Esta entrevista forma parte del libro Cuéntame algo bueno. Conversaciones con mujeres, de Alfredo Urdaci, publicado por Ludiana editores.

Barcelona. En la explanada de la estación de Sants una señora de pelo crespo de peluquería le grita a un teléfono móvil de aquellos de bisagra. Aspira las eses y golpea el acento de las palabras agudas. A su lado, un marido inmóvil y silente custodia dos maletas colosales. La hija del matrimonio no les encuentra. Al final los localiza, no por el teléfono sino por las voces estridentes de la mujer. España como plaza de un pueblo. Escenas repetidas en un mundo de nómadas. En el Paseo de Gracia los hay de los cinco continentes. Visten mini shorts y camisetas. Solo los dependientes de las tiendas de lujo llevan traje negro y unas corbatas estrechas como sables. El portero del hotel donde hemos quedado con Hannan nos saluda en inglés. Y tan feliz.

Árabe, de padres marroquíes, y española.

Soy hija de marroquíes, nacida en Barcelona en 1974, antes de que España cambiara el régimen político. Fuimos de las primeras familias llegadas de Marruecos. Y me gusta destacar que no teníamos la percepción de ser diferentes, vivíamos nuestra identidad con una gran naturalidad. Mi padre no vino a crear una mezquita para reconciliarse con Alá, vino a buscar una oportunidad y la encontró. Cambió su estatuto: en Marruecos era un súbdito, aquí pasó a ser un ciudadano.

Venía de la pobreza.

La primera emigración venía de las zonas más pobres de Marruecos. Yo he sido la primera de mi familia que ha tenido un lápiz en la mano. Mi padre nació en una aldea de montaña, y de ahí pasó a Larache. Era pescador, y un    día un español de la comunidad judía de Larache le animó a venir a Barcelona  y gracias a eso pudo realizar su sueño, se casó, trajo a mi madre y aquí nací yo. Un proyecto exitoso hasta que falleció en un accidente laboral. Fue un ascensor social: pudo desarrollar un proyecto de vida y tener una dignidad.

Usted era una niña cuando pierde a su padre.

Tenía seis años. A partir de ese momento mi madre decide quedarse porque no había vuelta atrás. Nos fuimos a vivir a Figueras, donde mi madre, como tantos otros inmigrantes, de Marruecos o de Extremadura, trabajaban en la hostelería. Había una emigración sana, natural, que se mezclaba, que convivían. Es lo que yo viví. Pero la cosa se torció, para mí y para el resto de Europa, a partir de los 90. Fue cuando empezaron a huir de Marruecos, de Argelia o Egipto, líderes o simpatizantes de las corrientes salafistas. Fue después de las revueltas del pan o de la persecución contra los Hermanos Musulmanes. Venían con una ideología. Hay que distinguir entre la fe musulmana y el intento de construir una sociedad islámica. Son dos cosas muy diferentes. Aquella migración extremista vio la posibilidad y el potencial de asentarse en Europa y de manipular a los inmigrantes árabes que no tenían formación ni conocimientos de su cultura de origen, gentes que no habían leído el Corán ni habían pisado una escuela porque venían de zonas extremadamente pobres. Ahí empezaron a dominar la comunidad.

Y su madre se vuelve a casar.

Con una persona de esa corriente salafista, afincado en Figueras, que ha creado la primera mezquita en esa ciudad. Y eso supone un cambio radical. La convivencia cambia. De tener amigos y conocidos españoles, de ir a las bodas de sus compañeros, a separarse e imponer un orden de exclusión entre hombres y mujeres en el espacio público. Impuso que mi madre no trabajase, y yo debía ser descontaminada de todo lo occidental. Así que paso de haber crecido viendo Barrio Sésamo y La Cometa blanca, o La Clave, o de escuchar Alaska y los Pegamoides a los casetes de recitados coránicos, o a ver películas iraníes siempre con el mismo argumento: un joven que cae en la bebida y fuma y acaba por reconciliarse con su familia a través del islam.

Un cambio radical.

