Esta entrevista está incluida en el libro Cuéntame algo bueno. Conversaciones con mujeres, de Alfredo Urdaci, editado por Ludiana editores

Dice Doris Lessing en alguna de las Conferencias Massey que la especie humana cuenta con una enorme cantidad de información precisa pero no la utiliza para mejorar la vida    de la gente. Y añade que seremos recordados por esa paradójica impotencia. Algo similar subyace en Nueva ilustración radical, el libro de Garcés en el que propone una insumisión contra lo que llama la ideología póstuma, la que da por perdida toda esperanza de futuro. La conversación transcurre en la Biblioteca Jaume Fuster de la Plaza Lesseps de Barcelona: un espacio público, un lugar de cultura, una arquitectura abierta a la participación. Uno entiende enseguida que en la elección del lugar hay un mensaje.

Las coordenadas de su vida son urbanas, ligadas a Barcelona.

Marina Garcés.- Crecí en el marco de familias catalanas, barcelonesas, en el ensanche de la ciudad. Era un entorno marcado por las historias de los abuelos, exiliados du- rante la guerra, republicanos, catalanistas. Mi abuelo paterno fue Tomás Garcés, poeta y abogado. El materno fue jurista, y experto en derecho internacional. Terminó por exiliarse en Puerto Rico. Mis abuelas eran personas muy cultas que, por razones de la época, no tuvieron vida pública. Una de ellas se educó en el Institut Escola antes de la guerra y siempre tuvo presente este referente, que nos transmitió. Mis padres se educaron en un entorno distinto, contrapuesto, en plena posguerra. Ese choque, ese contraste entre el mundo de los abuelos, abierto, plurilingüe, conectado con la cultura europea, y el de los padres, clausurado por el franquismo y marcado por el miedo y la represión, me marcó mucho.

¿Su mirada estaba más en ese pasado?

Mi entorno miraba más hacia atrás que hacia adelante, por la intensidad cultural, literaria y lingüística de aquel mundo. Crecí en un mundo marcado  por muchas heridas, atravesado por muchos silencios. Se hablaba mucho pero no se contaban muchas cosas. Las historias de mis abuelos estaban muy presentes, y a medida que crezco me voy dando cuenta de que son historias que tienen sombras, cosas no dichas, inquietantes, que están por olvidar. Esto me llevó a buscar y a preguntarme dónde están los otros, dónde están las otras ciudades   de esta ciudad. Mi mundo, la geografía estrecha en la que crecí, era un mundo confortable pero dolorido. Y a partir de la universidad me encuentro con otros mundos, que son próximos, pero estaban muy lejanos.

Esto lo cuenta en Ciudad Princesa. Parece un libro sobre Barcelona, pero en realidad es un itinerario personal, ideológico.

Es una educación sentimental. Es una escritura que nació de intentar retejer experiencias, aprendizajes y un sentido del presente que no fuera inmediatista, de análisis de la actualidad. Se trata de revisitar lo vivido para resituar los ejes del presente y del futuro. Cruza todos los niveles: la autobiografía, la crónica de la ciudad, y el ensayo de pensamiento. No se trata de encapsular la memoria sino de pensar lo vivido.

¿Por qué eligió los caminos de la filosofía?

En aquel momento la filosofía era poco glamurosa, y más en este país, que no tiene una tradición de presencia importante y continua del pensamiento en la esfera pública. Yo iba a estudiar periodismo, por esa pulsión de vincular  la palabra con el mundo, por inquietudes sociales y políticas. Era el año 91, en  la epifanía de todas las modernizaciones de España: la Barcelona olímpica, la Expo, el Quinto Centenario. Todo estaba impregnado por una cultura del éxito. De algún modo a periodismo iba mucha gente que iba a participar de ese boom. Rechacé ese paso. Fue una forma de salir de la corriente de promesas y de dinero. Fue un impulso, la intuición de que no quería entrar ahí. No quería estar al dictado de aquella máquina que se estaba poniendo en marcha de forma desbocada. Quería, en la compañía de otros muchos, generar otro paso, otra forma de atravesar la vida, el trabajo, la palabra, el pensamiento, la ciudad.

En sus libros habla siempre de un nosotros, de un sujeto plural. Uno tiene claro el nosotros de los partidos, el nosotros de las naciones, pero el suyo es difuso, inconcreto.

