‘El desván de las musas dormidas’, o el mundo visto por primera vez

El desván de las musas dormidas. Fulgencio Argüelles. Editorial Acantilado

Con una prosa rítmica, de un gran poder evocador, Fulgencio Argüelles traza en esta novela el recorrido vital de un niño, desde la edad temprana, hasta la tardía adolescencia. En ese arco vital explora la señas de identidad, el descubrimiento del mundo, el deslumbrante estupor con el que se ven las cosas por primera vez. Ese estimulante ser para el mundo por vez primera está reconstruido en El desván de las musas dormidas con una extraordinaria fuerza evocadora, sencilla y poética: «el mundo era muy reciente. Todo acababa de nacer para que yo lo descubriera», dice el narrador en ese continuo soliloquio en el que las historias están enhebradas con ese enlace azaroso que nos procura la memoria, siempre caprichosa, que salta de piedra en piedra por el río de los recuerdos.

El desván de las musas dormidas

En El desván de las musas dormidas la cadena de hechos e imágenes, sucesos, sentimientos e impresiones recuerda al rítmico sucederse de anotaciones que Camilo José Cela utilizó en Madera de boj. El niño recuerda destellos de la primera casa, un estante con libros, unos geranios, el desván donde su padre, empleado del lavadero de carbón de una mina, daba clases. El padre, que había terminado sus estudios con 32 matrículas de honor, que sufría de ataques de epilepsia y fuertes dolores de cabeza. El niño, que anota en un cuaderno azul las palabras nuevas con su significado, que pregunta al padre sabio, que se aprende las musas esculpidas en los brazos de un candelabro que forma parte del ajuar familiar.

La historia que narra el El desván de las musas dormidas es la de cómo el narrador se hizo escritor: coleccionista de palabras, poeta balbuciente, narrador de su propia identidad. No hay apenas nombres. Tan solo el de algunos poetas y escritores: Cela, José Hierro, Antonio Machado, Horacio. Nada de nombres de compañeros de clase, de vecinos del pueblo: «no quiero escribir los nombres de aquellos compañeros de infancia. No debo escribir el nombre de nadie. Recordar sin nombres es atender a los rostros, a la piel desnuda, como una mayor consideración de aquella intemperie en medio de la cual crecíamos. Yo era el de la cicatriz en la cabeza en forma de herradura, y más tarde, además, el de los cuatro ojos».

Imaginación y memoria

Tampoco hay nombres de lugares. La geografía del recuerdo no entiende de municipios y provincias. Todo es lejos o cerca. En el lugar donde viven, el narrador va enhebrando piedras en el collar del cuento: un ufano falangista, un maestro autoritario, un sastre que fue anarquista, un amigo al que apoda el culpable, la madre, y el padre como referencia permanente, omnipresente, al que van dirigidas todas las preguntas, envuelto siempre en el misterio de la enfermedad. Un secreto que se irá revelando a medida que avanza el relato y el niño se hace adolescente, y completa el misterio con las versiones de otros familiares.

El narrador reflexiona sobre los mecanismos de la memoria, sobre su fiabilidad: «no sé si es posible distinguir entre imaginación y memoria. La memoria habita en el univeso de la fantasía, porque necesita las herramientas de la imaginación para enfrentarse al paso arrollador del tiempo, no quiere quedar disuelta, tampoco convertirse en piedra, y necesita de la blandura y la luz de las imágenes creadas para no chocar contra la dura y oscura realidad». En este Armarcord que traza Argüelles, el narrador visita los sótanos de la memoria, «donde huele a polvo de desván». Ahí están los años de seminario en Covadonga. No está nombrado el lugar, pero la Virgen y la cueva nos permiten situarlo allí. Y la ciudad como destino. El recuerdo como oración: «pienso que a veces escribo para no recordar cómo se reza». Hay mucha nostalgia en el relato: «supongo que la peste de la nostalgia se irá, como se van todas las pestes. O tal vez no, tan vez forme parte esencial de la existencia».

Argüelles vuelve en este relato al mundo propio, a esa geografía asturiana en la que se mezclan las brumas con los secretos del pasado, la culpa, los personajes marcados por las derrotas, las públicas y las privadas. La novedad en este caso es la extraordinaria capacidad que demuestra para evocar el mundo interior de un niño que ve ese paisaje humano y físico por vez primera, su estupor ante la belleza, la íntima convulsión ante el dolor o la tragedia.

Alfredo Urdaci
Alfredo Urdaci
Nacido en Pamplona en 1959. Estudié Ciencias de la Información en la Universidad de Navarra. Premio fin de Carrera 1983. Estudié Filosofía en la Complutense. He trabajado en Diario 16, Radio Nacional de España y TVE. He publicado algunos libros y me gusta escribir sobre los libros que he leído, la música que he escuchado, las cosas que veo, y los restaurantes que he descubierto. Sin más pretensión que compartir la vida buena.

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