Esta entrevista con Sara Giménez, forma parte del libro Cuéntame algo bueno. Conversaciones con mujeres, escrito por Alfredo Urdaci y publicado por Ludiana editores, con entrevistas a 43 mujeres excelentes.

Llega arrastrando una maleta. Cuando alguien viaja con una maleta párvula es que está muy viajado. Es un nómada. A base de repetir autobuses o trenes, y ahora aviones, ha ido adelgazando su equipaje hasta dejarlo en lo imprescindible, en lo esencial. Nos recibe en el Pozo del Tío Raimundo, hace décadas un mar marginal de chabolas, hoy un pueblo vertical de ladrillos, con mujeres que aún saludan por la calle con un cordial ¡buenos días! Se presenta con una simpatía desinhibida. Habla con un ligero acento aragonés. Sara representa a España en el Comité contra el Racismo y la Intolerancia del Consejo de Europa.

¿Qué recuerda de su infancia?

Nací en Huesca, soy la tercera de cuatro hermanos. Mis padres se dedica- ban a la venta ambulante. Mi infancia fue vivir en un barrio en el que no había mayoría de gitanos, y eso te condiciona. Estudié en el Colegio de Santa Ana, un colegio de monjas, y luego continué la trayectoria educativa en el Alto Aragón. Recuerdo una infancia en la que conocí bien la venta ambulante. Iba con mis padres los fines de semana, al mercadillo a Zaragoza y en verano al País Vasco, porque mi padre tenía familia en aquella zona. Y como era la mayor de las chi- cas ayudaba en casa. Pronto asumí esas responsabilidades.

Y en el colegio, ¿había más gitanos?

En mi clase yo era la única. Yo tengo el recuerdo desde pequeña de relacionarme con mis compañeras y vecinas no gitanas. Tenía la relación con los míos, con mis primos, con mis tíos, a través de mi padre, y con el pueblo y la sociedad, que eso me lo daba mi barrio y mis compañeras de clase.

¿Sintió pronto la discriminación?

Cuando me preguntan por qué estudié Derecho, pues es porque vivíamos la discriminación. Sobre todo mi hermano mayor, cuando quería empleo o bus- caba vivienda. En mi casa unos son más claros, otros más oscuros. Mi hermano es más oscuro, y recuerdo esa frase de “tienes un rostro que pareces tan gitano que va a ser difícil que te alquilen la vivienda”. No era una percepción de mi madre, era algo real porque luego veías que le negaban la vivienda, pero la casa seguía disponible. En ese entorno de la vivienda y de la búsqueda de empleo vivimos las dificultades de ser Giménez Giménez en una ciudad en la que esos apellidos se vinculan con el ser gitano. Luego vives la discriminación a otro nivel. No es lo mismo ser una gitana formada con cierto reconocimiento para   la sociedad que no serlo. A mi hermana le han tratado diferente que a mí en un establecimiento. Y luego para los compañeros de profesión, a veces un halago repetido mucho te hace darte cuenta de que te tratan como excepción y eso te hace cuestionar muchas cosas.

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¿Le gustaba la venta ambulante?

Me gustaba relacionarme con la gente. Aquel ritual de poner el puesto por la mañana, de hacer turnos, de ir a tomar algo en el descanso. Pero sobre todo la relación con las personas. Luego en la universidad lo fui dejando porque me dedicaba a estudiar.

Y cuando termina se pone de abogada.

Hice prácticas de derecho civil en el despacho de Mariano Bergua y ahí me curtí. Luego se presentó la oportunidad de trabajar en la Fundación Secretariado Gitano (FSG) en Huesca, ligada a la promoción de la comunidad gitana  en materia de igualdad y lo he compatibilizado con el ejercicio autónomo de la abogacía.

¿Aceptamos mejor a los gitanos?

La aceptación ha cambiado mucho. En los últimos treinta años ha habido un impulso promocional de la comunidad gitana abismal. El 99 por ciento de los niños están escolarizados, se ha reducido el chabolismo, hay una mayor incorporación al mundo laboral. Ha habido un salto muy relevante. En el propio acceso a los estudios universitarios también. Cuando elegí estudiar Derecho yo era la única mujer gitana que hacía Derecho en Aragón. Era la gitana abogada. Todavía no estamos en el nivel de los jóvenes de la mayoría pero ahora por ejemplo tenemos un programa de trabajo para la mujer gitana. Hemos contratado a más de veinte mujeres como técnicos de igualdad y todas tienen perfil universitario. El giro es relevante.

Pero siguen funcionando los estereotipos: el de que no se quieren integrar, o el del gitano salvaje y pasional.

Es una de las cuestiones que más me preocupan porque está muy inte- riorizado. Cuando ves los datos del Eurobarómetro sobre discriminación ves cómo los adjetivos peyorativos para los gitanos siguen teniendo un gran peso. También hay algunos programas de televisión que dan una imagen distorsiona- da de la comunidad gitana. Pienso en Palabra de gitanos, en Gipsy King. Te asocian con delincuencia, con prejuicios negativos, con la idea de que no nos queremos integrar. Muchas personas no nos conocen bien, no saben nada de nosotros, no se nos nombra en ningún libro de texto. Llegamos en 1425 a España. Entramos precisamente por Aragón. Y en ningún libro se habla de nuestra aportación a la historia, a la lengua, de nuestra cultura gitana. Se tiende a ligar el ser gitano al artisteo o a la exclusión. Y eso no es ser gitano.

