Boldini y la pintura española a finales del siglo XIX. El espíritu de una época. Fundación Mapfre. Paseo de Recoletos. Madrid

Bienvenidos al mundo de Boldini: bellas mujeres, en lujosos salones o en maravillosos jardines. Mujeres indolentes, abandonadas a un placer tranquilo. Seres como los que habitan en las novelas de Marcel Proust. La primera impresión es que estamos ante un artista de moda en su tiempo, un creador complaciente, dueño de una técnica puesta al servicio de la adulación. La exposición inaugurada en la Fundación Mapfre intenta combatir este tópico con un acento en el talento artístico del pintor.

Es por esa razón por la que la muestra pone en confrontación los cuadros de Boldini con los de otros maestros de la época, pintores españoles que estuvieron en contacto con el italiano. La Mapfre nos ha ofrecido algunas muestras muy interesantes de otros artistas a los que pone en su contexto, en diálogo con otros pintores de su época.

Boldini nació en Ferrada a mitades del siglo XIX. Pero su vida es francesa, y en Francia se convirtió en uno de los más importantes retratistas del cambio de siglo. Se instaló en París en 1871 y enseguida fue uno de los más célebres pintores de Montmartre, ese espacio que hoy sigue siendo un museo vivo de la legendaria bohemia internacional. Sus primeras influencias después de llegar a París las recibe de Meissioner y Fortuny. A Fortuny nunca le llegó a conocer, porque el español tuvo una muerte prematura. Boldini mantuvo un estilo único durante toda su vida. Se basa en la intuición del instante y en el movimiento, reflejado con rápidas pinceladas, pero sin perder nunca de vista la figura y la expresión del retratado

Boldini
Boldini. En el banco del Bois

Al lado de las pinturas del artista de Ferrara la muestra incluye piezas de algunos de los pintores españoles residentes en el París de la época. La exposición reproduce por tanto, el diálogo de artistas que convivieron en el mismo espacio, que compitieron por los mismos clientes, y que compartieron esa época posterior a la guerra franco-prusiana. La influencia de Mariano Fortuny y las escenas de carácter dieciochesco sobre la pintura de Boldini es una las conexiones. No es la única. El gusto por la pintura de género con escenas amables y anecdóticas, el interés por el discurrir de la ciudad moderna, el disfrute del paisaje y sobre todo las ideas compartidas sobre la renovación del género del retrato, son los aspectos que hacen que la pintura de unos y otros camine de la mano en este cambio de siglo. Estamos en la Belle Époque, el tiempo más dulce antes del hundimiento y de los tormentos de la primera guerra mundial.

Entre la tradición y la innovación

Es el espíritu de una época: el pasado no es un tiempo perdido, es un tiempo que puede ser recobrado a través de la literatura y el arte. Marcel Proust llevó este principio hasta las últimas consecuencias en El tiempo recobrado, último volumen de En busca del tiempo perdido. Las obras de Giovanni Boldini junto con las de Mariano Fortuny, Eduardo Zamacois o Raimundo de Madrazo, expresan un tiempo que se ha ido pero que, sin embargo, nos resulta tremendamente familiar, quizá porque más que una ‘circunstancia concreta’ reflejan el espíritu de toda una época. 

Boldini y la influencia de Mariano Fortuny y Marsal

A su llegada a París en 1871, tras haber trabajado junto a los Macchiaioli en sus primeros años florentinos, Boldini se dedica a los ‘cuadros a la moda‘, de inspiración fortuniana. Coleccionistas y marchantes se disputan su obra. Se trata de ‘cuadritos’ de mediano o pequeño formato, a menudo de espíritu dieciochesco, que narran historias sencillas y anecdóticas fácilmente comprensibles para el público, que los colecciona con profusión. Otro español, el pintor Raimundo de Madrazo recoge en París el testigo de este tipo de escenas tras la marcha de Fortuny a Roma y Boldini entra pronto en contacto con el pintor español y su círculo, como se puede apreciar en El mantón rojo, del propio Boldini, o en algunas de las escenas de calle del catalán Román Ribera. Su tema y sus técnicas son tan similares a las de Boldini que en tiempo reciente su obra ha sido muchas veces confundida con la del pintor de Ferrara. 

Céo de Mérode
Boldini: Cléo de Mérode

Los pintores españoles afincados en París

Entre las décadas de 1860 y 1870, la ciudad de París comienza a desplazar en importancia a Roma como ‘la capital del arte’. Los pintores españoles que buscaban emular a los ya académicos llegan a la capital con la intención de entrar en la École des Beaux-Arts, con la esperanza de poder ver algún día sus obras colgadas en el Salón oficial, como las de sus maestros. Raimundo de Madrazo se instala en la capital francesa en 1855 y Eduardo Zamacois, en 1860. Tanto Zamacois como Mariano Fortuny son conocidos por sus pequeños cuadros preciosistas, los denominados tableautints, muy apreciados entre la burguesía parisina, y los pintores españoles tratan, en gran medida, de responder a las necesidades de este gusto burgués. La temática de estas pequeñas obras procede en buena parte de Meissonier, de quien Zamacois era discípulo, así como de la pintura holandesa y flamenca del siglo XVII.

El retrato de la Belle Époque

Junto con John Singer Sargent, James Abbott McNeill Whistler y los más jóvenes Joaquín Sorolla e Ignacio Zuloaga, Giovanni Boldini se convirtió en una de las figuras más importantes entre los denominados ‘retratistas mundanos‘. Lo que comparten todos estos artistas especializados en lo que se conoce como ‘retrato elegante‘ fueron sus ideas en torno a la renovación del género: la necesidad de dejar atrás representaciones estereotipadas (‘retrato de aparato‘) para dar entrada a la espontaneidad, la idea de movimiento y la aproximación psicológica hacia el retratado. Encontramos estos rasgos compartidos en retratos como La parisiense de Ramón Casas, Clotilde García del Castillo de Joaquín Sorolla y el retrato de Boldini al pintor Whistler, por citar solo algunos.

La estrella de esta exposición es el retrato de una bailarina legendaria, una mujer que pasaba por ser la más bella de su tiempo, la bailarina Cléo de Mérode, musa de pintores y fotógrafos, y quizá uno de los primeros iconos femeninos de la modernidad. Su retrato está realizado con pinceladas dinámicas, un estilo libre, muestra de la modernización de un género al que le quedaba ya poco tiempo de vida porque era un reducto del pasado. Dégas llevaba unos años pintando mujeres en el tocador, y sutiles bailarinas de la ópera. Las grandes damas del retrato burgués habían pasado a la historia.

El ferrarés, junto con los pintores anteriormente citados, erigió una galería de retratos a medio camino entre la tradición y la innovación que transmite de forma certera el espíritu de una sociedad, mundana, y de un mundo, decadente, que finalizará con la Primera Guerra Mundial.

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