Han vuelto los franceses por la puerta de Alcalá a un Madrid que abre con horario Ayuso. Un Madrid más alegre que Paris, y eso ya es un triunfo. Todo caudillo que gobierne en España denuncia alguna vez una invasión de franceses, una horda de gabachos con sus bárbaras costumbres. Pepe Botella y Brigitte Bardot, Manuel Valls y Giorgie Dann. Bajan los galos por la Gran Vía, porque en Paris no se puede beber,  mientras el generalísimo de las vacunas reparte dosis y pegatinas del gobierno de España.

Sánchez el salvador, que administra vacunas como el general construía pantanos. Sánchez el césar visionario que ha proclamado por tres veces la muerte del Covid sin que muriera, ha dejado la campaña de vacunación para animar la campaña de Gabilondo el soso, que luce en los carteles su cabeza de morcón con lentes y mirada miope. Gabilondo ha rescatado el nacionalismo contra el francés, al que llama horda, con la esperanza de derrotar  al independentismo de Ayuso, que es una secesión sin necesidad de  tocar la constitución.

El procés de Ayuso se hace contra Sánchez y los chavistas, el procés de Ayuso es el Sánchez nos roba con la Plus ultra, con las mascarillas, con los bares cerrados, y con el aturdido Simón, que ahora confiesa que nos confinaron porque no sabían qué hacer con nosotros. Ayuso ha puesto las urnas del procés sin necesidad de romperle los tricornios a la Guardia civil. El de Ayuso es un procés sin Pilar Rahola, o sea un proces tranquilo, sin aspavientos.

La izquierda, que siempre presumió de ilustrada, ahora brama confusa contra el francés, que ya no entra por los Pirineos, llega por Barajas en vuelo charter con el permiso de Sánchez. Iglesias, que siempre fue afrancesado de la rama de Robespierre, muy partidario de la guillotina, ha vuelto a Vallecas por unos minutos, con chófer y servicio, vestido de farlopero como si fuera a sacar dinero de un cajero del Santander. El viaje de Pablo Manuel fue corto. No venía de Galapagar sino del barrio de Salamanca. Ha cambiado el jardín por los alcorques de la milla de oro. Antes salía de casa y tenía unos patriotas merendando calamares y sandía y montando el pollo. Ahora lo primero que ve en la calle es el escaparate de Dior.  

Pablo Manuel ha vuelto al barrio pero en la avenida de la Albufera ya no le quieren. Una cosa es que envidien su casa, su fortuna y la variedad de su gineceo, y otra que le voten. El vallecano es tan patriota como el alcalde de Móstoles, y si no le gusta lo francés del invasor prefiere votar a Abascal, que pasea en el imaginario popular subido a uno de esos caballos a los que maltrataba la Eta de Madariaga. La secesión de Madrid es una secesión que tiene un punto picante y cañí, un gusto como de patatas bravas, tan vallecanas, porque consiste también en enseñarle a Puigdemont cómo se hacen estas cosas.

ayuso

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