Vida salvaje. Juan Ramón Santos. Premio Valencia. Poesía Hiperión.

Vida salvaje es, como dice su autor en el capítulo de agradecimientos, un libro «lleno de recuerdos, pérdidas y seres queridos». También de campo, de vida silvestre, de Portugal, y de esa ampliarse de las fronteras de la vida, que pasan de lo pequeño a lo vasto, y nos fuerzan a un aprendizaje, como se titula uno de los capítulos de este poemario, en el que se celebra la vida como «un fecundo solar en construcción».

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Y en el recuerdo de la Vida salvaje pone Santos primero la Alborada, ese momento del día en el que «todo es posible, en que todo parece por hacer, en que la claridad es un regalo de este misterio que es la vida». También el sentido primordial, el mensaje que encierran las cosas, como en Inventario, ese olivo plantado, estéril los primeros años, barrido por un arado en un descuido hasta que «cuando ya nada esperábamos, con la muda humildad de las parábolas, nos sorprendió colmado de aceitunas jugosas y con un intenso aroma que no dejó de dar año tras año sin reprocharnos nuestra poca fe, dándonos con su ejemplo pertinaz, oculto entre los árboles del huerto, la más sabia lección de resistencia».

Vida salvaje es la de Forastero, ese «muchacho algo zoquete de ciudad que se sentía libre bajo el cielo desnudo de estos campos de labor incluso sin haber salido nunca de los estrechos bordes del camino». El olor a hierba segada, le trae en El tesoro de la isla, el recuerdo de un verano de voraz lectura, «aquel deslumbramiento, el arrebato de aquel verano penetrando a tientas en las primeras páginas de un mundo». Primer aguijón es el recuerdo de la abuela, del regazo protector en el que se refugia el niño mordido por la avispa, el momento en que se encuentran «dos memorias: una que aún caminaba sobre andamios y otra que, sin saberlo, comenzaba a sentir bajo el peso de sus pies el fragor de la casa que se hunde».

La luz, el campo y sus transformaciones, el dominio de lo agreste, forman parte de este recuerdo, avivado por la impresión de «que todo estaba a punto de cambiar, que andaba ya apurando entre la lluvia el último verano de mi infancia y que tan triste e irreversible pérdida se merecía al menos un recuerdo«.

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Juan Ramón Santos

En El emboscado, los haikus destilan las cuatro estaciones. De primavera es «en la intemperie creces a veces libre, a veces preso». De verano «el mirlo canta, desde lo alto, fúnebre, su nunca más». En el otoño «El desamparo es del zorro envidiar la madriguera». En el invierno «Solo un alivio: ninguna bala mata a un hombre muerto».

Cierra el libro el capítulo Aprendizaje, donde el poeta se encuentra con la muerte y sus trampas, el capricho fúnebre de saltarse el orden cronológico de las generaciones: «improvisando saltos de caballo, reventado barreras del parchís o contando cuarenta de una vez en lugar de avanzar de oca en oca sin admitir protestas y negando haber hecho trampa alguna».

Aquí están las ausencias, las pérdidas, la memoria de lo que fue: «Hoy uno lleva demasiadas pérdidas a cuestas como para, aún, creer en una muerte reversible, pero admito tener saudade a veces no ya de la inocencia -que también- de esos años de mansa rebeldía sino de aquella libertad sin límites que un tiempo llegó a ser ensueño infame, de, escapando del cielo y del infierno, vadear de ida y vuelta el Mississippi». Ausencias llenas de luz, «días lejanos de una inmensa dicha cuyo brillo aún alumbra tu presente, que son todo un regalos de los cielos».

VENDEDORES DE PAN

Abrían la furgoneta
y un olor primordial, a trigo antiguo,
se deslizaba fuera, hacia la escarcha,
lamía los terrones reventados,
colmaba de promesas el estómago,
caldeaba los dedos, que, ateridos,
se aferraban al precio de una hogaza,
y le otorgaba al mundo unos instantes
la cálida apariencia de un hogar.

El autor

De Juan Ramón Santos sabemos que es nacido en Plasencia en 1975, y que es autor de los libros Cortometrajes y Cuaderno escolar, con los quedó finalista del Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España en sus ediciones de 2005 y 2009. Ha publicado además  El círculo de Viena, Palabras menores y Perder el tiempo, también de cuentos. Es autor de novelas:  Biblia apócrifa de Aracia, El tesoro de la Isla, El verano del Endocrino –con la que, bajo el título Fuera de órbita, quedó finalista del Premio Nadal en 2018– y La muerte del Pinflói, así como El síndrome de Diógenes, Premio Felipe Trigo en la modalidad de narración corta en 2019, y dos libros de poemas, Cicerone y Aire de familia. En 2021 ganó el XXIX Premio Edebé de Literatura Infantil con el libro El Club de las Cuatro Emes. Ha traducido del portugués las novelas Lo invisible, de Rui Lage, y Las primeras cosas, de Bruno Vieira Amaral, y la obra de teatro El testimonio de Alabad, de Nuno Pino Custódio

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