Piensa en compañía y acertarás

Porque otra de las plagas que corroen nuestra convivencia individualista es el escepticismo; la desconfianza. De ahí, el malaje, la mala voluntad, el aprovechamiento del prójimo. No hay individualista que, para alcanzar su solitario triunfo, no trate al cercano como un peldaño para ascender, como un taburete para elevarse, como un peón en el que parapetarse, o como un buey de carga que lo alivie del esfuerzo; es decir, que usa a su gusto a quien tiene más a mano, sin importarle, en absoluto, reducir a objeto todo animalillo animado (de ánima, de corazón) que tenga la desgracia de cruzarse con él.

El individualista escéptico-desconfiado no ve personas, ve herramientas y eso, no sólo es peligroso para la raza humana por evidentes razones, sino que, además, es susceptible de delito; porque “tiene delito” no ver la belleza que vibra en los otros, en sus gestos, su voz, su peculiar modo de pensar, su modo de expresarlo y que siempre es una riqueza para el interlocutor.

No hay nada peor que no fiarse de nadie y cuidarse de la palabra de los demás. Sin embargo, la vida cotidiana enseña lo contrario: que no hay nada mejor que encontrar a alguien que ve más detalles en un cuadro, que ve más detalles en el microscopio, que ve más detalles en la película, en los signos, en la actualidad o en los dramas de la vida real, la que sufrimos a diario en hospitales, en aulas, en prisiones, en casa tuteladas… Y es trágico que en usted o en mí haya quien sólo ve un mueble, una escalera, un número de cliente, de preso, o alguien a quien exterminar de la tierra. Pobre ciego el individualista escéptico…

En según qué contexto, puede ser una postura a tomar. No lo niego, no soy tonto y hay mucho callejón a oscuras. Es evidente.  Pero yo me refiero a otra cosa, que es el orden adecuado en nuestras cabezas y en nuestro corazón.

Cada pensamiento, cada tentativa, por ser humana, lleva el desconocimiento y el error en  sus entrañas. Por eso, una hipótesis de trabajo debe ser revisada constantemente en todos los ámbitos, ya sea educar infantes, aprender a disfrutar de un instrumento o construir naves espaciales cuando en la tierra se nuble el sol. En cualquier caso, y por propia experiencia, eso no es escepticismo, sino sentido común y método imprescindible para cada paso de la humanidad, ya sea huir a otro planeta o ir al mercado a por fruta. Como editor supe que cualquier texto revisado por ocho ojos, el libro esconde sus erratas hasta que llega a la imprenta y que, por arte de magia, aparecen claras y diáfanas, cuando lo abres al azar o un amable comprador te lo hace saber amablemente por correo. Yo tuve un cliente así. De ahí, la importancia de una compañía adecuada que revise y borre constantemente los errores que a cualquiera se le escapan, generación tras generación y en el diario devenir.

Quien no se deja acompañar está destinado a la constancia del error. Quien piensa solo, además de iluso, se abstrae de lo real; no percibe sus propias contradicciones ni sus obsesiones, porque no quiere o no tiene con quien contrastarlas. Además, esa soledad escéptica enferma de egolatría al practicante. Quien se concibe solo porque los demás están equivocados o son instrumentos de su alquimia sapiencial, o de su cara dura, se pierde siempre lo mejor: que es el trabajo en compañía, que es un modo de ser acompañado y, por qué no, una manera de hacer amigos en orillas alejadas por los prejuicios. De hecho, no hay otro modo de vivir que mirando cómo actúan otros para intentar no tropezar en la misma errata.

Lo saben los científicos, los saben los doctores, lo saben los electricistas, los amos y amas de casa, cuando piden consejo para hacer la comida y, sobre todo, lo saben los niños, que se confían al saber de los adultos. Después, los golpes, pueden volvernos escépticos, amargados y desconfiados, pero conozco a niños de setenta años que todavía siguen aprendiendo, es decir, siguen disfrutando de la vida.

 Ya avisa el gran educador Christopher Derrick, a quien quiera leerlo en su librillo Huid del escepticismo, que no hay nadie que llegue a buen puerto ni a conclusión certera sin la revisión de otros ojos, de otro pensamiento, de otra opinión. De hecho, el proceder intelectual en todos los ámbitos, es una dádiva concedida por la comunidad milenaria que nos precede, la tradición que sostiene nuestras premisas y contradice, o fundamenta, nuestras afirmaciones como un buen vecino que te presta auxilio en un apuro.

Otro gran educador como Jean Guitton, se sorprendía que las personas que habían sufrido más, que habían tenido un gran trauma en su vida eran, a la larga, más metódicos y prácticos en su proceder, ya que el drama les había obligado a evaluar el valor de su vida y añade en su Aprender a vivir y pensar de 1955: “Es notable que aquellos que nunca han estado enfermos, que tienen una salud, casi excesiva, no sean metódicos y desperdicien su tiempo”. De estas palabras podríamos concluir que es mejor pasarlo mal o estar permanente enfermo pero no, no es eso. Guitton quiere subrayar que nuestro tiempo es breve y que, por tanto, para disfrutar de toda su bondad y belleza es necesario aprender un método de estudio, de trabajo y de diversión para no abandonarse al caos de uno mismo que quiere comenzar algo, no sabe cómo y termina abandonando.

El individualista escéptico no pide opinión metodológica; no contrasta nada de su procedimiento y, por tanto, se pierde todo lo bueno y bello de vivir en sociedad. Corta la soga, rompe la aldaba, el eslabón de la cadena que une a quien nos precede, los muertos, con quien acaba de nacer en este preciso instante y necesita toda la paz, toda la tranquilidad y toda la amorosa sabiduría de una comunidad libre de tiranos ególatras que usan a las personas como escudos, como muros, como parapetos para imponer sus ideas.

Quien viene al mundo ahora necesita, en definitiva, un método de confianza que lo enseñe a ser un hombre libre que muestre a otros su libertad. Porque no hay nada más grande que la libertad. Y no hay libertad, sin la herencia amorosa de una compañía. Démosela. Son nuestros hijos.

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