Una es una ingenua. Los planes encajaban como las piezas de la maquinaria de un reloj. El destino era el reino, alauita. Cuando se piensa en Marruecos la imaginación se da una vuelta por los cerros del exotismo y también (¿por qué no? ) por los inconvenientes de un mundo con grandes lagunas de subdesarrollo. Siempre gana la promesa de lo exótico. De lo contrario no iríamos de vacaciones.

Bajarse al moro. ¿Recuerdan aquella pieza teatral? Llegar a Ceuta es fácil. Lo difícil es salir. El puesto de frontera es un infierno. Antes de llegar al punto de control de pasaportes debes esperar en un solar descampado a la sombra del barrio de Tarajal, junto a un hospital. Un cartel a la entrada indica que tienes tres horas de espera. Cuando llevas hora y media el cartel cambia: el tiempo de espera sube a cuatro horas. Hay un barracón que hace las veces de bar, unos baños portátiles, y tres grifos de agua para abluciones y emergencias. Secuestrados. Al caer el sol en un punto de ese inmenso aparcamiento, estalla una sublevación: «nos tratan como si fuéramos ganado».

En la aduana

Al cabo de las cuatro horas la fila se mueve: es tu turno. Llegas al puesto de frontera y te das cuenta de que aquello era el purgatorio, ahora estás en el infierno. A dos metros un marroquí pide ayuda para que empujen su coche, porque se acaba de morir. Al otro lado una señora llora desconsolada en un coche ocupado por una familia, numerosa. En el control de aduanas un agente revisa la maleta de un marroquí que lleva cuatro carretes de pesca. Le pregunta para qué quiere tantos. Insinúa un detalle de reparto para engrasar el paso de frontera. Una se pregunta cómo es posible que Marruecos trate tan mal a los nacionales que regresan a su país a pasar unas vacaciones. Vienen desde Bélgica, desde Francia, algunos desde Italia.

Pasado el infierno, el alivio. Ya lo dijo Mark Twain: la comedia es la tragedia más el tiempo. En el recuerdo, los malos tiempos se contemplan con piedad y con humor. Circulamos por una autovía bien asfaltada, y conforme pasan los minutos la tensión se relaja. Estamos a punto de empezar a cantar en el coche cuando llega un mensaje al móvil. La dueña de la casa que hemos alquilado para pasar la noche en Chefchauen dice que tiene lío, que se va de cena, que es la fiesta del cordero, y que nos dén. Que no tenemos dónde dormir. Que mejor no vayamos. Que no devuelve el dinero pagado por anticipado. ¿Qué mala hierba habrá fumado? ¿Cómo alguien que se dedica a la hostelería, aunque sea a través de Airbnb, puede ser tan poco profesional, tan abandonado, tan dejado, tan incompetente? ¿Qué más nos puede pasar? La dueña es española así que no cabe achacar su incompetencia profesional, su nulo sentido de la hospitalidad a una cultura ajena. Un marroquí, alabado sea Alá el misericordioso y su profeta Mohammed, nunca cometería un pecado tan vil.

Hotel Tetuán

No pasa nada. La afrenta nos permitió conocer Tetuán en vísperas de fiesta, con las calles abarrotadas, y un hotel, el Málaga, de aspecto exterior modernista y de interior medieval. En el Málaga descubrimos que hay una forma de ducha integrada en el baño, que no necesita mamparas ni suelos peligrosos. El grifo elevado deja caer el agua sobre el suelo del baño donde un desagüe de una gloriosa eficacia se lleva la corriente sin más historias. Dormimos bien, en cama dura. Ya saben: para dormir, cuanto más dura mejor, sea solo o en compañía. La mañana en Tetuán, deliciosa. En las cafeterías hacen pastelería francesa y marroquí, hablan árabe y español. En Tetuán se sigue hablando mucho español, la gente es amable y tranquila.

Hotel Málaga
Hotel Málaga, en Tetuán

Carretera. Las carreteras son buenas. Y llenas de banderas nacionales, sobre todo en el Rif, que es la región del norte del país. Los rifeños tienen una fama acreditada de levantiscos. Al rey Hassan le dieron algún disgusto, y el rey no dudó en disparar a los sublevados desde helicópteros artillados. Así que las banderas en las rotondas y en el borde de las vías, indican quién manda aquí.

Los únicos peligros en el tráfico marroquí son las rotondas de las ciudades, donde cada conductor sigue una regla particular, y el afán de los marroquíes por cruzar las autovías por cualquier punto, a todo correr, como si fueran gamos saltando entre los coches. La primera vez que te sucede tienes pesadillas durante unos días: en tu sueño salta uno al que no puedes esquivar. Luego te acostumbras.

La seriedad episcopal del marroquí

El norte de Marruecos, hasta más allá de Rabat, es verde, y esto produce más de una sorpresa. Hay cultivos de plátanos, alcornoques, eucaliptos, algunas vacas y la amenaza de muchas cabras. En los peajes se paga con dirham o con euros, y en las áreas de servicio te atienden con una seriedad episcopal. El marroquí es muy serio, excesivamente serio. Cuando despliega su simpatía, es con la esperanza de una buena venta. Si la venta se frustra, el marroquí vuelve a su estado crustáceo, a la cara de acelga, a su estado de hibernación. Una piensa a veces que el marroquí es un ser cansado, como diría Quevedo. Quizá ha intentado la vía de la persuasión, pero como en el país las cosas no cambian, ha perdido la esperanza y ya no hace el esfuerzo de ganarse al forastero.

Mercado en una ciudad marroquí
Mercado en una ciudad marroquí

Más allá de la megápolis de Casablanca, en los campos, los arados son arrastrados por burros y se atraviesa por pueblos poseídos por la algarabía de los mercados: la calle es un zoco lleno de carros tirados por caballos, de carromatos cargados de cajas hasta el cielo, y gentes comprando, vendiendo, o simplemente haciendo vida social. Conforme avanzamos hacia el sur las carreteras empeoran y aparecen en los cruces unos seres solitarios, sentados en medio de la nada, solos. Quietos. ¿Esperan un transporte? El espacio se va haciendo desierto. Y horas después aparece el mar, y el perfil de la ciudad, y los guardias reales a la entrada de las ciudades.

*Próximo capítulo, Essaouira

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