No creo ser el único articulista huérfano de lectura materna. No nos leen; no lo necesitan porque ya nos tienen más que vistos los problemas y las cuitas por el rabillo del ojo. En mi caso sufro y llevo como puedo, desde que tengo uso de razón –que es relativamente hace poco- su acostumbrada desaprobación con mi melena. “Córtate ese pelo y esas patillas…” me dice sin cesar.
Otra costumbre más llevadera y más suya es la de quererme como quiere una madre: sin condiciones estéticas ni de ningún tipo, con razón o sin ella, con su modo de comadrear, incluso, postrada en la cama como está y luchando como yo nunca lo haré. Hecho este que me recuerda una reflexión de Juan Rulfo en su relato “Diles que no me maten”:
“…el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien que lo iban a matar le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado…” Lean a Rulfo, no se arrepentirán y además, conocerán el México más árido y los corazones bravos de su gente.
El caso es que desde mi nueva toma de Granada, la única preocupación de mi madre, por encima de su enfermedad es su hijo, sus pelos y su desaforada pasión por la lectura y la “guitarrita”. Lo demás: su metástasis más que avanzada, no es impedimento alguno para darme fatiguitas por comprar tanto libro…y yo, divagando, me ha dado por imaginar un estado de las cosas en el que fuéramos gobernados con esa atención maternal por los detalles de cada ciudadano, aunque a veces dé la tabarra.
Sin duda, deliro pero lo cierto es que, de ser así, no estaría tan abandonado y tan lleno de baches el camino común de nuestra convivencia. Si mi madre, o la suya, presidieran una legislatura, viviríamos a cuerpo de rey, ¿se imaginan?
Sin embargo, la realidad es distinta y no somos gobernados, precisamente, con ese amor. Probablemente, nunca lo hemos sido ni tampoco gozaremos en esta vida de esa gracia sin igual.
Los gobernantes, fielmente asesorados por personas que se equivocan a ojos vista, no son muy distintos de quien les escribe bajo este sol andaluz ni de ustedes que me leen. Por eso el ambiente que hoy denominamos ‘crispación política’, no sólo refleja la mediocridad de los capataces, sino también la del campesinado, el farmaceutico, el cura, el notario, la modista y el cotilla que todos llevamos dentro.
Un día Pedro Sánchez pasará y vendrá otro y, luego otro más que, a lo mejor, o a lo peor, hacen bueno al actual presidente de enjutos ternos, pero esto tendría que juzgarlo alguien muy objetivo, ponderado, que ame más la verdad que su querencia de partido. En cualquier caso, y por no irme por las ramas secas de mi divagación, es que en muy pocas ocasiones se reconoce el bien del contrario, y que esta tozudez a diestra y siniestra, no la comparten en solitario los habitantes del Congreso.
En nuestra dinámica cotidiana, la de cada día, la de cada hora, mostramos el mismo y estomagante enfrentamiento; la misma tentativa de imposición; la misma competitividad por llegar antes que el otro a la razón, para cogerla y mostrarla como prenda de nuestra victoria contra el enemigo imaginario.
Si en vez de quejarnos por deporte, aprendiéramos a mirar sin fantasmas ni obsesiones partidistas a la persona, tal vez no haría falta ni ministerios, pero quizá en esto peco yo ahora de idealismo.
Si el Estado somos todos, deberíamos enseñarle cómo algunas madres han gobernado y gobiernan sus lindes, sus patios, sus corralas donde, a menudo el hijo comía o come en otra casa, o se hacía un pucherazo común para todo el edificio, porque en realidad, la ideología es sólo un accidente, una casualidad familiar, una convicción que puede cambiar, matizar o desaparecer con los años, pero la esencia, la forma y el fondo es nuestra única y singular humanidad: nuestro corazón, nuestro alma.
Si usted o yo o el de enfrente es un avaro irredento, incapaz de compartir su gracia o sus penas, no es culpa de Sánchez o de la oposición, ni siquiera es de Podemos o de Sumar; no es culpa de nadie, excepto de los responsables del desinterés por nuestros vecinos. Y por ahí, por abajo, empieza la cojera, la ruptura de cimientos: desde la plebe, el lumpen, los mozos y mozas que sostienen esta España desde el lugar que les ha caído en providencia, en suerte o en desgracia.
Si hay un elemento corrosivo entre nosotros como pueblo es la taladrante queja y la acusación perpetua de los errores y escándalos ajenos, muchos de ellos usados a conveniencia como venganza, como subterfugio, como palanca para alzar a la poltrona del poder al amigo o para callar la boca de quien pueda mostrar nuestras propias vergüenzas. Reconozcámoslo. No somos más honrados que ellos. Nos basta una pizca de poder para convertirnos en seres insoportables.
Lo bueno, porque sólo se parte de lo bueno, es que no tenemos impedimento alguno para salir de nosotros mismos, como decía ayer Octavio Paz, para renacer como sociedad sana que, de paso, aligere los dramas de los cercanos y aminore los desastres evidentes de las élites políticas desde tiempos inmemoriales. Si algo cambiara en nosotros, no se notarían tanto los desmanes. Si en vez de quejarnos por deporte, aprendiéramos a mirar sin fantasmas ni obsesiones partidistas a la persona, tal vez no haría falta ni ministerios, pero quizá en esto peco yo ahora de idealismo. Discúlpenme.
Si me aceptan un consejo, quien les escribe, ve entrevistas cada noche de hace cuarenta años, de hace treinta…; y la hemeroteca no engaña. Por las declaraciones de políticos, escritores, gentes de la cultura que estrenaban democracia, no parecían más contentos que nosotros y la palabra ‘corrupción’, ‘decepción’, ya asomaba por entonces en su boca.
En conclusión, atrévanse a hacer ese ejercicio y comprobarán que mientras no gobierne mi madre o la suya, los únicos equivocados, ciegos insolidarios y arrogantes fervorosos de nuestra propia opinión somos usted y yo. Pero de eso, con un poco de ascesis cognitiva y de roce con el prójimo, también se sale para poder compartir la vida como un recién resucitado, como el angustiado mexicano de Juan Rulfo que ya no pensaba en otra cosa que en vivir.