Una Inglaterra decadente. El que tiene dinero es un ladrón sin escrúpulos. Los que no lo tienen son también ladrones, con la misma actitud, algo más divertida. La historia gira en torno a una banda de ladrones profesionales. Es lo que son, y se lo repiten cada vez que se plantea un atraco, o cuando aparece una alternativa algo más decente. El líder de la banda es un antilíder y un antihéroe. Vincent O’Neill es un tipo flaco de peinado ridículo y cani, que sufre trastorno bipolar. Daniel Brocklehurst contrató a un actor con ese trastorno, Joseph Gilgun. El resultado es una serie gamberra, desternillante, loca, desinhibida, que se ríe de todo, y en la que todo termina en tragicomedia.

Un círculo vicioso

Brassic es una comedia rural, y el espectador se pasa buena parte de los capítulos preguntándose dónde vive esta banda de tipos simpáticos y disparatados a los que todo les sale mal. Si buscan solución a un problema la salida pasa por robar algo. Si el robo sale bien, el éxito es un foco de nuevos problemas. Y así sin solución de continuidad. NO hay esperanza. Un círculo vicioso. Como no hay salida, los chicos se entregan al golferío: tráfico de marihuana, una sala de masajes eróticos, un taller donde tunear coches robados, y partidas de cartas donde el primo siempre palma la pasta.

Brassic
Brassic: de izquierda a derecha, Vincent, Erin y Dylan

Vamos, que en Brassic nadie gana dinero por medios honrados. Y si alguna vez a alguno de los que integran la banda se le ocurre pasar por una escuela para tener un título de fontanero, la vieja hermandad se lo quitará de la cabeza rápido. Cualquier intento de salir de ese mundo termina en fracaso. Para los que busquen situar la serie en el mapa, les diré que está ambientada en Lancashire, al norte de Manchester. Vincent (Vinnie) es el bipolar. Acude con regularidad a un médico que intenta animarle: sexo, cómprate un perro, y esas cosas de la psicología barata.

Póker, boxeo y masoquistas

Todos están al otro lado de la ley. Tommo lleva un negocio donde se cruzan masoquistas (qué afición en las islas por ser atados y azotados vestidos con unos calzoncillos de cuero), Aaron es un boxeador de peleas clandestinas. Es noble y corto de luces, pero buen chico. Y Dylan se gana la vida en partidas de póker mientras su novia Erin (Michelle Keegan) estudia para salir del agujero. Vano intento.

Los negocios en los que se meten tienen todos muy buena pinta: pasta fácil y rápida. A menudo son encargos: píllame un saco de marihuana, róbame un caballo, o hazme un trabajito que le vuelva loca a mi ex mujer. Sobre el papel, la banda solo ve rentabilidad. La realidad es otra cosa.

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La pandilla de Vinnie. (Fuente: Filmin)

Una banda sonora de colección

Claro que esos finales agrios te dejan un sabor de boca un tanto triste. Eso sí, después de carcajadas estruendosas. La serie en este sentido es adictiva. Te vas a reír desde el primer capítulo. El robo de un ponnie resuelve uno de esos encargos, pero el caballo es de un rico mafioso que jura venganza. Hay que teñir el pelo del ponnie para que no parezca rubio.

La serie da vueltas siempre sobre el círculo de la decadencia, la falta de expectativas y la celebración de la ruina. Los campesinos son sucios y racistas, se pelean continuamente y le sacan el culo a la policía cuando los agentes vienen a buscar a los ladrones. Brassic es una serie gamberra, salvaje, a ratos vulgar, pero consigue una cercanía y una empatía con sus personajes que te hace seguirla hasta el final. Son nobles, están unidos, tienen buenos sentimientos y magníficas intenciones. Pero todo termina en el desastre.

Van de fracaso en fracaso. ¿Cómo no sentirse cerca de ellos? A uno le gustaría vivir en un barrio como ese, en un pueblo como el de la serie, para tener amigos como estos y pasar noches de farra imaginando el siguiente golpe. El que nos hará ricos. No para salir de aquí, porque aquí estamos muy bien. Y porque el mundo de los ricos está lleno de cretinos. La tienes en Filmin. Más pistas no te puedo dar. La banda sonora es para hacerse una buena lista de canciones. Subraya los momentos más intensos, eleva el tono cuando hace falta, puntea los cambios y giros, y no invade más de lo necesario.

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