El jinete pálido: 1918. La epidemia que cambió el mundo. Laura Spinney

Laura Spinney escribió El jinete pálido hace dos años, coincidiendo con el centenario de la pandemia, pero dudo que haya un momento más propicio para leerlo que  ahora. Con título de referencias apocalípticas, prestado de una libro de Katherine Anne Porter,  Spinney explica la epidemia desde una perspectiva universal. Desde Samoa hasta Brasil, desde Sudáfrica hasta Alaska, ningún pueblo sobre la faz de la Tierra se libró de mortífero abrazo de la conocida como ‘gripe española’. Tan solo en Madrid, las dos terceras partes de la población enfermó en tres días. Todavía hoy se desconoce el número total de víctimas de una epidemia que cambió la  sanidad, la política, la demografía e incluso el arte.

La gripe de 1918

El jinete pálido
El jinete pálido

Se desconoce de dónde vino la gripe de 1918. Hay tres teorías sobre su origen que siguen sobre la mesa, pero la imposibilidad de comparar las cepas que la causaron llevan solo a una conclusión  “lo único que podemos decir en 2017 con cierta seguridad es que la gripe española no empezó en España”. La que para la Historia ha quedado como la Gripe Española tuvo otros nombre: “En Senegal era la gripe brasileña y en Brasil la gripe alemana, mientras que los daneses creían que «provenía del sur». Los polacos la denominaron la enfermedad bolchevique. Los persas culparon a los británicos y los japoneses, a sus luchadores: tras declararse en un torneo de sumo, la llamaron la ‘gripe del sumo‘»

En una época en la que el suministro de alimentos dependía íntimamente de la meteorología y las cosechas, con una guerra en Europa que movilizaba hombres por todo el mundo y unas condiciones sanitarias e higiénicas de pesadilla no es difícil imaginar por qué la epidemia se extendió con tal rapidez y con tan trágico resultado. En China, con un indice de pobreza elevado, un amplio rechazo a la medicina extranjera, y poblaciones aisladas, “ninguna familia a la que afectara la enfermedad escapó con una mortalidad inferior al 80 o 90 por ciento, y los que se libraron fueron en su mayoría niños”. Solo en Sudáfrica la gripe de 1918 dejó medio millón de huérfanos. Es fácil imaginar las consecuencia económicas y emocionales de semejante tragedia.

gripe española
El 6 de la población mundial se contagió de gripe

Lo poco que hemos aprendido

Sorprende al leer El jinete pálido lo poco que hemos aprendido del pasado. En especial los gobiernos y las autoridades. Como explica la autora “Los periódicos también acusaron a las autoridades de minimizar la gravedad del brote y de no hacer lo suficiente para proteger a la población. El Correo escribió sobre los políticos nacionales: «Nos han dejado sin ejército, armada, pan ni sanidad […] pero nadie parece renunciar o pedir dimisiones».”

En otro momento, Spinney habla de la importancia de que la población conozca la verdad sobre la epidemia, para que sea consciente del peligro y siga las recomendaciones de aislamiento, que cumplía con dificultad. “El importante periódico italiano Corriere della Sera adoptó una postura original, informando a diario del número de muertos a causa de la gripe, hasta que las autoridades civiles lo obligaron a dejar de hacerlo por considerar que provocaba inquietud entre los ciudadanos.[…] Las autoridades no parecieron entender que el posterior silencio al respecto del periódico generó aún más preocupación. A fin de cuentas, la gente podía ver el éxodo de cadáveres desde sus calles y pueblos. A medida que fue transcurriendo el tiempo, y enfermaron los reporteros, los impresores, los camioneros y los vendedores de periódicos, los medios empezaron a autocensurarse y el incumplimiento de las medidas aumentó aún más. La gente volvió a sus iglesias, buscó distracción en las carreras ilegales y dejó sus mascarillas en casa. En ese momento, las infraestructuras de salud pública (ambulancias, hospitales, enterradores) empezaron a tambalearse y derrumbarse”

Instituto Pasteur

Tampoco entonces las declaraciones de las autoridades públicas estuvieron exentas de polémica. En Paris, “un periodista le preguntó a Émile Roux, nada menos que el director del Instituto Pasteur, si la desinfección era eficaz. La pregunta cogió a Roux por sorpresa, quien respondió: «Completamente inútil. Introduzca a veinte personas en una habitación desinfectada y meta a un paciente de gripe. Si estornuda, si una salpicadura de sus mocos nasales o de su saliva alcanza a las personas que tiene al lado, se contaminarán por mucho que la habitación esté desinfectada»”.

