Qué hay de nuevo Chesterton. Conversaciones con un genio. Ricardo Moreno. Prólogo de Ignacio Peyró. Fórcola.

No hay día que uno no se acuerde de Chesterton. Cuando hablan los «antiespecistas», cuando braman los dogmáticos, vegetarianos o abstemios, cuando pontifican los defensores de los derechos de los animales. En fin, no hay edición de prensa o debate en el que uno se pregunte, ¿y de esto, qué diría Chesterton? Opinó y escribió sobre casi todo, y casi todo lo que dijo tiene actualidad. Escribió sobre las modas, pero no pasa de moda, apuntó a lo efímero, pero se dirigió al hombre, al centro del ser, con inteligencia aguda, con ironía y con piedad. Y con ganas, siempre, de celebrar la vida, o en una taberna, o en un restaurante, o en una abadía. Ricardo Moreno ha tenido una idea genial, a la altura de Chesterton. Ha puesto en un libro una conversación con Chesterton, y la idea funciona, oiga, ¡ya lo creo que funciona! El autor está entre nosotros, y habla de las cosas de hoy, ¡con qué inteligencia!, ¡con qué aguda penetración! Lean, lean.

chesterton

Hay humanos que, llegados a una edad, se encierran en casa a hablar con los libros. Un viejo amigo abogado asegura que todos sus íntimos están muertos, algunos hace siglos. Pero cada tarde conversa con Stendhal o con Goethe, o toma un té con magdalenas en casa de Proust. Pero el resto, los que tenemos que andar entre las camionetas del mercado, los que tenemos que comer algún langostino que otro para llevar una sopa a casa, vamos entre ollas y afanes en la tarea diaria de atender, o responder a los estímulos que la prensa o la red ordenan cada día.

Hace tan solo unas jornadas se nos advirtió que a partir de ahora los animales domésticos serán considerados como de la familia. «Me gustan los perros. Me gustan siempre que no se les tome por otra cosa de lo que son. Si queremos al perro, lo queremos como a un perro, y no como a un conciudadano, un ídolo, un animal doméstico o un resultado de la evolución».

Uno podría ir con el libro de Moreno en el bolsillo a los debates, ya sean de taberna, de cafetería o de corte televisivo. Y cuando se habla de las reformas de la educación sacar la navaja de Chesterton, una multiusos para todo tipo de cuestiones: «cuando ya nadie tiene autoridad alguna para educar, que no me vengan a dar la lata con la importancia de la educación. Decidir si queréis una educación sin límites o una emancipación sin límites, pero no seáis tan tontos como para pensar que podéis tener las dos cosas».

El arte, el humor, el vino, la cerveza, las novelas policiacas, el crimen, la felicidad, todo está en Chesterton. Las polémicas también. Moreno le pone los toros en suerte, porque ha pasado muchas horas de conversación con el autor. Es como esos diálogo escenificados en un teatro entre un gran escritor y un buen entrevistador. El oro no sale de forma espontánea. Surge porque esos dos han pasado muchas horas hablando, escuchándose, comprendiéndose. La mejor naturalidad, la más eficaz, es la que está ensayada. Y para la polémica lo mejor es saber escuchar: «el auténtico polemista es ante todo alguien que sabe escuchar. El entusiasta realmente ardiente no interrumpe nunca. Escucha los argumentos del interlocutor tan anhelante como un espía escucharía los planes del enemigo».

Y la política. Ya sabemos que Chesterton era un conservador, un hombre capaz de encontrar el milagro en la repetición diaria de la salida del sol. Un hombre que creía, como Wittgenstein que lo místico es que la realidad exista como tal. «Las viejas civilizaciones nos dan siempre la sensación de que están al principio de las cosas, en tanto que la mera innovación moderna nos da la sensación, hasta en su misma novedad, de que nos acercamos más y más al final».

En fin, este es un libro glorioso, intelectualmente excitante, de factura milagrosa. Chesterton en el mundo actual. Solo le pido al editor que ponga un fajín que envuelva la portada con la recomendación de comprar el libro en horas de mañana. De lo contrario les puede pasar como a mí, que pasé la noche en blanco leyendo estas páginas. A pesar del sueño sigo pensando, con Leibniz y con Chesterton que este mundo es el mejor de los posibles. Y para demostrarlo está el vino, la cerveza, la carne de vacuno y una conversación con Chesterton.

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