El director Ari Aster tarda solo 13 meses en montar su nueva película, Midsommar, un ejercicio macabro vivido por un grupo de universitarios en una remota comunidad sueca. Su ópera prima fue Hereditary en 2018, que fue muy alabada por la crítica.

Para su nuevo trabajo, opta por un universo de sol casi permanente en la campiña de una lejana localidad de Suecia.

El elenco protagonista está coronado por la joven Dani (Florence Pugh), y por Christian (Jack Reynor). Pero también son indispensables Will Poulter, como Mark, William Jackson Halper (Josh) e Isabelle Gril, como la joven Maja, entre otros. Pelle es Vilhelm Blomgren.

Jóvenes en un mundo muy antiguo

Me ha llamado la atención  el choque de civilizaciones que vivimos en Midsommar: unos universitarios muy jóvenes de Nueva York invitados por su amigo Pelle, sueco, a visitar un festival de su familia que sólo se celebra cada 90 años. La verdad es que el joven de melena y barba rubios, cumple muy bien con su “brillante” plan de llevar a sus amigos a conocer a su “familia”.

Nos encontramos con una inclusión de unos millennials en una comunidad que parece hippy y es como una secta, caracterizada por sus ritos y sus costumbres ancestrales.

La crisis de pareja como uno de los motivos del viaje a ‘Midsommar’

La pareja protagonista Dani (Florence Pugh) y Christian (Jack Reynor) atraviesa una crisis por la dependencia excesiva de ella y la influencia que en él tienen sus amigos, que cuestionan constantemente la conveniencia de su relación.

Dani y Christian

Dani ha sufrido una desgracia familiar y eso la deja sola ante el mundo, salvo Christian, que parece más preocupado por su pandilla de amigos y por su tesis sobre el solsticio de verano, interés que también comparte su amigo Josh.

Jóvenes demasiado confiados y demasiado a la deriva

Midsommar no es una película de terror al uso, sino que el terror aparece de forma sugerente, poco a poco, hasta convertirlo todo en una pesadilla, en la que a veces no sabes si todo es real o un sueño de alguno de los personajes.

Midsommar causa en el espectador extrañeza; por una parte miedo, por otra, en ocasiones, risas. Y en general, la necesidad de gritarles a los turistas americanos jóvenes que se han metido en ese lío, alejándose de la civilización demasiado camino, que se vayan de ahí, que no se dejen engañar por las sonrisas amables de la comunidad. Pero ellos no hacen caso, están demasiado cegados por sus ansias de aprender y demasiado enfrascados en salvar una relación insalvable.

Midsommar. Foto: Empire

La amenaza aparece por lo que sabes que va a pasar, no hay sustos, no es una historia plagada de sustos, sino al contrario, te estás anticipando a lo que pasará, tú, el resto de espectadores, todos, menos los protagonistas.

La confrontación de dos mundos

Se trata de dos mundos muy diferentes, el mundo moderno, que representan los turistas, y el mundo más viejo, esa comunidad en la que predominan las mujeres, en la que se crean sus propios líderes, se determina la composición de las parejas y en donde parece que la vida acaba a los 72 años.

El único nexo de unión que aparentemente existe son las drogas, las hierbas que fuman y las pastillas o brebajes que toman a lo largo de la estancia allí.

De hecho, es como un viaje alucinante, un delirio tan fuerte como lo que se fuman nada más llegar. ¿Has estado durmiendo durante horas, perdida en el bosque? ¿te han censurado por orinar en un árbol? No estoy seguro, nada de eso parece real.

Lo que creemos saber y no sabemos

En resumen, Midsommar es buen cine de terror sobre todo porque crea visiones nuevas, fantásticas, situaciones extrañas y se sale de lo lógico. A veces el miedo no está en lo desconocido, sino en lo que crees conocer y no conoces en absoluto.

Midsommar. Imagen: rtve

No es preciso ir de sobresalto en sobresalto para pasar miedo y seguramente tampoco es necesario pasar todo el miedo cuando ves la película. Probablemente el poso que te queda y el recuerdo, las preguntas que quizá te hagas, es lo que pueden dejarte el cuerpo revuelto y la mente confusa.

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