El texto que sigue es la última entrevista de Rachel Muyal, concedida para formar parte del libro Cuéntame algo bueno. Conversaciones con mujeres, de Alfredo Urdaci. A pesar de la distancia Rachel tenía un gran interés en formar parte de esta obra. «Yo quiero estar en ese libro», nos dijo en Tánger, en agosto del pasado año. Con su muerte desaparece todo un mundo, que ella evoca en sus respuestas.

Era una tarde de verano, en Tánger, a la caída del sol. La avenida Pasteur es una arteria ruidosa, una algarabía de voces, de terrazas de bar atestadas de hombres que ya no miran la calle, ya no miran el periódico: ahora ven la pantalla de un móvil. El Tánger judío, el Tánger árabe, el Tánger español. Hay un punto en la ciudad donde se cruzan: la Librairie  des colonnes. Fue un encuentro casual. Entramos a comprar libros, a recordar a Mohammed Choukri, a Goytisolo, a Bowles. Compramos uno con la vida de una mujer que había regentado la Librairie durante 30 años. Al pagar, en la caja, una mujer menuda y vivaz, tocada con un pañuelo, nos abordó: “esa soy yo”. Y ahí comienza esta conversación.

¿Y quién es Rachel Muyal?

Nací en Tánger el 16 de febrero de 1933. Alguien me dijo un día que fue el año en que llegó Hitler al poder. En mi casa, sin embargo, me recibieron con mucha alegría pues, como ya había tres varones en la familia, había sido muy esperada. Entre mi tercer hermano Benjamín y yo había 8 años de diferencia, por lo que nadie dudará de que fui muy bien recibida. Me contaron que para  mis fadas se organizó una gran fiesta. Los antepasados de mi padre, que era judío, se habían instalado en Taza, una región del noreste de Marruecos. En un momento dado, los descendientes emprendieron el camino hacia Fez y luego en 1895 llegaron a Tánger. La familia de mi madre, también judía, salió de España probablemente en la época de la expulsión de los judíos de finales de siglo XV. Mi madre murió cuando yo tenía solamente dos años, por lo que no me quedó ningún recuerdo de ella. En uno de mis viajes a Israel una prima me dio una foto bellísima de mi madre y todas las personas a las que se la enseño me dicen que me parezco un poco a ella, pero siempre había un pero. A mi padre lo vi cuatro o cinco veces en mi vida y nunca pude llamarle papá. En consecuencia debo decir que mis verdaderos padres fueron Tito Samuel y Tita Messady, hermana de mi padre, y como mis tíos no tenían hijos fueron ellos los que se encargaron de educarnos a todos los hermanos.

rachel muyal
Rachel Muyal en la puerta de la Librairie des colonnes. Agosto 2019

Una familia judía, ¿qué tipo de educación le dieron?

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Mis tíos trataron de educarme según su sistema de valores y me acuerdo de que insistían en que para ellos lo más detestable era la mentira. Me decían que se me pondrían los dientes negros si mentía y yo, que sabía que de vez en cuando podía haber dicho alguna mentirijilla, estaba todo el tiempo mirándome al espejo para verme los dientes. Estoy segura, sin embargo, de que en las cosas serias e importantes de la vida nunca fui desleal o mentirosa. Seguía estrictamente los principios de nuestra religión y cuando iba a casa de amigos no judíos mi tía me hacía señales para que no probara los dulces que nos ofrecían. Los sábados después de almorzar mi tío nos sentaba a todos a la mesa y nos hacía comentarios sobre la Ley y, a pesar de mi corta edad, yo trataba de aportar mi granito de arena en la conversación, lo que a veces provocaba grandes carcajadas o besos cariñosos de los mayores. En ocasiones también me encontraba en medio en alguna discusión sobre términos de la Ley. Entonces mi tío se levantaba, iba a la biblioteca, sacaba un libro y nos enseñaba la respuesta de lo que se estaba tratando. Esta es una forma de proceder que yo le he copiado a mi tío, ya que, cuando hay una disputa y alguien duda de lo que digo, recurro a un libro o a veces a fotos intentando probar que llevo razón. He de confesar que no siempre estoy acertada.

El Tánger internacional

¿Y qué recuerdo tiene de ese primer Tánger de su vida?

