Sabina y Serrat paran estos días por Madrid y Barcelona. Como dice el propio título, No hay dos sin tres es la tercera gira que ambos realizan conjuntamente. El acontecimiento coincide con el lanzamiento al mercado de sendos discos de homenaje. No son los primeros; ambos han sido objeto de distintos tributos en el pasado. En Sabina destaca Entre todas las mujeres (2003), un álbum en que distintas voces femeninas reinterpretaban algunas de sus mejores canciones. Serrat los tiene para todos los gustos. Pero quizá sean los dos volúmenes de Serrat… ¡eres único! (1995 y 2005, respectivamente) los que más pueda conocer el público.  

Los que ahora acaban de llegar a estanterías y plataformas presentan a su vez diferencias acusadas entre sí. El de Serrat se llama Hijos del Mediterráneo. No es más que un “remake” de Mediterráneo (1971), quizá el álbum de estudio más conocido del cantautor. Él mismo ya le rindió tributo en su última gira en solitario, Mediterráneo da capo (2018), espectáculo sustentado fundamentalmente en la interpretación de las diez canciones que lo integraban, con bis de la que le da título, y una segunda parte de repertorio variado.

Un mimetismo con ventajas y defectos

La sensación que se tiene al empezar a escucharlo es que uno se ha equivocado al darle al “play”. Hasta que no suena la voz de Jorge Drexler interpretando la propia Mediterráneo resulta inconcebible que lo que se esté reproduciendo no sea el tema original. La fidelidad a los arreglos de Juan Carlos Calderón, Gian Piero Reverberi y Antoni Ros-Marbà ha sido una obsesión para Amaro Ferreiro, impulsor del proyecto. Dicho mimetismo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Drexler demuestra que puede hacer suyo el tema aunque haya nacido a más de 10.000 kilómetros de la Barcelona desde la que Serrat veía ese mar. Eva Amaral abusa de la intensidad para recrear Aquellas pequeñas cosas. La sobreactuación es contraproducente y resta fuerza a la letra.

Iván Ferreiro también tiene algunos problemas para interiorizar Tío Alberto. Es una tónica de todo el trabajo. Son canciones muy personales y por tanto difíciles de versionar. DePedro y Josele Santiago, de Los Enemigos, lo suplen con energía vocal en Pueblo Blanco y Vencidos, respectivamente. Calamaro solventa la difícil papeleta de Lucía, que Rosario Flores había bordado en 1995. La escucha ciega nos hace atribuir Vagabundear a Víctor Manuel. Bocinazo de error. Se trata de Santi Balmes, de Love of Lesbian.  

El podio

Al margen de Drexler, podríamos establecer un podio. El bronce es para Silvia Pérez Cruz, que hace un Barquito de papel quizá un poco meloso pero de dignísimo resultado. La plata es para Xoel López con La mujer que yo quiero. No es fácil acoplarse a esos coros femeninos como de comedia desarrollista de Pedro Masó. La letra es una de las que mejor ha soportado el paso del tiempo en un trabajo que a veces peca de demasiado grandilocuente. Y el oro, indiscutible, se lo lleva Tulsa. Su Qué va a ser de ti es antológico.

Algunos fragmentos del texto están hoy en el límite del sonrojo. El impermeable amarillo para que rime con hatillo y esas cosas. Pero encierra uno de los rasgos más apreciables de ese primer Serrat: un retrato sociológico de primer orden de una España cambiante en la que su generación (más o menos nuestros padres) rompía esquemas ante la incomprensión, más fruto del desconcierto que de la intolerencia, de sus mayores (más o menos nuestro abuelos). En voz de Miren Iza, la grabación alcanza muchos quilates. Diez años después de cantar Frente a frente, de Manuel Alejandro, junto a Enrique Bunbury, esta intérprete vuelve a demostrarse indicada para actualizar joyas del pop de antaño.  

