Oh, maligna. Jorge Edwards. Acantilado.

Sumergido desde hace unos años en un ejercicio de memoria reflexiva y minuciosa, Edwards aborda en esta obra un episodio amoroso de Pablo Neruda que según el escritor, premio Cervantes, marcó su vida: la pasión de la birmana Josie Bliss, cielo e infierno en su primer viaje como diplomático, en Rangún. Tenía veinte años. Fue su primera fuga. Hubo otras en su vida, mucho más escandalosas.

En Residencia en la tierra, que Neruda comenzó a escribir en su primera misión diplomática, en la remota Rangún, hay un poema titulado Tango del viudo. En Confieso que he vivido, el poeta narra sus amores con Josie Bliss, una asiática melosa y densa, una mujer pasional, capaz de un resentimiento negro: “La dulce Josie Bliss fue reconcentrándose y apasionándose hasta enfermar de celos. De no ser por eso, tal vez yo hubiera continuado indefinidamente junto a ella. Sentía ternura hacia sus pies desnudos, hacia las blancas flores que brillaban sobre su cabellera oscura. Pero su temperamento la conducía hacia  un paroxismo salvaje. Tenía celos y aversión a las cartas que me llegaban de lejos; escondía mis telegramas sin abrirlos; miraba con rencor el aire que yo respiraba. A veces me despertó una luz, un fantasma que se movía detrás del mosquitero. Era ella, vestida de blanco, blandiendo un largo y afilado cuchillo indígena. Era ella paseando horas enteras alrededor de mi cama sin decidirse a matarme. “Cuando te mueras se acabarán mis temores”, me decía. Al día siguiente celebraba misteriosos ritos en resguardo de mi felicidad. Acabaría por matarme”

Oh Maligna
Oh Maligna

Sobre amor y fuga de Neruda, construye Jorge Edwards este relato, a caballo entre la novela y la memoria: un narrador omnisciente domina la mayor parte del texto, pero hay capítulos donde el autor desplaza esa técnica para asumir la primera persona y anotar recuerdos precisos de sus horas con Neruda.

De Ricardo Neftalí a Pablo Neruda

El poeta, joven, recibe una oferta para salir de Chile, donde nunca llegará a nada: un puesto como cónsul de tercera en Rangún, en Birmania, en el otro extremo del mundo, ¡en el culo del mundo! En el viaje, Neruda dejará de ser Ricardo Neftalí Reyes para adoptar su nuevo nombre, el que figura en su lápida, puesto que el libro termina con las escenas de la agonía, muerte y funeral del autor del Canto General.

Neftalí/Pablo viaja acompañado de su amigo Álvaro Rafael, con el que llega a Buenos Aires, con el que atraviesa los mares hasta llegar a Birmania. Álvaro continuará su viaje hasta India, donde inicia una efímera carrera como actor de Bollywood. Neftalí/Pablo se queda en Rangún, atrapado por las caricias de Josie, rehén de su rencor solitario, “Josie la inefable, la maga, la desaforada”, que terminaría por ser en el lenguaje de Neruda, la Maligna, la Furiosa, una joven que trabaja para  la administración británica al tiempo que colabora con movimientos de resistencia contra los colonos.

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Jorge Edwards
Jorge Edwards

Josie, a la que abandona después de una escena de celos, cuando al despertar, la ve pasear por la habitación con un cuchillo de cocina en la mano. Neruda sale corriendo, después de esconder el cuchillo bajo un cocotero. Deja una nota y aborda un barco en el que se esconde, y no respira tranquilo hasta que el buque suelta amarras. En el viaje, escribe el Tango del viudo.  Pero el resentimiento de la Maligna no tiene fronteras, y Josie persigue al poeta hasta Ceilán. Instalado en Colombo, cerca del Club de los ingleses, pronto la tendrá como vecina.

La cadena de los amores no realizados

El desenlace lo deben encontrar los lectores en esta obra de Edwards, que se lee con el placer de los textos bellos en el más puro sentido de la palabra. El relato avanza, interrumpido solo por el contrapunto de los recuerdos de Edwards: sus días con Neruda en París, o el viaje en el que el poeta compró una cadena de barco, de inmensos eslabones, para instalarla en su jardín de Isla Negra, como recuerdo de sus viajes, de los puertos, quizá del amor fou de Bliss, de los amores no realizados.

El relato de Edwards es un ejercicio de memoria de un suceso que, según el autor le marcó: “podríamos pensar que la angustia interior, el desconcierto esencial, que le planteó el amor de Josie Bliss, que le clavó en el centro del corazón, sin necesidad de clavarle su afilado cuchillo de cocina, la Maligna, la Furiosa, no tuvo cura. De ahí manó gran poesía, manchada de sangre ardiente, y a la vez, de forma lateral, distraída, poesía de circunstancias, de compromiso, incluso de encargo”. Por ejemplo su famosa Oda a Stalin, que tanto le pesaría años después y por la que terminaría pidiendo perdón en la respuesta que dio a un periodista francés: “Je me suis trompé” (Me equivoqué)

El relato termina con la triste escena de su funeral, en los primeros días tras el golpe de Pinochet. Ceremonia vigilada por la policía política en la que el cortejo canta la Internacional. Y Edwards cierra su narración con una pregunta: “¿Había sido secuestrado el poeta, al fin, después de una tan larga errancia, o había sido recuperado por algo enorme, superior a todos nosotros, superior a él mismo?”

Tango del viudo

Oh maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia, y habrás insultado el recuerdo de mi madre llamándola perra podrida y madre de perros, ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre, y ya no podrás recordar, mis enfermedades, mis sueños nocturnos, mis comidas sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún, quejándome del tròpico, de los coolíes corringhis, de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño y de los espantosos Ingleses que odio todavía. Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola. He llegado otra vez a los dormitorios solitarios, a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez tiro al suelo los pantalones y las camisas, no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes. Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte, y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses, y la palabra «invierno», qué sonido de tambor lúgubre tiene. Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde el cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras, y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie: bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces; de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre, y la espesa tierra no comprende tu nombre hecho de impenetrables substancias divinas. Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas recostadas como detenidas y duras aguas solares, y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos, y el perro de furia que asilas en el corazòn, así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora, y respiro en el aire la ceniza y lo destruido, el largo, solitario espacio que me rodea para siempre. Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración oída en largas noches sin mezcla de olvido uniéndose a la atmòsfera como el látigo a la piel del caballo. Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada, cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo, y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma, y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos, substancias extrañamente inseparables y perdidas.

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