Es un nosotros que no se deja representar en categorías cerradas de identidad cultural, en banderas ni nacionales ni ideológicas. Es un nosotros sin nombre, hecho de todos nuestros nombres, que no borra la singularidad, y que por eso es capaz de expresar lo más creativo de la vida política. Es un nosotros que no está ‘categorizado’, que no nos viene construido y que está abierto a otras maneras de entender la vida colectiva. Hay momentos de apertura y hay momentos de repliegue, ahora estamos en un momento de repliegue, a la defensiva, de situarse bajo categorías claras porque las incertidumbres, las oscuridades, los miedos del presente dan fuerza a estos repliegues. Estos son los momentos que no me interesan porque me ahogan políticamente y existencialmente.

Pero son los individuos los que cambian la realidad. ¿Cómo resuelve el conflicto permanente entre el yo y el nosotros?

El encaje está en la disidencia interna, en la heterodoxia compartida. No hay nada más espantoso que los grupos ortodoxos. Si no podemos compartir las disidencias y las heterodoxias no hay nosotros. En el nosotros están todos nuestros nombres, no es un nosotros que nos borra. El yo no es el individuo privatizado, el yo empresa, sino mi vida con los otros. Pero eso implica cómo te construyes como persona en singular, con experiencias y aprendizajes colectivos. Cuando esto se pierde aparecen otros abismos, como la pérdida de la voz, la soledad, la necesidad de estar sola para poder estar juntos. Pensar juntos es fundamental en la vida política e intelectual de todos nosotros.

Dicen que la política es el arte de lo posible, pero lo posible no puede ser una cárcel.

Marina Garcés

Le confieso que di un salto de discrepancia al leer en su libro la idea de que la Transición es la obra póstuma de un dictador que murió en la cama.

Algo de eso hay. De hecho hoy todavía no sabemos qué hacer con el cuerpo de esa sombra. La historia es la que es, pero no tenemos que ser deudores de las relaciones de fuerza que dominaron la Transición. No ser deudores significa poder hablar abiertamente de esa Transición a la que se ha calificado como modélica y romper el espejo. Eso implica, para mí, aceptar que es una herencia del franquismo. No es franquismo, pero es su herencia en forma de unos pactos y unos consensos construidos en continuidad con el régimen anterior.

¿Continuidad? ¿Con unas Cortes franquistas que se hicieron el harakiri?

El Estado tiene muchas habitaciones y muchas estructuras y muchas de ellas no se tocaron, como se puede comprobar actualmente. La Transición son muchas cosas. La sociedad española hizo un cambio enorme, una revolución en las formas de vida, en la moralidad, en las maneras de vivir. La España de los últimos cuarenta años ha hecho un cambio asombroso. Por  eso la vida política  y sus revoluciones no se restringen a lo que llamamos “la política”. Por eso creo que hay que ir más allá y no tener miedo de asumir lo que no se cambió y pensar en lo que podemos cambiar. No hay nada ni nadie intocables. Dicen que la política es el arte de lo posible, pero lo posible no puede ser una cárcel. Mi tesis doctoral se tituló así, En las prisiones de lo posible. La tesis parte de que lo posible implica un arte de los límites, pero esos límites no se pueden convertir en impo- siciones. Muchas veces apelar a lo posible sirve para avalar lo que no se quiere cambiar. Como mucho, nos damos permiso para soñar utopías imposibles.

¿Hay alternativa al capitalismo?

La paradoja del capitalismo es que supone que todo se puede cambiar menos el propio capitalismo. Eso genera un sistema sin alternativa. Y eso, de nuevo, es una cárcel de lo posible. Pero la crisis nos ha mostrado que haya o no haya alternativa, el capitalismo está tocando los límites de su propia subsistencia y de todos los ecosistemas planetarios y eso implica un reto. A lo mejor no hay alternativa, pero puede tener un final de colapso.

El colapso lo anunciaron los apocalípticos del Informe del Club de Roma en los años 70, y aquí seguimos, con más o menos salud.

Sí pero es que todo va muy rápido. En términos históricos el tiempo que ha pasado desde aquel informe es muy poco. La vida se está acelerando. Y no es solo lo ecológico, lo ambiental, sino las formas de vida en su sostenibilidad, en todos los niveles, el psíquico, de salud. ¿Se puede seguir viviendo en las ciudades del modo en que las hemos concebido?

Le preocupa mucho Barcelona, transformada en marca por sus gestores, invadida de un turismo que amenaza con convertirla en una nueva Venecia: una escenario fantasmal.

En el pregón de las fiestas de La Mercé del año pasado dije que sabemos lo que no queremos llegar a ser porque tenemos el ejemplo de Venecia como espejo. Sabemos lo que no queremos ser pero no sabemos lo que queremos hacer para no serlo. Barcelona es una ciudad pequeña en términos globales, y tiene todas las virtudes imaginables para atraer todos los focos de consumo. Es un laboratorio en el que el tejido cultural, barrial, social recibe las heridas de las prácticas especulativas y depredadoras de forma especialmente sensible.