Un club de intensos

El homenaje a Joaquín Sabina, Ni tan joven ni tan viejo, es mucho más ambicioso. Un disco doble que recorre toda la carrera del de Úbeda. 25 versiones en las que hay de todo, pero en las que prima una sensación general bastante satisfactoria. Es un acierto abrir con Ruido a dúo entre Fito y Fitipaldis y Coque Malla. Sigue Alejandro Sanz con Contigo. El de Moratalaz pone almíbar de más. No es el único. Pablo Alborán y Pablo López (Peces de ciudad), el segundo en solitario (¿Quién me ha robado el mes de abril?) o Melendi (Amor se llama el juego) forman un club de intensitos no apto para diabéticos.

Amaral tampoco tiene aquí su disco. Con la frente marchita, a dúo con Manolo García, tiene que competir con el recuerdo de la excelente versión que ya hizo Adriana Varela en el citado Entre todas las mujeres. Rubén Pozo y Lichis tampoco le sacan el juego a Pongamos que hablo de Madrid. Robe hace suya Calle Melancolía sin despeinarse la melena. Niño de Elche y Guitarricadelafuente (Cerrado por derribo), Zahara y Dani Martín (Y sin embargo te quiero/Y sin embargo), Vanesa Martín (Yo también sé jugarme la boca), M-Clan y Ariel Rot (A mis cuarenta y diez), Ismael Serrano y Funambulista (Eclipse de mar), Marwan y Kany García (Nos sobran los motivos), Macaco y Carlos Sadness (Ganas de…) y Andrés Suárez (Y nos dieron las diez) también consiguen llevar los temas a su terreno.

En el último caso habría que citar a la poetisa Elvira Sastre, pero ésta se limita a recitar. Peor sería que se marcara uno de sus artículos de las contras madrileñas de El País. Sabina no sale en Hijos del Mediterráneo pero Serrat asoma aquí haciendo A la orilla de la chimenea con Rozalén. El álbum termina con todos alternándose las líneas de Y nos dieron las diez. La fórmula, un poco We are the world y un mucho Todos contra el fuego, rara vez va a deparar un resultado memorable.  

Estopa y otras joyas

El disco tiene auténticas joyas. Leiva borda El caso de la rubia platino. Quizá sea la mejor versión de todas. Manuel Carrasco tenía pleno de papeletas para la intensidad y saca notable con La canción más hermosa del mundo. Bunbury se viene arriba con Donde habita el olvido. Los Rodríguez clavan Princesa. Mikel Erentxun y Rufus T. Firefly sacan brillo a Lo niego todo, el último éxito del jiennense que vuelve a presentar el problema de un texto en primerísima persona. Estopa parecen nacidos para Pacto entre caballeros. (“¡Te pareces al de Estopa, ese que canta!”, dice esa casi obligada modificación de la letra). 

Pero si algo ha destacado en este trabajo es una canción en el fondo original: 19 días y 500 noches después. Partiendo de la misma melodía de la que quizá sea la última obra maestra de Sabina, el poeta Benjamín Prado –otro que se anima a recitar- cambia la letra fantaseando con el otro punto de vista de historia; el que aportaría la mujer que abandonaba al protagonista. A ella le pone voz una Travis Birds que se lo pasa en grande con la travesura. (“Esa canción/en la que contaba la historia a su modo/en la que me echaba la culpa de todo/de las tropelías y las tonterías/donde me compraba con bisutería/mientras le servía jarros de agua fría/yo le añadiría, por ponerle el broche/que a mí, sin embargo/sus famosos 19 días y 500 noches/se me hicieron largos”).  

La escucha de Ni tan joven ni tan viejo es un canto a la nostalgia. “Ninguna zorra vale ese dinero (…) cantaba regular pero movía el culo con un swing que derretía el hielo de las copas”. Hubo un tiempo que un artista indiscutido por el stablishment mejorpensante podía incluir esa frase en una letra sin agotar las reservas de sales. Fue hace poco más de veinte años (1999). ¿Pero no habíamos quedado que no eran nada?  

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