unas transiciones marca de la casa, mantiene un ritmo sostenido que no pasa factura en el espectador. El crescendo ya no parará: la última media hora es sencillamente magnífica. De nuevo, el clímax gira en torno a la preparación y ejecución de una venganza. 

La sombra de Landa

El guión, coescrito entre Garci y el prometedor director Javier Muñoz (Sicarivs), se sustenta en esos diálogos tan literarios que son el santo y seña del director. Para que no resulten ridículos, es fundamental escucharlos en boca de actores de la máxima solvencia. El reparto está algo descompensado. Carlos Santos solventa la papeleta de incorporar a Germán Areta. Con la sombra de Landa acechando, no es poco decir. El trago de Miguel Ángel Muñoz no era menor. Miguel Rellán es uno de los mejores actores de su generación y debe al “Moro” Cárdenas el despegue de su carrera. Ni todos los prejuicios de Un paso adelante multiplicados por mil servirían para ponerle un pero a su trabajo. Está espléndido y supone la gran revelación de la película.

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El Crack cero
El Crack cero

Los otros dos actores que interpretan personajes heredados también merecen los elogios más encendidos. Pedro Casablanc es un “abuelo” del que José Bódalo estaría orgulloso. Luis Varela es un actor más completo que Manuel Lorenzo, aunque aquí el peluquero amante del boxeo tiene menos recorrido. Patricia Vico, Luisa Gavasa y Cayetana Guillén Cuervo resplandecen en personajes nuevos. Cabe destacar a un Ramón Langa sensacional. Es una pena que su subtrama se quede un poco un suspenso. No puede decirse lo mismo de Macarena Gómez. Estupenda actriz de comedia, aquí no dice una sóla línea de guión en tono. La desconocida María Cantuel, que interpreta a la nueva/vieja novia de Areta, tampoco está afortunada. El personaje no ayuda. Se echa de menos a María Casanova.

El Crack cero está rodada con una extraordinaria elegancia. Nada que no sepamos en José Luis Garci. Es una lástima que no se recree en los escenarios y los ambientes. De nuevo, las limitaciones presupuestarias.

Se encienden las luces y queda la sensación de haber presenciado un experimento. Volver sobre los pasos de una saga mítica, aunque sea en el formato de precuela, siempre es una opción harto arriesgada. Pese a las dudas iniciales, para cuando llega el plano final (¿homenaje a El Padrino II?) ya ha quedado claro que todo ha merecido mucho la pena. Garci, you’re the one. No, más que eso. Garci, you’re the top.


[1] Así lo ha confesado Garci a Carlos Marañón en una entrevista en la revista Cinemanía de octubre de 2019.

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