Hace días leí un informe donde se dice que ciudades como Barcelona serán lugares donde vivirá una población flotante ligada a economías flotantes, que en realidad convierten a las ciudades en factores de inversión y consumo. No sé si los barceloneses podemos escoger o no, pero nos podemos rebelar contra este destino que nos venden como irreversible, aportando análisis económico, político y tejiendo relaciones vecinales de complicidad. Estos procesos no responden leyes naturales. No debemos renunciar al hecho de que la vida y la historia son efectos de las decisiones que tomamos. Todo mi empeño personal, filosófico y político, es hacer entender que no hay irreversibilidades más allá de las que nos trae la vida misma.

¿Le alarma la indiferencia?

Pretendo sacudir la impotencia. Confío en los humanos. A pesar de todo. Mucha indiferencia se deriva de la impotencia. No creo que seamos todos egoístas. Cuando alguien puede hacer algo nos activamos. El problema es cuando sentimos una y otra vez que no podemos hacer nada. Somos un conjunto de vidas puestas a interactuar, y si asumimos esto hay mucho más margen de intervención, porque todos tenemos relación con más mundos que si nos concebimos solo como clientes, como consumidores, o como votantes. Porque el votante es formateado como cliente del sistema político, que vota cada cuatro años y nada más.

Y al que se moviliza también con el miedo, que es un factor a veces decisivo.

Actualmente es el factor principal. Hay épocas en las que se vende futuro, libertad, vida feliz y otras en las que se vende miedo, protección, seguridad, deseo de quedarme como estoy, percepción de los derechos conquistados como privilegios. Hoy estamos ahí.

¿Qué supuso y qué queda del 15M?

Marina Garcés.- Para mí fue un punto de inflexión más que un principio. Culminó una serie de movimientos, de aprendizajes, de prácticas, de maneras de entender la vida política que no se resumen en el sistema de partidos y de representación. El 15M llevó al centro de las ciudades todos estos mundos en un momento de crisis. Estaba muy ligado a la crisis económica y a la crisis institucional por la corrupción. Sembró en las plazas una serie de impugnaciones y de afirmaciones que aún están por desarrollar. Fue una afirmación de la dignidad. La ciudadanía tomó conciencia de que se había tocado un límite y abrió un abanico de respuestas heterogéneas, de puesta en marcha de movimientos muy diversos.

Es bastante más que Podemos.

Marina Garcés.- Emerge un magma muy rico que no hay que perder de vista porque entonces no se explica lo que ocurrió. Podemos no es el único interlocutor ni el único resultado del 15M. Hay toda una activación de fenómenos interesantes: por un lado, la defensa colectiva de los bienes públicos y comunes, entre ellos del sistema educativo y sanitario, como algo que no nos regala el Estado, sino que es de todos. Y por otro lado todo, el desarrollo de la economía social y solidaria (cooperativismo, otras formas de consumo y de producción, etc) que está ensayando, no sé si una alternativa al capitalismo, pero que permite pensar que podemos seguir viviendo más allá del capitalismo salvaje. Todo esto se ve enfrentado a un nivel de represión que se hace mucho más duro con la “Ley mordaza”, que es producto de esos años. A veces se hacen lecturas despotenciadoras del 15M, se dice que no supimos organizarnos. Hay muchas cosas que no sabemos hacer, pero si juntamos los efectos de la precarización económica de las vidas de mucha gente con la represión judicial y policial contra cualquier movimiento o disidencia, es normal que lo tengamos difícil.

¿Cómo se posiciona ante la secesión catalana?

Desde una posición claramente no nacionalista. Vengo de corrientes libertarias que no pasan por la identidad nacional ni por la forma Estado como lugar de reconocimiento de quienes somos como sociedad. El Estado no es la única forma posible de instituir la soberanía. El procés, por todo lo que tiene de nacionalismo, no me gusta. Pero por lo que tiene de cuestionamiento de la forma Estado como la única posible de entendernos como un nosotros nacional, sí me interesa y me he visto involucrada en algunos de sus desafíos, especialmente en lo que fue el 1 de octubre de 2018 y los días posteriores. La autodeterminación significa poder entender que los mapas políticos que dibujemos en el territorio en cada momento histórico tienen que ser aquellos que decidamos libremente en cada caso. La prueba de que esta libertad hoy no existe en España es que hay gente en la cárcel y en el exilio.

Marina Garcés
Marina Garcés

En ese pregón al que antes aludía, pocos días después de los atentados de las Ramblas, usted dice todos llevan dentro la ausencia dolorosa de las víctimas y junto con ellos, “la de unos jóvenes de Ripoll que tampoco estarán y sobre quienes siempre tendremos la duda de si realmente querían morir matando, como lo hicieron”. Y le llovió un granizo de reproches.