Lo peor llegó cuando concertó mi matrimonio con una persona de su entorno. Me encontré en la tesitura de tomar una decisión. Y tuve la suerte de haber vivido con normalidad mi origen árabe y musulmán, como una española más que no había tenido ningún conflicto en la escuela. Yo hacía Ramadán y cuando en el comedor había jamón me hacían una tortilla. Mi madre pasaba   las tardes de domingo con sus compañeros españoles, iba a sus bodas. Todo era normal y nunca me sentí ni discriminada ni señalada. Yo hacía deporte, me gustaba el atletismo y el fútbol y cuando hacíamos equipos me elegían por delante de algunos chicos. Tuve la suerte de crecer en la España de los ochenta, cuando todo nos parecía nuevo y después de colocar los recuerdos, cada uno en su sitio, tengo un recuerdo de felicidad, de tardes de domingo escuchando a los Hombres G o a la Alaska de La bola de Cristal. Todos esos elementos con los que yo construí mi personalidad hicieron que cuando tuve que tomar una decisión, con la con- ciencia y la fuerza que puede tener una adolescente de catorce años, me pudiera posicionar de forma contundente, y a pesar de las amenazas y de las coacciones, de los miedos, tomara la decisión de ser yo misma y de salir de aquella situación.

Así que se negó a ese matrimonio concertado. Una ruptura radical.

Ruptura con mi familia y con la comunidad. Para la ideología de ese señor, renegar del matrimonio era una deshonra. Para mi madre, ante su comunidad, era un fracaso, el de no haber educado, el de no haber sabido proteger     a la comunidad. Y luego estaba la gente de la comunidad. Tener un contacto conmigo era estar del lado de los otros. El repudio venía impuesto. Me pasó con algunas personas, el decirme: mira, no puedo hablar contigo porque eso significa posicionarme. Tuve  suerte porque escapé. Me localizaron las autoridades   y estuve tutelada por la Generalitat. Tenía quince años. En aquella época la comunidad no estaba tan blindada y pude escapar y salir bien.

¿Hoy sería más difícil?

Hoy en día es imposible, porque si yo la presión y el control los tenía en casa, hoy el gueto que se ha generado es mucho más férreo. No hablamos de un gueto social o económico, como puede ser el barrio de la Mina. Estamos hablando de guetos que instauran su propia sociedad, que imponen un orden social paralelo. Esto no se va a solucionar con medidas sociales porque es un gueto ideológico. Se dice a veces que faltan recursos. No es una cuestión económica.

El hiyab es un símbolo de opresión y una forma de marcar terrenos. Ahora está en expansión un feminismo contemporáneo que apela a la “libertad” del hiyab

Hannan Serroukh

En esos guetos islamistas se mueve mucho dinero.

Estamos hablando de guetos donde no existen derechos de ciudadanía. Y donde las jóvenes que están en proceso de construir su identidad como ciudadanas españolas, sin olvidar su origen, que es una riqueza y una fortaleza de nuestra sociedad, esas jóvenes no tienen apenas recursos para batallar por su libertad. Hemos llegado además al extremo absurdo de que en algunos ámbitos universitarios se estén dando mensajes de la construcción identitaria del hiyab, cuando hay mujeres muriendo en Irán por liberarse de la presión que supone.   El hiyab es un símbolo de opresión y una forma de marcar terrenos. Ahora está en expansión un feminismo contemporáneo que apela a la “libertad” del hiyab. Cierto que hay mujeres que se lo ponen pero porque están de acuerdo con el modelo islámico de sociedad. Yo me niego. Y alguna ventaja puedo tener en el análisis de esta situación porque he visto cómo mi padre, en su trayectoria, venía de un modelo fracasado de sociedad islámica. He visto lo que le ha supuesto entrar en una sociedad democrática. Tengo claro mi compromiso con mi país, que supone aportar esa experiencia para evitar el regreso a ese fracaso. Lo llevo diciendo desde los 18 años, y moriré en esa batalla. Volviendo a mi decisión, a las chicas ahora les es más difícil ser libres en estos entornos, porque les impiden tener ese sentimiento de pertenencia a la sociedad de la que forman parte, ya sea en España, en Bélgica o en Francia, porque esos guetos bloquean esos sentimientos de pertenencia.

Siempre fiel a mi misma

Usted vive tutelada hasta los 18 años. ¿Y después?

Salí de la tutela en el año 92. Era la Barcelona de la Olimpíada, ciudad abierta al mundo, y veía a los voluntarios olímpicos, participando, felices, y yo venía de esa experiencia traumática. Y salgo sin nada, sin recursos. Me planteé entrar en el ejército, porque tenía clara la vocación de servir. Estudié auxiliar de clínica, y después, trabajando con un chico que se había quedado tetrapléjico empecé a reflexionar sobre las limitaciones. Todos las tenemos. A veces son de movilidad, otras son emocionales, o sociales. Y de ahí surgió la idea de crear una organización que se llama Punto de Referencia y que ya lleva funcionando 20 años.

¿Para qué?