Hubo políticos que lo hicieron bien. Como  Copeland, el entonces alcalde de Nueva York, que eliminó las horas punta escalonando los horarios de apertura de las fábricas, las tiendas y los cines. “Estableció un sistema de intercambio de información en virtud del cual se crearon 150 centros de salud de emergencia en toda la ciudad para coordinar la atención y la notificación de los casos”. Y además, y pese a la polémica, mantuvo abiertas las escuelas.

Según cuenta la autora la mejor oportunidad de sobrevivir era ser absolutamente egoísta. Quedarse en casa, no abrir la puerta, vigilar celosamente las provisiones de alimentos y agua, e ignorar todas las peticiones de ayuda aumentaba las probabilidades de seguir con vida”.  “Si todo el mundo lo hacía, la densidad de individuos susceptibles no tardaba en situarse por debajo del umbral necesario para que la epidemia se mantuviera y se acababa extinguiendo por sí sola. Sin embargo, por lo general, nadie lo hizo”.

Gripe española
Se le llamó española pero el origen de la gripe no fue España

Resiliencia colectiva

A parecer  cuando nos vemos en situaciones de vida o muerte surge la resiliencia colectiva: ya no nos identificamos como individuos, dice Spinney  sino como miembros de un grupo, un grupo que se define porque sus miembros son víctimas de una catástrofe. “ Según esta teoría, ayudar a los demás dentro de dicho grupo sigue siendo una forma de egoísmo, un egoísmo basado en una definición más amplia del yo. […]Pero según la teoría de la resiliencia colectiva, en algún momento la identidad del grupo se rompe y las personas vuelven a identificarse como individuos. Tal vez sea en este punto, una vez que ya ha pasado lo peor y la vida está volviendo a la normalidad, cuando hay más probabilidades de que aflore el verdadero «mal».

La autora hace un exhaustivo repaso a las consecuencias y el comportamiento de la epidemia en todos los pueblos del mundo. En la influencia que pudo tener en la guerra, en sus consecuencias demográficas. En el impacto que tuvo en la creación de una sanidad universal y en la infatigable investigación sobre su origen. Explica también, hasta donde es posible, por qué afectó a unos grupos humanos que a otros. Qué consecuencias tuvo para quienes se encontraban en el útero de una mujer infectada. Por qué en ocasiones los hombre más fuertes y en la plenitud de la vida morían antes que los ancianos.

La culpa del superviviente

“Una de cada tres personas del mundo había enfermado. Una de cada diez de estas, quizá incluso una de cada cinco, había muerto”. La consecuencia fue una especie de culpa del superviviente que tiñó de melancolía a toda una generación. “Los psicólogos tienen un nombre para describir el estado mental de las personas sometidas a un terror aleatorio: indefensión aprendida. Y nos dicen que provoca depresión”. Su impacto en el arte fue parecido al que tuvo en las comunidades yupik de Alaska. “Los ancianos aconsejan a los jóvenes nallunguarluku, “fingir que no sucedió”. Tuvieron que fingir que no sabían muchas cosas. Al fin y al cabo, no solo se trataba de que hubieran muerto sus seres queridos, sino también de que habían visto derrumbarse su mundo»”. Una generación de escritores desde Scott Frizdgerald, hasta Hemingway o Dos Pasos omitieron toda referencia a la gripe  española en sus obras.

Pero lo que espanta realmente es lo poco que han aprendido las autoridades de la experiencia de la llamada, mal llamada gripe española. Primero porque a pesar de las advertencias de la comunidad científica de que una pandemia llegaría, no han tomado las medidas necesarias. Segundo porque no han sido capaces de crear un clima de confianza para que la población respete las normas. “La experiencia ha demostrado que las personas tienen una baja tolerancia a las medidas sanitarias obligatorias y que son más eficaces cuando son voluntarias. […] se debe informar a la población sobre la naturaleza de la enfermedad y el riesgo que conlleva.[…]. Presentar el peor escenario posible es la mejor manera de convencer a la población para que se vacune.”

Conclusión

A caballo entre la historia y la ciencia resulta una obra imprescindible para entender lo que estamos viviendo y conocer lo que nos espera. Como explica la autora: “La memoria es un proceso activo. Se han de repasar los detalles para retenerlos, pero ¿quién quiere repasar los de una pandemia? Una guerra tiene un vencedor (y suyo es el botín, la versión que se transmite a la posteridad), pero una pandemia solo tiene vencidos”.

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