Tánger era y es una ciudad preciosa. Nos habíamos mudado a una casa que tenía terrazas y balcones y un pequeño jardincito. En este barrio había mu- chas niñas y siempre estábamos jugando. Es curioso pero todos las personas que conocí en esta calle siguen hasta ahora siendo amigos míos, aunque a veces estén viviendo en otros países.

¿Qué lugar ocupaba la mujer en ese ambiente?

A la mujer se le reservaba un papel relevante y propio de puertas para adentro. En mi casa, por ejemplo, en asuntos de familia mandaba mi tía Messady, pero en lo que concernía a finanzas y gastos extraordinarios el mando le correspondía a mi tío Samuel.

La Librarie des colonnes
La Librarie des colonnes. Interior

¿Imaginaba su destino, tenía sueños sobre el futuro?

No creo que en mi vida fuera temerosa. Tenía muchas fantasías y preten- siones pero nunca me sentí frustrada porque no tuve sueños recurrentes. En un tiempo quería ser maestra para después pasar a pretender ser oficial de marina, parecerme a Shirley Temple o a Loreta Young. Imaginación no me faltaba.

Tengo curiosidad por la convivencia con árabes musulmanes y con católicos.

Tánger, además de ser internacional, era una ciudad preciosa con una playa linda de arena fina y casi sedosa. Había un ambiente de libertad y de fiesta permanente. Nosotros celebrábamos todo por partida doble o triple: Nochebuena y Año Nuevo con los cristianos, Aid el kebir (la fiesta del cordero) y Roch Hashsaná con los judíos. En la fiesta de Purim los dulces circulaban de casa en casa y casi siempre iban acompañados de algún juguete o un regalo más personal. Luego, en invierno, casi siempre unos días antes de Año Nuevo se celebraba la Hanuká, en la que se hacía iluminar un candelabro cerca de una ventana. A la fiesta de Pessah, con la que se celebraba la salida de Egipto, aquí la llamaban la fiesta de las tortas. No tengo ningún recuerdo especial salvo los desfiles que pasaban por delante de mi casa con los que se gritaban alabanzas al rey y al partido de la independencia, él Istiqlal. Tampoco tengo ningún recuerdo de cambios o dificultades en la convivencia. Yo seguí teniendo los mismos amigos de siempre, tanto musulmanes como judíos o cristianos. Como fue la época en la que trabajé para la RCA Global Communication el carácter internacional de esta empresa me abrió nuevas perspectivas.

La Avenida Pasteur desde la Librairie des colonnes
La Avenida Pasteur desde la Librairie des colonnes

¿Cómo llegó a la Librairie des colonnes?

Mi llegada a la librería fue un poco por casualidad o más bien por la confluencia de un conjunto de casualidades que me abrieron las puertas. Un día acudí a la librería para comprar un libro de bolsillo para leerlo en la playa y me encontré en ella rodeada de decenas de cajas de cartón que estaban tratando de organizar. Entonces le oí a Ivonne Gerofi la siguiente exclamación:vous tombez bien”. Con ello quiso decirme que tenía que ayudar a desempaquetar todos esos libros que habían llegado. Entonces me quedé con ellas, por supuesto, y me pareció que aquello era la cueva de Alí Babá. Seguí colaborando hasta la hora del cierre y volví los días siguientes. Un día Isabelle Gerofi me dijo que habia reservado billetes de avion y hotel en Casablanca para que fueramos a Casablanca a ver a Madame Baquet, la hija de la dueña de ambas librerías Farraire y Colonnes, para ver cómo se iban a arreglar las cosas de mi empleo en la companía. Así que todo fue bien por fruto de varias casualidades. La primera casualidad fue que yo había conocido a una hija de Madame Baquet dos días antes. La segunda casualidad es que conocía al representante en Marruecos de Renold Chains Ltd. La tercera circunstancia casual fue que yo había trabajado como secretaria bilingüe para el señor que dirigía las ventas de esa empresa para todo el continente africano. A partir de ese momento todo fue sobre ruedas y se firmaron todos los papeles para que yo reemplazara a estas dos extraordinarias mujeres que eran las señoras Gerofi.

Golpes de fortuna.