Para jóvenes que salen de la tutela y no tienen modelos ni referentes para avanzar en la sociedad. No es tanto el apoyo material sino el emocional, el tener una guía práctica. Empezamos a levantar la voz sobre estas situaciones. Un joven que sale de la tutela y no tiene nada es fácil que vuelva a caer en la exclusión. Conseguimos que la administración entendiera que se podía mejorar y los incluyeron en la renta mínima para fomentar su autonomía. Luego desde Justicia empezaron a consultarme en los temas de los MENAS marroquíes (menores no acompañados) y formé parte del equipo que trataba a estos jóvenes. Trabajamos en medio abierto, siguiendo su ruta de migración, en coordinación con la Guardia Urbana y la Policía. Llegamos a la conclusión de que la respuesta no puede ser la tutela. Yo propuse que hubiera un retorno, coordinado con la administración consular. Me dijeron que estaba loca, que las oenegés se iban a tirar encima del asunto. Pero mira, la mayor parte de esos menores tenían padres, y cuando hablabas con los padres y les pedías que se hicieran cargo de los hijos te decían que no, que aquí lo tienen todo cubierto. Cuando trabajas en la administración siempre puedes elegir la comodidad o el inconformismo.

Yo intento ser siempre fiel a mí misma, a esa persona que tuvo la valentía de darme la libertad, a aquella niña de catorce años que decidió rebelarse.

Hannan Serroukh

Usted prefiere lo segundo.

Yo intento ser siempre fiel a mí misma, a esa persona que tuvo la valentía de darme la libertad, a aquella niña de catorce años que decidió rebelarse. Ese es un momento fundacional de mi vida, cuando se asientan los fundamentos de lo que soy. Cuando recuerdo esa época, cuanto más tiempo pasa, más vértigo me da. Esa niña fue muy valiente. Al otro lado no tenía una promesa de nada, era un salto al vacío, no tenía una oferta, no había nada. Solo el ser tú misma, el buscar tu identidad, tu libertad.

¿Conoce niñas hoy en esa situación?

Las hay, y por desgracia cuando hablas con ellas te dicen que se casarán y que más tarde pedirán el divorcio, como si fuera un peaje para su libertad. Me duele porque está claro que algo no estamos haciendo bien cuando dejamos que se produzcan estos guetos. Cuando alguien en nuestra sociedad tiene que pagar un peaje por ser libre, es que hemos fracasado. El peaje de tu dignidad es la dignidad de toda la sociedad. Algunos dicen: “es que es hija de árabes, o de musulmanes”. Yo no me considero “hija de…”, yo me considero española, con una riqueza en mi identidad que es parte de la fuerza de la propia sociedad.

¿Qué estamos haciendo mal?

Creo que cuanto más conocimiento tenemos, nuestra práctica es peor; cuanto más burocracia creamos, menos eficaces somos. Lo hemos visto en la crisis. No puede ser que cuando alguien pide una ayuda de alimentos se tarde un mes en resolver su expediente. En ese mes de retraso, ¿esa familia no come? Parece que es más importante tener buenas estadísticas y números muy bien ela- borados que resolver los problemas con eficacia. De ahí viene el descontento de la sociedad, la pérdida de calidad en la atención, en la sanidad, en la educación, o en los servicios sociales. Hemos burocratizado pero no hemos avanzado.

¿Cuál es la palanca que hace que jóvenes integrados abracen el extremismo?

Uno de los mitos que el atentado de Barcelona ha desmontado es que hay una falta de integración en quienes se lanzan a la violencia. El islamismo construye una sociedad dentro de la sociedad, y ahí busca todos los niveles. Ese gueto se construye también con el concepto del ellos y nosotros. Y para eso magnifica cualquier ataque con la idea de la islamofobia. Mire, la comunidad que sufre más agresiones es la gitana. No son los musulmanes. Pero en la estrategia islamista está el magnificar cualquier ataque. Ya lo practicaban los Hermanos Musulmanes cuando se establecieron en Inglaterra. Esa gente no es que se radicalice en un clima de odio, es que pertenecen a un orden social distinto, y pertenecen hasta tal punto que justifican la agresión. Europa no tiene un problema con el islam sino con un concepto de sociedad islámica.

¿El islam es compatible con los valores occidentales?

La fe no tiene ningún problema con la sociedad democrática. Es cierto que necesita una evolución. En Marruecos, en Argelia, anhelan la modernidad. Pero tiene que asentarse una separación del poder político y social y el religioso. Esa es la asignatura pendiente. Y occidente tiene que hacer frente común en esa batalla. Si hasta ahora no se ha hecho ha sido por intereses económicos.

En esa transformación, ¿cuál es el papel de la mujer?

