Kiwayu. Galería Elvira González. Calle Álvarez Quintero, 1. Madrid.

Otro nómada, Paul Bowles, sirve de prólogo en el catálogo a las acuarelas y cerámicas de MiquelBarceló en Kiwayu. El desierto y la selva tropical, dice Bowles, son los dos paisajes que han tenido el podre de estimularle. El escritor compró, desde Madrid, por cierto, una isla en la costa de Ceilán. Entre aquel islote y el Polo sur no hay más que la inmensidad del océano. Bowles era un escritor de frontera, uno de esos humanos que buscan el riesgo del límite, como para poner a prueba la existencia de un protector.

Miquel Barceló

Las notas del cuaderno de Kiwayu de Miquel Barceló, que completan el catálogo, nos dicen que el pintor llegó al archipiélago de Lamu en medio de una crisis sentimental. Cada mañana se zambullía en el mar, vestido con unas aletas de submarinismo para largos recorridos. Después del mar, el día tomaba otro rumbo: «a menudo he notado que, cuando en la vida todo parece irse al carajo, en el estudio pasan cosas». El artista encuentra en los cuadros el orden, el sentido, que no aparece en el resto de las cosas. «Hacia el final de mi estancia en Kiwayu, ya casi no pensaba en mis historias sentimentales».

En las paredes cuelgan acuarelas de un primitivismo enérgico: danzas, cuerpos revestidos de una pelambre de púas, cuerpos que nadan entre peces, cangrejos, insectos, y una flora marina que lo invade todo con sus formas de anémona. Las cerámicas, como hechas a golpes, soporte a veces de la pintura de una figura que sube por la escalera, otras mezcla de formas marinas a punto de revelarse en el barro, como en Peix elefant. Colores rojos, verdes, amarillos, azules marinos, ocres,

En las Notas del cuaderno de Kiwayu Barceló hace un viaje de recuerdos por los papeles: la búsqueda de un soporte excelente por Japón, Nepal, Tailandia, India, Turkestán. También le sirve el que utilizan para embalar cemento en Mauritania, o el que venden al peso en un almacén de material de construcción en Montcada. Otra cuestión es el estudio. Barceló se confiesa experto en organizarlo en cualquier lugar. En Kiwayu quitó las camas de la cabaña, tapó el suelo con esteras y construyó una mesa grande. Las fotos de la choza muestran un retrete sin paredes en cuya cisterna de agua beben unos monos.

La cerámica, dice, es una exploración. Las acuarelas son ligeras y veloces. Es interesante cuando afirma que tanto las pinturas como las acuarelas son supervivientes de un naufragio general. En el caso de las cerámicas lo ilustra con una cadena de fracasos y accidentes. Entre otros, la obra de su ceramista, un borracho que el día de una importante cocción carbonizó toda la producción del artista. Meses de trabajo convertidos en una Pompeya irrecuperable. O en Malí. No había horno. Las cerámicas, sometidas a la intemperie, terminaron por volver a ser barro.

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