Marina Garcés.- Un pregón pronunciado un mes escaso después del atentado está muy marcado. No quería pronunciar una frase protocolaria sino una reflexión. La herida estaba muy abierta. Los incorporé a los que en ese momento por aquí llamaban “los chicos de Ripoll”, chicos recién salidos de programas de formación, muy conocidos por la gente de la comarca. Sus muertes y su terrible acción también dolían. Y ese “también” fue instrumentalizado políticamente con la frase de equiparación de víctimas y terroristas. Un frase que se ha empleado históricamente para ETA y que de golpe la vi proyectada en un contexto que nada tenía que ver. No se desprendía para nada del conjunto del texto. Fue una instrumentalización que entendía que tenía que ver menos conmigo que con      el ayuntamiento al que iba dirigido el ataque. Esto salió de un comunicado de prensa del PP que se convirtió en noticia a través de un semáforo rojo de La Vanguardia que incorporaba esta frase. Me lo tomé a risa porque nada tenía que ver con el sentido de lo que había dicho. Visto a distancia fue interesante. Las redes parecen lugares donde hay gente que espontáneamente se dedica a insultar y a destrozar a gente. La realidad es que son cajas de resonancia de agendas políticas que se cocinan en otros lugares a conciencia y con intención. Es interesante ver también como el terrorismo sigue siendo el caballo de batalla de este país.

¿Hay un neomachismo?

Lo hay, camuflado y no camuflado. Es una forma más de repliegue a la defensiva que causa mucho dolor. Cuando se cuestionan las identidades dominantes, se despiertan muchos miedos. Hoy hay masculinidades atemorizadas, hay formas de masculinidad que están en cuestión en muchos frentes y esto está dando como respuesta una reacción violenta. En algunos casos manifiestamente violenta, como en el caso de “la manada”. Pero también hay una violencia cotidiana, menos visible, en contextos de vida y trabajo. Otro tipo de respuestas pasan por cierta desafección, como si el problema fuera solo de las mujeres. Esto se ve en el mundo académico. La norma debería ser que compartiéramos espacios de creación y de conocimiento. Pero la estrategia, para protegerse, ha sido relegar: dejar que las feministas se entretengan entre ellas y se ocupen de sus temas. Hay muchas formas de machismo. Pero todo esto son síntomas de cambios reales, están cambiando cosas a niveles muy profundos.

La filosofía, ¿goza de buena salud?

Estamos en un momento de cambio. En el bachillerato se castiga a las humanidades pero hay un rebrote de la filosofía y esto tiene una explicación muy sencilla: la crisis civilizatoria, que ha puesto en cuestión los horizontes de comprensión de lo que significaba vivir en este mundo, con los otros. Los expertos habían cubierto hasta ahora el relato de la actualidad, pero sus explicaciones han caído en saco roto. Queda el vacío, y la necesidad de ir a la raíz de los problemas, de aquello que nos incumbe como sujetos, como personas. La filosofía se despierta entonces no como corpus de autores y de libros sino como manera de acercarnos a los límites de lo que podemos decir y pensar. En estos afueras empieza el pensamiento filosófico, ahí donde se cancelan los saberes que ya tenemos. Es entonces cuando tenemos que ponernos a pensar y mucha gente, especialmente los más jóvenes, lo están haciendo. Me rebelo contra la demolición permanente que se hace de los jóvenes. Cada vez hay más jóvenes que tienen ganas de entender, de situarse en este mundo en el que su futuro es puesto en cuestión, para inventar maneras de vivir.

¿Se siente más profesora o maestra? ¿Cree que tiene que dar un temario, o le gusta más acompañar, hacer pensar?

Me siento más esa segunda figura. Casi nunca me presento únicamente como profesora de universidad. Mi relación con la docencia gira en torno a la posibilidad de despertar pensamiento, de leer, conocer, transformarse. Lo ejerzo en muchos ámbitos, en muchos espacios sociales y culturales. En el centro de todo aprendizaje está el gesto del pedagogo de tomarte de la mano, no para decirte dónde ir sino para que te pongas a caminar.

Hay un aire eclesial en su insistencia en la construcción de un nosotros, en el cosmopolitismo de los pobres como condición inevitable de la especie humana, en el llamar ‘bandas de santos’ a los militantes y activistas, bendecidos por su “fraternidad desinteresada y el compromiso con el mundo”, en la fe en que la ideología apocalíptica no termine por fabricar grandes rebaños de sumisos, impotentes, o atemorizados. Ella dice huir de las iglesias, en favor, asegura, de una experiencia amistosa y vivencial del compromiso.

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