Cita con el arte. Philippe de Montebello y Martin Gayford. Ediciones Rialp

Dicen los editores que los libros de entrevistas y de conversaciones no suelen funcionar. Si Rialp hubiera seguido esa máxima nos habríamos perdido una joya. ¿Quién se podría negar a un paseo con Philippe de Montebello, el mítico director del Metropolitan Museum of Art de Nueva York? Y ¿quién rechazaría un recorrido por el Louvre, el Prado, la Real ermita de San Antonio de la Florida o el British Museum con Martin Gayford, escritor, crítico, autor de una biografía de referencia sobre Lucian Freud y de un libro, también de conversaciones, con David Hockney? Luego, está claro, las conversaciones hay que editarlas, eliminar el protocolo, las digresiones superfluas, lo accesorio. No todo, porque un almuerzo en la cafetería de un museo puede ser un momento central en una conversación, cuando desaparece el estímulo de los cuadros y el cerebro utiliza la glucosa para brindarnos alguna buena reflexión. El libro es delicioso. Cualquier amante del arte, del nivel que sea, pasará unas horas inolvidables en compañía de estos dos sabios.

montebello

Ahora que masas de turistas pasan a toda velocidad por los museos, es el momento de parar a pensar, en el arte, en los museos, en la forma de mirar, en las posibilidades del ver, y también en sus limitaciones. En uno de los primeros capítulos del libro, Montebello y Gayford deambulan por la basílica de la Santa Croce de Florencia. Y Montebello reconoce que los museos no pueden competir con algunos lugares centrales del arte, porque estos lugares pueden «colocarte en el marco, casi dentro del mundo y del siglo del artista». En el libro se habla mucho del contexto: de las obras, creadas con una finalidad, para un lugar concreto, y que luego se depositan en los museos y cambian de significado. Montebello y Gayford nos enseñan a ver las pinturas con otra mirada, a ver en las diferentes capas que tienen los cuadros, a pensar en cómo fueron creadas, para qué público, con qué criterios artísticos. Pero no es un libro para eruditos. Lo mejor de estas conversaciones es que las puede entender con facilidad cualquier estudiante, medianamente aplicado, de bachillerato.

En las conversaciones hay también mucha crítica sobre la educación artística. Mirar exige una educación que nos permita dejar de lado los prejuicios y las reacciones negativas. Montebello relata cómo fue su propio proceso: «fue un proceso lento, y puedo suponer que, para la mayoría de los visitantes, tampoco será fácil. Por eso me impaciento frente a los que tratan de convertir su museo en una diversión. Disfrutar del arte exige una implicación radicalmente distinta de la gratificación inmediata que producen casi todas las muestras de cultura popular, y los museos tienen la responsabilidad de ayudar a los visitantes a que lo consigan».

Para demostrarlo, Montebello se detiene en la explicación de algunas obras. La primera de ellas es la Madonna con el niño de Duccio di Bunisegna, una pequeña pintura de finales del siglo XIII que el Met de Nueva York compró por 43 millones de dólares. Montebello disecciona el proceso que llevó a la compra de esta obra de la escuela de Siena, las razones de la compra que justificaban invertir una inmensa cantidad de dinero en un pequeño cuadro.

Montebello y Gayford pasean por el Louvre, por las salas del último piso, casi siempre vacías, y por el Prado, en busca de los cuadros de El Bosco y los de Velázquez: «me cuesta mucho hablar de Velázquez, porque fue un pintor de milagros, del milagro de convertir la pintura en vida, en verdad». Frente a Las Meninas, el experto siente la fuerza del original, la fascinación que ejerce sobre el que la ve: «aunque se crease una reproducción idéntica, clónica, de una obra de arte, jamás suplantaría a la original, porque carecería de un elemento imprescindible, denominado autenticidad».

Del Prado van a San Antonio de la Florida, a contemplar los frescos pintados por Goya, enterrado en esa ermita, para luego volver a Rubens y Tiepolo. En las conversaciones hay muchas reflexiones sobre cómo los museos dictan el canon de lo que es arte y lo que queda fuera, y de cómo las épocas cambian. Fueron los pintores de vanguardia de finales del XIX y principios del XX los que se fijaron en el arte africano y en las expresiones primitivas. El libro termina en el Museo Británico, entre los leones asirios, y entre preguntas sobre dónde deben estar las obras de arte, ¿en el lugar donde se crearon por culturas desaparecidas o en un museo?

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