El mundo del condenado a muerte. Las encrucijadas de Camus. Rachel Bespaloff. Introducción de Mónica Mesa. Prólogo y traducción de Manuel Arranz. Hermida Editores.

El lector llega al final de este pequeño libro sobre Albert Camus, lo cierra y se pregunta quién es esta lúcida mujer llamada Rachel Bespaloff, rescatada del olvido, y que nos dejó una lectura tan aguda, tan acertada y tan intensa de Camus. ¡Ojo! Una lectura escrita en los años 40 y publicada póstumamente en 1950, y no basada en su obra completa sino en algunos dramas, dos novelas y un ensayo: El extranjero, La peste, Calígula, El malentendido y El mito de Sísifo. Bespaloff nació en Bulgaria, en una familia judía originaria de Ucrania. Forma parte de ese éxodo que desde el este cruza Europa hasta parar en Paris. Fue una de las primeras lectoras de Heidegger en Francia. Su análisis de La Ilíada deslumbró a Hanna Arendt. Un encuentro con Lev Shestov le cambió la vida. Bespaloff se asoma en Camus a la tragedia de la existencia humana. Su punto de partida es la condición del condenado a muerte: Mersault en El extranjero.

Entre la pasión y el desprecio

Camus

El hombre moderno y su angustia, su pecado y su grandeza. Es de esto de lo que habla Bespaloff. El mundo de Albert Camus reducido a una sola pregunta: «¿qué es lo que sostiene al condenado a muerte, que rechaza el consuelo de lo sobrenatural? Camus no puede dejar de formularse esa pregunta. Todos sus personajes, de algún modo, la responden, no tenemos más que escucharlos» El oído de Rachel Bespaloff es fino. El mundo ha perdido sus anclajes. El hombre se mueve entre una fragmentación incoherente. La vida ha perdido todo rastro de su sentido unitario. Muerto Dios, el hombre tiene una alternativa: la voluntad de poder, «la gran personalidad», que dice Bespaloff, o «la vida como pasión, desafío, rechazo obstinado de cualquier consuelo sobrenatural, amor fati»

Con vivir es suficiente, dice Mersault el de El extranjero. Calígula lo rechaza. La crueldad es la respuesta de la voluntad de poder ante una vida humana sin sentido ni justificación, el desprecio ante el fracaso mortal de lo humano. Calígula es el hombre convertido en peste, «porque no es fácil desprenderse del desprecio del hombre, resistir el impulso que, desde hace siglo y medio, empuja al individuo a endiosarse o divinizarse en la humanidad porque ya no puede soportarse a sí mismo».

Santos sin Dios

Al hombre solo le queda la alegría de vivir, «ser un hombre condenado entre otros hombres igualmente condenados, ésa es la tarea». Un esfuerzo fundado en la libertad individual, pero un esfuerzo cargado de contradicciones, de callejones sin salida. Bespaloff los señala con una lucidez precisa: «no es posible encontrar en la rebeldía razones para preferir la santidad a la crueldad». Contradicciones encarnadas por esos personajes de Camus, que nos siguen fascinando por su capacidad de llevar las verdades elementales que descubren hasta sus últimas consecuencias. Y en el fondo descubren que solo existe un problema concreto: «¿Se puede llegar a ser santo sin Dios?»

Y en ese tapón trabaja empecinado Albert Camus: «busca un método que le conduzca a la santidad por los caminos de la razón. Pero, ¿cómo iba a proporcionarle la razón esa paz que está más allá del entendimiento? El silencio de Camus sobre este asunto cae en la ambigüedad en la que se pierde toda tentativa de santidad laica». Camus buscará el justo equilibrio entre el sacrificio y el ansia de felicidad, «entre el espíritu y la espada». No hay progreso en la obra de Camus, dice Bespaloff, tan solo tensión: «Uno puede imaginar a Sísifo feliz, pero la alegría está siempre fuera de su alcance. Camus lo sabe mejor que nadie, por eso no le tranquiliza Sísifo. Por eso no se tranquiliza nunca». Camus, «muy cerca de los elegíacos latinos por su lirismo, y de los trágicos griegos por su pathos«, un autor al que siempre volvemos y que Bespaloff, su contemporánea, nos lo convierte de nuevo en actual.

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