Por negarles se les niega hasta su lugar en el holocausto.

Se menciona muy poco las persecuciones contra la etnia gitana. En la última reunión del Comité del Consejo de Europa nos llevaron a un campo de concentración cerca de Estrasburgo. Cuando ves las categorías de los grupos sociales que hacían los nazis, allí estamos los gitanos. Se habla muy poco sobre ello.El holocausto afectó muchísimo a la comunidad gitana.

¿Cómo son los gitanos?

El pilar de la comunidad gitana es la familia. La familia en sentido extenso, el cuidarnos unos a otros, el vivir las alegrías y las penas de forma conjunta. Tenemos  formas de celebración propias, tenemos una lengua que en España    es el caló y en Europa es el romanó. Desde nuestra entrada en España todas     las pragmáticas, desde los Reyes Católicos hasta 1977, han prohibido nuestra lengua, nuestros oficios con la amenaza de la cárcel o las galeras. En 1977 el reglamento de la Guardia Civil ordena expresamente “vigilar escrupulosamente a los gitanos” El respeto a los mayores es otro valor importante entre nosotros. Y el culto a los difuntos. Pero sobre todo la unión familiar, nuestra propia alegría de vivir. Somos muy alegres en la alegría y muy tristes en la tristeza. Vivimos las emociones de forma intensa.

Son también diversos.

Ahora veo mucha heterogeneidad entre los gitanos, en las prácticas culturales, en el tema del género, en las bodas. Hay gitanas que practican la tradición y otras que no. Hay valores que según vas avanzando decides que los mantienes y otros que cambias. Al formar parte de una sociedad actual y dinámica, los estilos cambian. Antes en las casas vivían las familias completas, padres e hijos casados con sus propias familias. Y eso también ha cambiado. Pero se mantiene un reconocimiento. Nos miramos y nos reconocemos aunque no nos conozcamos de nada. Donde hay gitanos hay solidaridad, hay el ofrecimiento de la casa, de lo que necesites, sin más necesidad que pertenecer al grupo.

La solidaridad de los nómadas, de los que se ven amenazados por ser minoría. Expulsados los judíos de España los gitanos han sido el chivo expiatorio.

Hemos tenido una historia dura. Y hemos funcionado como chivo expia- torio. Y sigue habiendo campañas de líderes políticos que insisten en ese mecanismo. Estoy pensando en las declaraciones del ministro del interior italiano que quiere hacer un censo de gitanos. Se nos asocia a los males de la crisis económica, y son discursos que calan en la sociedad. Pasa con los gitanos, pasa con los emigrantes.

El giro que ha dado el estado del bienestar no tiene nada que ver con las minorías. Se nos ve como el chivo expiatorio, pero en España llegó la Constitución y se convirtió en un país de referencia para las políticas de inclusión social de la comunidad gitana. Los gitanos hemos dejado de ser nómadas y nos hemos integrado gracias a las medidas de inclusión social y a las buenas políticas. Estamos bien. Pero un 64 por ciento de los niños gitanos no termina la secundaria. Y la educación es la clave.

Hablo mucho de educación, porque mi posibilidad de estar aquí me la ha brindado la educación. El avanzar como persona, sin esa formación, habría sido muy difícil. Que el 64 por ciento del alumnado gitano no termine la secundaria es terrible. Hemos avanzado pero tenemos retos pendientes. Hay que trabajar para que estemos en todos los puestos, que los gitanos no sean solo los de baja cualificación, y también en la precariedad laboral.

¿Ser mujer gitana supone una doble discriminación?

Yo nací mujer y gitana y veo que el punto de partida no era el mismo que el de mis compañeras no gitanas. La sociedad te mira con un estereotipo ligado a la etnia. Luego la sociedad te adjudica, por ser mujer, unos roles de cuidadora, de madre, y fuera de los puestos de responsabilidad porque tienes que conciliar. Y además está el nivel interno. Tenemos que trabajar internamente con el hombre gitano, compartir cargas, que acepten que la mujer se independice. Tenemos que tener una mirada integral de las mujeres que no pertenecen a la mayoría. Y la pobreza. Una mujer gitana pobre tiene más rechazo que una de clase media. Trabajar por la igualdad real implica estar pendiente de las más necesitadas.

De usted quizá se esperaba algo distinto.

Yo rompí con lo que se esperaba de mi. Me costó, con mi padre y con mi madre. Yo estaba destinada a la venta ambulante, a ayudar a mi madre, a casarme y a cuidar de mi hogar. Pero elegí la universidad y en Zaragoza. Hubiera sido más fácil si me hubiera quedado en la escuela de Magisterio en Huesca. Pero elegí lo mismo que mis compañeras: un colegio mayor en Zaragoza.