Es fundamental. Por su machismo o a pesar de él, los países árabes dan una gran importancia a la mujer. La mujer es educadora, recoge agua, negocia en los mercados. Pienso en mi abuela, en una aldea de montaña. Los Hermanos Musulmanes, cuando llegan al poder en Egipto sacan a la mujer del ámbito público. A medida que el islamismo ha ido avanzando, la mujer ha ido abandonando la esfera pública, las aulas, los mercados, los medios de comunicación. En Irán, a pesar de la imposición del hiyab, las mujeres se rebelan con un maquillaje fuerte. Es una forma de decir: ¡aquí estamos! Y sin embargo lo que estamos viviendo en Cataluña me lleva a plantearme si debo seguir aquí. Cuando en el parlamento se da reconocimiento público y político al hiyab estamos dando un paso atrás en la igualdad. Es un retroceso. ¿Qué mensaje estamos dando a las mujeres que están preparando sus carreras, sus oposiciones? Moriré denunciándolo. El elemento político del hiyab es parte del problema que genera esa división entre el ellos y el nosotros.

¿Cuál es la clave de la emancipación de la mujer?

La formación. Cuanta más formación, más conocimiento, y más libertad. Siempre le digo a mi hija que estudie y estudie. No para tener éxito profesional sino porque quiero que sea libre.

¿Se siente usted continuadora del viaje que inició su padre?

La imagen que tengo de mi padre es la de un joven vestido con tejanos   y camiseta, con su paquete de cigarros metido en la manga, tomándose un café en el Zurich. Era divertido, amigo de sus amigos. Tengo la foto de mi bautizo musulmán. Todos los invitados eran españoles. Era pescador, trabajaba de noche. Venía temprano con su cesta de sardinas o de atún. En casa había siempre pescado. Cuando pienso en su trayectoria veo que más allá de las estadísticas, de los estudios sociológicos, ese viaje tiene un sentido. Hay que dignificar a la per- sona que migra y hay que protegerla. Es una persona valiente. Pero eso no es lo que vivimos estos días con los asaltos a la frontera. Eso son presiones económicas y políticas, intereses manipulados. No es admisible que a día de hoy no se haya creado una norma europea que regule la migración laboral, y que dé dignidad   a la situación de los migrantes, a la vez que ofrece seguridad a los países. Eso  es un fracaso, un sinsentido. Fuera de la ley solo existe el fracaso, en todos los ámbitos de la vida.

¿Sigue siendo fan de Alaska?

Aquella canción que dice “a quien le importa lo que yo haga, a quien le importa lo que yo diga”, la vuelvo a escuchar y es una sintonía para mi vida. “Mi destino es   lo que yo decido para mí”. Eso es a lo que una se aferra a veces, a la esperanza de avanzar. Ese fue uno de los referentes que me generaron la fuerza para tomar aquella decisión a mis quince años y que me impulsa a seguir.

Usted es analista del GEES y colabora con las fuerzas de seguridad.

Es que tomé una decisión, hice una elección de vida, y eso es un gran compromiso, es mi forma de ayudar a mi país. Mire, en una ocasión, trabajando con menores, dimos con una mezquita en Santa Coloma. Decían que había un imán que trabajaba con los chicos, que era muy bueno, hacían deporte, todo muy bien. Un día me acerqué a hablar con él. El joven no era el imán. Cuando hablé con el imán tuve un sentimiento de que aquello ya lo había vivido. Hicimos un informe y tiempo después se desmanteló allí una célula de Al Qaeda.

¿Cuál fue su intuición?

Mi subconsciente me dijo que aquella no era bueno. El imán no se re-lacionaba con la Administración. Tenía una pantalla, que era aquel joven tan simpático y amable. Cuando fui a ver al imán no me dio la mano, que es lo que hacen los salafistas, y noté su repugnancia por tratar con una mujer vestida con vaqueros y camiseta de manga corta. El extremismo no se combate si esperan a que cometan delitos. Tienes que tener una información más amplia para tomar decisiones, tienes que tener un conocimiento previo de una realidad compleja. Si el extremismo lo abordas desde la vertiente criminal, fracasamos. El peligro es que en las fisuras que tenemos en la sociedad catalana se asiente esta ideología.

Se va la mañana en la charla, en las historias de los hijos. La suya tiene quince años, quince años de Nadia, la edad a la que Hannan se habría casado con un salafista, ofrecida como un trofeo ideológico para mantener la pureza de la sumisión, para garantizar la pervivencia de la cabeza inclinada, la  obediencia. Confiesa que pasó un tiempo de su vida en la Toscana, a la vera de los campos dulces, de los viñedos morados, de los cipreses como flautas. Demasiado tranquilo para un alma rebelde, inquieta, libre.

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