En el otoño de su vida, Carlos V se retiró a Extremadura, a un viejo convento extremeño. El viaje por mar desde Flandes le llevó hasta el viejo puerto de Laredo, en el Cantábrico. Desde allí el Emperador fue transportado en una silla hasta Yuste. La gota aconsejaba evitar el carruaje tirado por caballos. Hoy no hay que ser un emperador para pasar un fin de semana en un escenario conventual extremeño. El otoño en la región es un tiempo suave, con las deshesas blanqueadas por las nieblas al amanecer, llenas de vida y de los sonidos de una fauna que se prepara para el invierno. Las cocinas difunden un aroma de guisos de caza, de frutos secos, de higos y de hongos. Los amaneceres en el campo son bulliciosos; las noches silenciosas.

En la comarca de Zafra, famosa por sus castaños, nos hemos parado en la Hospedería Convento La Parra. Es un viejo convento de clausura del siglo XVII, de una arquitectura sobria pero con detalles, balcones y ventanas y un claustro luminoso, de una cierta gracia. El campanario es chato y pequeño, y hoy está mudo. Si hubo campanas en sus dos arcos, tuvieron que ser de sonido agudo, sin la gravedad de los tañidos del norte, tan solemnes. Por estos pagos la campana suele ser campanilla, campana de monja, casi un tintineo. Sobre el campanario, las cigüeñas. Paredes blancas de una blancura purísima, todo barro y cal. A punto de comenzar la recogida de las castañas, es un rincón silencioso, de quietud extrema, perfecto para el descanso en una comarca de vinos, a cuatro horas de viaje por autovía desde Madrid.

Campanas de Clarisas en el viejo convento.

El convento se sitúa entre los llanos de Tierra de Barros y las sierras de la Dehesa Extremeña. Antiguo cenobio de las Religiosas Clarisas, el edificio es una joya que aún conserva su reducido claustro y la bella fachada en la que se abría la portería, único punto de contacto del exterior mundano y el interior.

Habitación doble de la Hospedería
Habitación doble de la Hospedería
Una de las salas de lectura de la Hospedería

La arquitectura interior del hotel ha conservado la esencia de las antiguas celdas del monasterio que fue. Su decoración mantiene aún el espíritu del convento de clausura, un espacio complejo, por momentos laberíntico, de rincones que invitan a la lectura y en el que sus dueños han tenido el gran acierto de no instalar ni un solo televisor, por lo que los adictos a Sálvame tendrán que encontrar un hueco en algún bar local si quieren su dosis. El hotel apenas tiene una débil cobertura de wifi, así que el viajero tiene que entregarse a placeres de otro tiempo, como leer, pasear, disfrutar de la naturaleza o dejarse mimar por un relajante masaje entre las paredes de este viejo convento extremeño.

Una cocina esencial

Mención aparte merece el comedor, instalado, por seguir con la regla de las Clarisas, en el antiguo refectorio del convento. Ofrece una cocina basada en el producto de la comarca. Una cocina que respeta  la tradición con toques de vanguardia, regada con vinos de la Ribera del Guadiana. La cocina extremeña de esta zona tiene una tradición rústica, que algunos cocineros han sabido transformar con creatividad, sin perder el sabor y la esencia. Hay en los platos un punto de vanguardia que no disfraza el origen. La carta es corta y esencial: unos huevos camperos y un queso de cabra nos recuerdan que Extremadura es una región de una cocina sincera y primordial. Conviene huir del pescado, porque la tierra adentro y el secano sientan mal a la lubina, tan aristocrática.

La castaña, producto de la zona de la Zafra

El hotel está situado en plena naturaleza y en la zona de Tierra de Barros de Extremadura. Todo lo que tiene alrededor, tierras abiertas, pueblos blancos y chatos, y bodegas de la Ribera, forman una comarca en la que pasar un buen fin de semana de otoño. Vayan con una cesta para las castañas y un buen novelón, por ejemplo Un caballero en Moscú, para leer junto fuego mientras los frutos revientan de calor, asados al fuego de la chimenea de este viejo convento extremeño.

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