Sanfermines. Todas las fiestas del mundo coinciden en dos rasgos: su carácter ceremonial y la celebración de la alegría. No es el ocio, no son las vacaciones, la fiesta es rito y un desinhibido elogio de la ebriedad. La fiesta permite al individuo lo que el resto del año tiene prohibido. La fiesta es el paso de la adolescencia a la edad adulta. No otra cosa es el rito del encierro: asumir que la vida está llena de riesgos como cuchillos de asta de toro, que en el caos vertiginoso que a tramos es la vida, te puede arrollar, pisar, reventar el hígado o dejarte clavado en el burladero, mientras el público contempla espantado y curioso el borbotón de sangre. Saber que ocurre también el milagro, el capote del santo, la providencia de un toro que pasa, noble, en su carrera, sin reparar en ese cuajo de miedo que se refugia en un rincón sin respirar para no llamar a la muerte por su nombre. Los Sanfermines tienen tres ejes: el Santo, el toro, la calle. Los Sanfermines son eternos, y este año vuelven a vivir en el recuerdo.

Tengo frente a mi escritorio, en el que paso muchas horas vivas del día, el tomo que Alberto Schommer dedicó a La Fiesta, a los Sanfermines. Es un libro de fotografías que retrata la fiesta de 1996. Para mí, lo más brillante del libro no son los imágenes, que he visto desde mi infancia, que no me descubren casi nada, aunque me recuerdan y evocan casi todo. Lo más notable es el prólogo de mi maestro Fernando Pérez Ollo, periodista de Diario de Navarra, profesor de Redacción en la Facultad de la Universidad de Navarra. Profesor estricto, correoso, de gesto amargo que intentaba proteger un corazón noble y cordial. Dice Fernando que «la fiesta es un tiempo fuera del tiempo y por eso tiene como consecuencia la permisividad. «No hay fiesta sin crueldad», dijo Nietzsche. La fiesta es un hojaldre, un milhojas en el sentido pamplonés, que no es el botánico. Para unos lo importante es la capa de los espectáculos taurinos, para otros las de la orgía, la música o los gigantes». La fiesta se vive distinto según la edad, el humor, el cuerpo, el talante y el bolsillo.

La fiesta se vive. Y solo hay fiesta viva. Por eso nos llenan de tedio los discutidores, profetas de la nostalgia que aseguran que cualquier tiempo pasado de los Sanfermines fue mejor, que la sangre que corría en otros tiempos era más pura, más recia, más roja. Monsergas. La fiesta, como escribió en 1918 Jesús Etayo, director de El pensamiento navarro, «fueron y son el colmo del bullicio. Conservan el mismo sello de alegría franca, fuerte, que antaño; sólo en cosas accidentales han variado«. Y así es. Los esencialistas son una especie que tiene mal vino, y a los que les gusta socializar su agria bilis.

Sigue Fernando Pérez Ollo con una recomendación que vale para nuestros tiempos, para La Fiesta y para la vigilia: «huya de los definidores, de los castas, de los típicos, de los etnofundamentalistas, de los vigías de la raza y de las costumbres arcádicas, de los que beben ideología; de los que presumen de estar en el secreto exclusivo de los Sanfermines y del encierro y la procesión, de la vida y de la felicidad; de los virtuosos chulubiteros; de los que alardean de conocer el figón con el mejor estofado, de los puristas y de los pelmas. Sobre todo de los pelmas».

Hoy volvemos a celebrar al Santo, totem también eterno, imprescindible, negro de rostro, protector de la ebriedad, de la alegría, de la fiesta, Santo al que le entregamos la custodia de los nuestros que se fueron, Santo que nos recuerda que estamos aquí, en este mundo breve, para ser felices, para jugarnos la vida sin pensar demasiado en el precio, que siempre es más noble caer herido por un Miura en la cuesta de Santo Domingo que llevar una vida rácana de cálculos y pesas. Sanfermines eternos. De nuevo un 7 de Julio gritamos con el corazón ¡Viva San Fermín!

sanfermines

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