Otro momento de suerte en mi vida fue el encuentro con el señor Eugène Roesch, experto contable muy respetable y respetado que me introdujo en las técnicas de la contabilidad. Gracias a él y a su esposa pude llegar a gestionar con habilidad la librería porque ellos me ayudaron y me protegieron en diversas ocasiones. Ellos ya estaban a punto de jubilarse pero antes de dejar su trabajo pudieron hacer de mí una pequeña entusiasta de la cultura. También le debo mucho a Bernard Wallet, que supo darme siempre buenos consejos.

Y usted tiene que darle vida a la librería.

En los años 80 empecé a organizar encuentros con escritores que tuvieron un enorme éxito, lo que hizo que finalmente fueran los propios escritores los que empezaron a solicitarme, sea directamente o por mediación de sus sellos editoriales, venir a Tánger.

Rachel Muyal y Paul Bowles

¿Qué recuerdo tiene de Paul Bowles?

La primera vez que encontré a Paul Bowles fue en una cena que se realizaba en la casa de Édouard Roditi, un autor americano, poeta, ensayista y crítico de arte que hablaba seis o siete lenguas. Paul estaba sentado enfrente de mí. Conversamos un poco. Yo ya había leído sus libros, pero nunca habíamos hablado. De todas maneras, no le gustaba que habláramos de su obra.

¿Qué impresión le causó?

Me pareció cordial, pero sin más. Siempre es un momento especial encontrarse  sentado frente  a un gran escritor, pero mi recuerdo de esa cena no   se limita a ese encuentro. También allí conocí a Fernand Lumbroso, un hombre de teatro, y a Gavin Lambert, escritor y guionista inglés que trabajaba en Hollywood. Y esa noche conocí verdaderamente a Chukri. Todo este conjunto aportó una nota alegre e inteligente en una velada cosmopolita donde las len- guas se cruzaban, el francés, el inglés, el español…Luego lo encontré en muchas más ocasiones y lo encontré más caluroso, un hombre cortés que recurría a la ironía. No siempre era fácil hablar con él, lo mismo podía agradar que marcar una distancia, pero tenía un aura que fascinaba. Cuando la película de Bertolucci asentó definitivamente su celebridad, me venían a ver a la librería y me pedían el número de Paul Bowles. Invariablemente les respondía que Paul no tenía teléfono. Entonces, yo les decía: Déjeme su nombre y la razón por la que quiere encontrar a Paul Bowles. Escribía todo eso en un papel que le hacía llegar a Paul. Un poco más tarde, en este mismo papel, estaba escrita la respuesta. Por ejemplo: “Yo estoy listo para recibir a las 5 horas de esta tarde”. Era una escena que se podía repetir muchas veces en un mismo día. Me llegó a suceder que me gratificaron por este papel de intermediaria con un pequeño regalo. Un día, un visitante, de regreso de su encuentro, volvió a la librería ¡y me ofreció una caja de chocolates! Todo llega… Fue el único que me agradeció de esa manera.

¿Y qué recuerdos tiene de su mujer, Jane?

Yo la frecuentaba poco, venía a la librería en el tiempo de las Gerofi y era muy amiga con Yvonne. Era una mujer pequeña, frágil, pero desde su juventud ya había un malestar en ella. Era divertida, asombrosa y podía parecer irritante  a los ojos de los que no la llevaban en su corazón. Escribía, pero la mayor parte del tiempo destruía lo que escribía. Cuando sufrió un accidente cerebral se sumergió irremediablemente en la enfermedad y arrastró a Paul en insondables inquietudes.

Hábleme de cómo conoció a Ángel Vázquez, el autor de La vida perra de Juanita Narboni.

