El siglo XX nos dejó al menos dos grandes escritores peruanos: Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro. Sus trayectorias divergen. Su genio va paralelo. Vargas Llosa siempre está ahí, Ribeyro regresa con fuerza.

Sus personajes, los de Ribeyro, están entre el sueño y la derrota, habitan en las ilusiones absurdas, cosechan los más amargos desengaños, y viven siempre perseguidos por la tentación del fracaso, esa expresión que sirvió a Ribeyro para construir uno de los grandes monumentos de la literatura diarística. Este 2019 se cumplen veinticinco años de la muerte de un autor que es fundamental en las letras del Perú del pasado siglo, el flaco Ribeyro.

Julio Ramón Ribeyro

Tengo el recuerdo nítido del cuento titulado «El banquete». Fernando Pasamanos es su figura central. Se trata de un viejo terrateniente venido a menos, que sueña sin descanso con recuperar su poder, con volver a tener influencia social. Organiza un banquete con sus últimos recursos, invita al presidente de la nación, que acepta. La fortuna sonríe de nuevo a Pasamanos, el viento sopla a su favor. Pero cuando cree haber alcanzado la perdida gloria, un golpe de estado, perpetrado por un ministro de la estrecha confianza del presidente, derrumbará como si se tratara de un castillo de naipes, todas las vanas ilusiones de Fernando. Humor negro, ironía del destino, fatalidad. Rybeiro solía saludar a sus nuevos conocidos con una expresión prestada de otro escritor: «soy peruano del Perú, perdonen la tristeza».

Transplantado a Europa, Ribeyro vive en París, donde experimenta la extrañeza del exilio y el desarraigo, que alimenta esos cuentos agrupados con el título de Los cautivos. Escéptico hasta la médula, sus cuentos desmitifican el dorado francés, el mito de la Ciudad Luz. A sus personajes les aguarda siempre un destino fatal, quizá no profundamente trágico, porque sus desgracias van siempre acompañadas de un tono cómico, amargo y desabrido. No importa cuál sea su ambición, siempre termina en la derrota. Un poco como la vida de Ribeyro: «nos jactamos de aventuras que una computadora reduciría a diez o doce situaciones ordinarias. ¿La vida sería entonces contra todo lo dicho, a causa de su monotonía, demasiado larga? ¿Qué importancia tiene entonces vivir uno o cien años? Como el recién nacido, nada vamos a dejar. Como el centenario, nada nos llevaremos, ni la ropa sucia ni el tesoro. Algunos dejarán una obra, es verdad. Será lindamente editada. Luego curiosidad de algún coleccionista. Más tarde, la cita de un erudito. Al final, algo menos que un nombre: una ignorancia».

En los márgenes del boom latinoamericano

Se quedó fuera del boom. Al menos nadie le incluyó en aquella ola. Su neorrealismo le dejaba fuera. Su ser, siempre al margen de corrientes, le marginaba. Quizá hoy, con la perspectiva del tiempo, esa soledad le hace más grande. Era extraño en todo. Cuando los demás escribían novelas, largas novelas, él pensaba y sentía en cuentos. Mientras los demás trabajaban la estructura y la técnica narrativa, Ribeyro pensaba que ese no debe ser el criterio mayor para juzgar una obra literaria, porque «nada envejece tan rápido como los procedimientos».

Para leer a Ribeyro

Si quieren entrar en Ribeyro, y habitar su mundo, una les recomienda empezar por sus cuentos. Los Cuentos completos están editados por Alfaguara, aunque se pueden encontrar ediciones más manejables en los transportes públicos como la selección de Cuentos que publicó Cátedra en Letras hispánicas. Una les recomienda además la lectura de La tentación del fracaso y de Prosas apátridas, dos obras maestras de la literatura de diarios y expresión de la naturaleza de Julio Ramón: «lo inaplazable, lo primordial es la línea, la frase que uno escribe, que se convierte así en el depositario de nuestro ser, en la medida en que implica el sacrificio de nuestro ser. Admiro pues a los artistas que crean en el sentido de su vida y no contra su vida, los longevos, verdaderos y jubilosos, que se alimentan de su propia creación y no hacen de ella, como yo, lo que se resta a lo que nos está tolerado a vivir».

Ribeyro fue siempre un autor de minorías. Lejos de la luz rutilante de los superventas, de García Márquez, de Vargas Llosa, su literatura perdura con una robusta salud, mucho más fuerte de la debilidad física que le acompañó toda la vida, fiel siempre a la escritura, con la misma tozuda persistencia que su pasión por el tabaco y el Burdeos.

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