Greyzone es una serie que se desarrolla entre Dinamarca y Suecia. Victoria es una joven ingeniero que programa drones para una marca sueca, SparrowSat. Los daneses y los suecos pasan por ser individuos de sociedades donde priman los valores del pacifismo, el ecologismo, el feminismo y otras tendencias asimiladas. Pero en las últimas décadas, con la participación de sus ejércitos en misiones internacionales, esa idea se ha ido quebrando. Y las contradicciones que se tensaron con ese giro son las que sostienen una serie como Greyzone. SparrowSat quiere hacer drones para riego y entregarlos a la FAO para que puedan cuidar los cultivos de países pobres que no tienen grandes recursos. Pero la dirección de la empresa recibe una oferta de compra de un grupo que hace sus negocios con la venta de armas.

Armas o regadíos

Es decir, los drones que iban a ser para regar plantaciones en Asia o en África, se van a emplear para fines militares. El dinero manda. Y Victoria empieza a celebrar su nueva vida con un entusiasmo que bautiza con alcohol y una noche de farra. No se asusten. No voy a desvelar los caminos por los que va a transitar la serie. Simplemente quiero exponer algunos dilemas morales que aborda, con acierto, con eficacia, y con algún que otro tropezón, sobre todo al final.

El triángulo en el que se mueve la trama se plantea enseguida. En uno de los vértices está Victoria con su hijo Oskar. Victoria está divorciada y vive con su hijo. Su mundo está compuesto por la amistad con una compañera de trabajo y su pequeña familia. En el lado de ley, una policía veterana. Y en el ángulo del mal, Iyad, un antiguo compañero de universidad de Victoria, reconvertido en periodista, que busca una entrevista con la creadora de una nueva generación de drones.

Dilemas morales

La serie tiene una de esas tramas que atrapa al espectador desde el primero al último capítulo. En los primeros compases aparece el arma que los terroristas van a utilizar: una cabeza explosiva de un misil aire-tierra. Y la complicidad forzada de una Victoria a la que secuestran en su propio domicilio. El desarrollo de los once capítulos es eficaz y plantea dilemas morales muy interesantes, porque los protagonistas se mueven, todos, en la zona gris de los problemas. No solo eso. Victoria se verá atrapada en una lucha de poder.

Por un lado los terroristas, con sus planes criminales, la necesitan para convertir el dron en un arma. Por el otro el estado y sus servicios secretos y de seguridad. Victoria es una víctima. Pero para la seguridad, es algo más. El individuo se convierte en una oportunidad. Y no dudarán en utilizarla. El duelo se mueve en una zona de grises que te hace plantearte en todo momento si es legítimo poner en riesgo algunas vidas con el pretexto de salvar algunas más. De la serie destaca Birgitte Hjort Sørensen, una actriz a la que vimos en Borgen y que en Greyzone alcanza su madurez dramática.

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