viernes, febrero 23, 2024
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‘Tocar el mundo’, para entender la pintura. Una lección de N. Bilbeny

Tocar el mundo. Una introducción informal a la pintura. Norbert Bilbeny. Editorial Elba. Hablar con claridad de la pintura, buscar su sentido, y hacerlo...

Miquel Barceló y las acuarelas y cerámicas del mar de Kenia

Kiwayu. Galería Elvira González. Calle Álvarez Quintero, 1. Madrid. Otro nómada, Paul Bowles, sirve de prólogo en el catálogo a las acuarelas y cerámicas de...

Caravaggio, ese pintor moderno, explicado por Roberto Longhi

Caravaggio. Roberto Longhi. Edición de Artur Ramón. Traducción de José Ramón Monreal. Editorial Elba. Caravaggio como un pintor moderno. Esa es en síntesis la...

Nostalgia del vendedor en las fotografías de Ole Joergensen

Ole Marius Joergensen es un fotógrafo noruego que comenzó en el cine. Su formación académica viene de ese mundo. Se nota. Sus imágenes deben mucho a la forma de iluminar para las películas, que buscan crear un ambiente, sugerir sentimientos a través del tono y del color de la luz. Su capacidad de crear atmósferas con propósitos narrativos se muestra en esta serie sobre el vendedor, esa figura que murió con la tecnología, el hombre (generalmente eran hombres) que vendían puerta a puerta. Lo digital los dejó en el olvido. Eran una de las figuras más poéticas del capitalismo predigital. Muerte de un viajante, de Arthur Miller, exploró su mundo y a la vez lo convirtió en una figura literaria de referencia. Ole Marius Joergensen lo recrea en una serie de fotografías de una gran capacidad narrativa.

Morandi, la vida íntima de los objetos

Morandi. Resonancia infinita, en la Fundación Mapfre, es una gran oportunidad de hacer un recorrido por toda la obra de uno de los pintores más singulares del siglo XX. Giorgio Morandi (Bolonia, 1890-1964) es inclasificable. Morandi es solo Morandi, aunque en sus primeros pasos demuestre la influencia de la pintura metafísica, del cubismo o de la corriente que nace con fuerza en Cézanne. Apenas viajó fuera de Italia, y pasó toda su vida en su taller, que era su casa, en la Via Fondazza de Bolonia. Su proyecto, al que dedicó toda su vida, se alimenta de objetos cotidianos, de los paisajes que ve desde su casa, de las cosas que tiene a mano. Con ellos construye, como afirma Ardengo Soffici «un conjunto armonioso de colores, formas y volúmenes que obedecen exclusivamente a las leyes de la unidad, como la belleza de los acordes». La muestra dialoga además con algunos pintores y escultores en los que la huella de Morandi es profunda, como Aquerreta o Bertozzi.

Giorgio Morandi, visto de cerca por su mejor amigo, crítico y coleccionista

Una vida tan recogida como la de Giorgio Morandi, una dedicación tan monacal a la pintura, tan concentrada, tan entregada, en cuerpo y alma, tan silenciosa, requiere un despliegue racional, una explicación desde fuera que solo un gran amigo, cercano, observador, está en condiciones de desarrollar. Ese papel, en el caso de Giorgio Morandi, lo ejerce Luigi Magnani, desde la amistad, desde la admiración, y desde el gusto por el arte. Mi Morandi es un libro tan interesante, con tanta sabiduría sobre la pintura, y sobre la postura del artista ante la vida, que el lector no deja de tomar notas, subrayar y destacar frases, párrafos, ideas

El regreso de Carmen Laffón y los paisajes de la sal

Que Carmen Laffón haya regresado a Madrid es una gran noticia. Que siga pintando, dibujando, creando esculturas, es un motivo de celebración. Tiene 87 años. Sigue activa. No hay júbilo sin trabajo. Jubilación es seguir creando, óleos pintados sobre madera, y no pequeños. Sigue haciendo dibujos y esculturas, también bajorrelieves. Ya pasó por los temas de la cal, los paisajes de las viñas, las laderas llenas de arbustos de los cotos. Ahora declina la sal y sus paisajes, sutiles, porque pintar los matices del blanco es acercarse a la abstracción. A sus 87 años, Carmen Laffón regresa a Madrid, pero en realidad ha emprendido un camino a su infancia, a las salinas de Bonanza, en Sanlúcar de Barrameda. La ciudad blanca. Donde Carmen comenzó a pintar y a soñar.

José Manuel Ciria: «mis cuadros no dan paz, pero se convierten en amigos»

José Manuel Ciria habita un estudio grande en una zona industrial del noroeste de Madrid. La planta tiene dos grandes salas en las que guarda cuadros de grandes dimensiones: "ahora estoy trabajando en una serie de cuadros gigantescos". Ciria es cordial, de risa ciclónica y grave. Andrés Isaac le definió así: " Ciria es todo aquello que si yo fuera artista terminaría siendo exactamente igual. Apasionado, frontal, sistemático, coherente, oportuno, generoso y brillante" Su pintura también responde a esa ráfaga de adjetivos. Fuma sin descanso y pone todo a la entrevista con un güisqui civilizado, que es el que uno se toma a la hora del aperitivo.