corral cervantes

En la Fundación Mapfre de Madrid se expone la obra de Richard Learoyd, un fotógrafo británico que a partir de 2003  desarrolla un tipo de fotografía cercana a la pintura, realizada con una cámara oscura que permite imágenes de grandes dimensiones. Learoyd presenta modelos de mirada perdida, en un gesto de intimidad eterna, bodegones y pájaros muertos, envueltos en una luz que tiene un tono crepuscular.

Richard Learoyd
Richard Learoyd

Richard nació en una pequeña ciudad del norte de Inglaterra. El chico era malo en los estudios, y en casa no hacían carrera con él. Su juventud coincide con los años de Thatcher. Lo importante no era la ‘dama de hierro’ sino la crisis de la industria británica. Así que Richard estaba destinado, con suerte, a terminar en una fábrica.

En el peor de los casos caería en alguna banda de drogas y cerveza los días que había dinero. Hasta que su madre le apuntó a un curso de fotografía. Algo en su interior crujió y descubrió dos cosas: que se iba a dedicar de por vida a la fotografía, y que no le costaba nada trabajar duro en lo que le gustaba: hacer fotos. Learoyd recuerda con cierta emoción que su familia le apoyó y creyó en sus capacidades.

Años de fotografía comercial

Julie vertical
Julie vertical

De ahí dio el salto a la Glasgow School of Art, donde encontró buenos profesores. Era el tiempo en el que la fotografía no había entrado entre las categorías del “arte”. Había debate, y esto, recuerda Learoyd, le ayudó a encontrar su propio camino. Vinieron después años, en concreto siete, dedicados a la fotografía comercial. No era arte pero le daba dinero, y sobre todo fue una escuela. Son las diez mil horas que necesita un profesional para ser un virtuoso. En el caso de Learoyd se las pasó haciendo fotos para otros, resolviendo de forma visual los problemas de las marcas‘ Siete años de practicar y de mejorar. Pero el artista que llevaba dentro terminó por salir a la superficie.

A Learoyd, como él mismo explica, dejó de gustarle el negocio. Ya en sus años de fotógrafo comercial era un tipo duro, difícil, al que le gustaba hacer las cosas a su manera. Cuando salió el artista regresó a donde lo había dejado: la última foto que había hecho ‘para sí mismo’ la había hecho con una cámara oscura. Volvió al estudio, alquiló más espacio y construyó una cámara oscura: dos habitaciones, una de ellas oscura, y una lente de 750 mm entre las dos. En la parte iluminada se coloca el modelo, o el objeto. En la zona oscura se pone un papel fotográfico de dos metros cuadrados que se revela con los líquidos que se usan en fotografía.

No hay negativo. Por tanto solo existe una copia. No cabe el error. Por eso los preparativos de la fotografía son lentos y cuidadosos. Learoyd coloca un bolígrafo en el ojo de sus modelos para que el enfoque sea preciso y coincida con el lagrimal de la persona. El ojo tiene que ser la diana del enfoque.

Imágenes que se acercan a la pintura

Learoyd fotografía sobre todo retratos. Son imágenes de gran tamaño, con un nivel de detalle que las convierte en algo cercano a la realidad. Sus modelos miran al infinito. Dicen que su fotografía está cerca de los lienzos de Ingres. El fotógrafo no sabe muy bien por qué se dice eso, y apenas le da importancia. Selecciona sus modelos de la calle. Sus ayudantes deambulan por el centro de Londres y cuando encuentran un modelo interesante le mandan al maestro una foto hecha con el móvil. Si le convence, le llaman para posar.

Cabeza de caballo
Cabeza de caballo

En su obra hay desnudos, naturaleza muerta, violencia. La cabeza de un caballo chorrea sangre. El fotógrafo explica que la crisis económica llevó a muchos propietarios de caballos a sacrificarlos. En un matadero cercano a su casa le entregaron esa cabeza, que recuerda a esculturas griegas.

La mayor parte de la obra es un mundo interior, pero también trabaja en exterior. Una de las fotos que se pueden ver en esta exposición es un paisaje de Lanzarote, fotografía hecha por encargo de la Fundación Mapfre. Cuando trabaja fuera, Learoyd pasa mucho tiempo pensando dónde va a colocar la cámara. Pero las salidas son algo poco frecuente: su proceso de trabajo es lento, exige enviar los negativos a un laboratorio de Nueva York y esperar el resultado.

La foto química , al menos la de grandes dimensiones, va camino de la desaparición. Learoyd utiliza papeles y químicos que ya no se fabrican. La última planta que los producía cerró. Antes de la clausura, el fotógrafo compró todo lo que pudo, y hoy asegura que tiene material para seis o siete años.

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