Entre 1941 y 1952 vivimos en una casa en lo que se llamaba paseo Cenarro. En el piso que estaba a la derecha del nuestro vivía una señora que nosotros llamábamos Rica la de los gatos y al fondo, en un primer piso, la familia de Mariquita la sombrerera que tenía un hijo llamado Antoñito, el futuro escritor Ángel Vázquez. Antoñito organizada juegos o teatrillos en los que luego cantábamos y bailamos los demás niños. En ese tiempo yo tenía entre 6 y 9 años y no tenía que pagar por asistir a los montajes de Antoñito. La única espectadora que pagaba era mi tía. Más tarde fuimos creciendo y en los años 50 nos mudamos a la casa donde todavía vivo en el Boulevard Pasteur 47. Mi tío siguió siendo propietario de un ala del anterior caserón donde vivió Antoñito, que se había quedado hué fano. Su abuela y su padre murieron y Antoñito ocupó durante bastantes años una pequeña garçonnière. Por  cierto, no pagó la renta hasta que mi tío se enteró  de que había ganado un premio Planeta de 200.000 pesetas. Entonces mi tía le protegía siempre alegando que era un pobre huerfanito que no tenía recursos y mi tío no insistía en el cobro del alquiler. Cuando se enteraron de la concesión del premio Planeta mi tía se ofreció para ir a hablarle y arreglar el asunto. Sin embargo, cuando murieron mis tíos me encontré entre los papeles que habían dejado un cheque de Antoñito devuelto porque no tenía fondos. Yo no creo que la Juanita Narboni de la novela fuera Tánger; lo que sí creo es que en Tánger había y hay todavía muchas Juanitas Narboni. Una parte de la película de Farida Bel- yazid fue filmada en mi casa. Por eso mis familiares, que viven en el extranjero, van a verla siempre para recordar mi casa y la vida de Tánger.

Bowles es el autor que internacionalmente más se vincula a Tánger pero para usted, el número uno es Chukri.

Sí, reconozco que Paul ocupó durante mucho tiempo un primer lugar. Tenía una inteligencia, una fineza de espíritu y los talentos de un gran escritor pero, mire usted, en el Tánger literario es Chukri quien me marcó más y, sin duda, fue su desaparición la que más lamenté.

¿ Cómo le conoció?

Era una noche de verano. Yo estaba en la terraza del restaurante Le Parade, acompañada por unos primos jóvenes que habían venido a Tánger a pasar unas vacaciones. La atmósfera era deliciosa. Estábamos rodeados de plantas olorosas, nos bañábamos en un encantamiento de olores y colores. Fue en ese momento que un hombre joven vino a ofrecernos rosas. Educadamente rechazamos su oferta. Frente a nuestro rechazo, ¿insistió?, ¿se ofuscó? No, para nada. ¡Comenzó a deshojar las rosas tragándose los pétalos! Quedamos estupefactos. Este gesto inaudito me pareció de una poesía extraordinaria. Y, francamente, ¡qué audacia! Pronto me enteré de que aquel chico era el autor de For bread alone  ( El pan desnudo en español). Leí For bread alone en una noche. Me provocó una fuerte impresión. No imaginaba que tal miseria pudiera existir en Tánger. El primer encuentro de verdad que tuve con él fue en casa de Édouard Roditi. Fue allí que conocí verdaderamente a Chukri. Habíamos hablado en español, como lo haríamos siempre a partir de entonces. Le dije todo lo bueno que pensaba de su libro y la emoción fuerte que me había causado. Su autor también me causó una buena impresión esa tarde. Estábamos, sin saberlo, en el principio de una larga relación de simpatía. No hablamos de rosas. Me gustaba recorrer los bares y los restaurantes con Chukri; era muy simpático. Tenía mucho humor y muchas cosas para contar. A veces nos acompañaban periodistas españoles que deseaban encontrarlo. A Chukri le gustaba mucho hablar de Tánger. Era su ciudad,   la amaba y la conocía mejor que nadie. Yo era como él en cierta época, sobre todo en los tiempos de la librería, no me alejaba nunca más de cuatro o cinco días de Tánger. Tenía mis responsabilidades, pero no solamente… Chukri y yo teníamos la ciudad en la sangre, la amábamos más que cualquier otro lugar en  el mundo

Rachel Muyal es una judía sefardí en Tánger, ¿cómo ve las relaciones entre España y Marruecos?

De política no me entero ni me quiero enterar. Lo que siempre he dicho es que tenemos a España enfrente y que cuando hay buena visibilidad casi puedes tocarla con las manos y eso creo que crea una amistad inevitable. Además, por mi origen sefardita las primeras nanas que me cantaron de niña fueron en haketía (lengua vernácula judeoespañola del norte de Marruecos) y alguna que otra se me quedó en la cabeza para siempre.

Veo a Tánger muy cambiada, casi europea.

Tánger está mejor que nunca estuvo, y siempre me felicito de haber decidido quedarme.

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