Y hubo conflicto en casa.

Cuando terminé octavo y quería hacer el BUP pase por una fase delicada. Mis profesores ‘dieron la brasa’ a mis padres para que siguiera estudiando porque tenía buenas notas, decían que era mi futuro, que era la llave. Pero ya cuando llegó la selectividad, que la hice con vistas a Derecho, fue un trance. Mi padre lo pasó muy mal. Yo veo el esfuerzo mental que hicieron. Tenían el discurso de los profesores que decían que esto era lo bueno para su hija, y tenían el del entorno gitano que le decía a mi padre que se había vuelto loco, que iba a perder a su hija. Y a mi me ha ayudado que hemos vivido en entornos con gitanos y no gitanos. Yo también hice una apuesta por dar muy buena respuesta y tranquilizar a mis padres. En el colegio mayor todas sabían mi número, que era el 22 porque mi madre llamaba todos los días. Era una angustia la que vivió, y fíjate que venía todos los miércoles a Zaragoza y yo iba todos los fines de semana a casa.

¿Y ahora que piensan?

Están encantados. Mi abuelo también me apoyó mucho. A partir de tercero de carrera la propia comunidad se da cuenta de que no cambias y ahí se   da la vuelta. Los miedos se convierten en orgullo, y saben que tienen a alguien que les puede ayudar y eso es un valor muy grande, y haces de enganche para trabajar por la igualdad porque unos y otros te respetan.

¿Dónde se dan en Europa las situaciones más graves de amenaza a los gitanos?

En Hungría, en Eslovaquia, en la República Checa. En las últimas reu- niones del Comité me llevo las manos a la cabeza de la cantidad de niños gitanos escolarizados como discapacitados mentales cuando no lo son. Tenemos senten- cias del Tribunal de Derechos Humanos contra la República Checa, en el caso Ostrava, y a pesar de tener la sentencia lo siguen manteniendo. Me preocupa esto y la pobreza en la que veo a mi pueblo. En España hemos hecho las cosas de otra forma. Aquí puedes ver la discriminación en la Cañada Real, pero lo preocupante son las ideologías que están creciendo con un discurso anti gitano. Los valores con los que hemos construido Europa los tenemos que cuidar, están en crisis.

Una cosa son las leyes y los valores, otra los sentimientos profundos de la mayoría.

No hay voluntad de hacer buenas políticas de inclusión social. Y con bue- nas políticas puedes hacer que todas las personas disfruten de la integración. A veces me sorprende la escasa repulsa social que provocan las discriminaciones contra los gitanos. No sé cómo la ciudadanía italiana no ha visto como un regreso al fascismo el hecho de querer hacer un censo de gitanos. Ahí se ve si eres una población querida por la sociedad, y creo que todavía no lo somos. En otras causas hay más unidad, más empatía. Tenemos que convivir más

¿Interiorizan los gitanos la discriminación?

Acabas asimilando el rechazo. Lo ves en las víctimas. Un día quieres alquilar una vivienda y te dicen que no, aunque la vivienda quede libre. O quieres entrar en una discoteca y no te dejan entrar, o vas a un supermercado y no te quitas al guarda de seguridad de encima porque da por supuesto que quieres robar. A veces las víctimas piensan que el sistema no les va a proteger. Intentan sortear esas situaciones. No se defienden porque no quieren problemas. Tienen miedo de denunciar. Y ante un empresario o un cuerpo policial sienten una brecha de poder fuerte.

¿Cómo se acaba con eso?

La legislación está para algo. Y a cada cosa hay que ponerle su marco normativo. Hay que aplicar la ley. Hemos reformado el código penal en asuntos de odio y discriminación. Hay que hacer acompañamiento a la víctima. No  todo acto discriminatorio es constitutivo de delito pero vulnera el derecho a     la igualdad. Necesitamos una ley integral. Y luego hay una labor  pedagógica en la sanción. La sanción muestra las conductas que no están aceptadas por la sociedad. Y luego tenemos que trabajar un sistema de protección a las víctimas de discriminación. Hay que estar cerca de esas personas. De lo contrario no ofreces protección. Hay déficit en el conocimiento de la gente de sus derechos. Y hay que trabajarlo desde la cercanía, porque esas víctimas sienten una gran vergüenza, los ataques son a la dignidad de las personas. La discriminación hay que trabajarla con programas cercanos a la víctima.

¿Recuerda alguna canción gitana que se escuchara en casa, cuando era niña?

En mi casa se escuchaba a Camarón, de la noche a la mañana. El Soy gitano era lo que más. Y de entre lo más moderno a Estrella Morente.

La conversación continúa por los matrimonios mixtos, y Sara puntualiza que entre los gitanos se aceptan mejor cuando son los hombres los que se abren a otra etnia. Sobre las mujeres recae el peso de la continuidad, de la educación de los hijos, de la supervivencia de una cultura que llegó a España en el siglo XV y que se quedó, a pesar de haber sido tratados a guantazos hasta que llegó la democracia. Con el tiempo se hizo diputada, de Ciudadanos.

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